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“La Esgrima” de Edmundo Font A donde irá ,veloz y fatigada Edmundo Font Jueves, 2 de julio de 2009 “…Junto a mi pecho/ hallarás salida/ en donde pueda/ la estación pasar/ también yo estoy/ en la región perdida/ OH cielo santo y sin poder, volar…” Las Golondrinas, de Nicolás Juárez, interpretada clásicamente por don Pedro Infante.
Muy pocas canciones me han hecho llorar en la vida, fuera del himno nacional a la tristeza mexicana que son “Las Golondrinas”, virtual mecanismo que desata de inmediato lágrimas vivas. Y si es interpretada como se debe, es decir, con abundante mariachi, remueve las costras indiferentes del varón más macho, en momentos de tránsito, partidas, ya sean ellas provisionales o absolutas. A los hechos me remito; ojala mis lectores pudieran asistir un día a esa ópera popular del llanto y del lamento que se representa en las despedidas a un ser querido, en un aeropuerto cualquiera o en una central de autobuses. Y no se diga la lloradera sin grifo, infinita, que se produce en un triz cuando nuestros muertitos han tenido la sádica delicadeza de encomendar a la familia que se toque una tanda final de esa interpretación tan existencial y de potencia Becqueriana, al borde de la fosa. Eso para no hablar de un repertorio más ad hoc como las no menos célebres tonadas “Puño de tierra”, “Cruz de olvido”, “El llanto de mi madre cubrirá mi sepultura”, “Amor eterno” y un largo etcétera de música de fondo para pompas fúnebres.
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La primera vez que se me destempló el alma fue durante el entierro de un tío o de una tía postiza –no lo recuerdo muy bien- en el viejo cementerio de Ciudad Madero (la verdadera ciudad de mi nacimiento: el sanatorio quedaba en una curva fronteriza con Tampico, municipio más publicitado). A la sazón, era todavía un niño sazonado por la lección empírica de una madre que insistía en que conociera el otro lado de la moneda de la vida festiva y me obligaba a comparecer al trance de los duelos de nuestro medio tan provinciano. Claro que las despedidas de difuntos estaban regadas por una lluvia pertinaz de aguardientes, tequilas y rones de la huasteca que agudizaban los sentidos de los mayores, resumidos en el no somos nada tan filosófico de nuestras reflexiones pedestres de un día día al que acaba de llegar siempre el último, pues. Pero como me pasa siempre con esa maldita manía disquisitoria que no se me quita, el foco de este artículo no eran en realidad “Las Golondrinas” –casi zopilotes musicales- sobrevolando el desgarro de cualquier partida, si no otras melodías que me han abierto la llave del llanto fácil, ese que no precisa mayor convocatoria de lo perdido y nunca más hallado y que disuelve en ácidos tristes cualquier prejuicio emocional o regla de conducta estoica. En realidad, desde el principio quería referirme a algunos clásicos de la música popular brasileña, como la célebre “Travesía”, cuya letra acabo de traducir para que puedan apreciar uno de los momentos más altos de la nostalgia latinoamericana, de la “saudade” en portugués, mejor dicho:
Cuando te fuiste, se hizo de noche en mi vida
Soy muy fuerte, pero no hay manera, hoy tengo que llorar…
Ya mi casa no es mía y no es mío este lugar
Estoy solo, y no resisto, tengo mucho que decir
Suelto mi voz entre las calles, no me detengo
Mi camino es de piedra, ¿cómo puedo soñar?
Sueños hecho de brisa; viento, ven a acabar
Voy a dejar de llorar, quererme matar…
Sigo en la vida, olvidándome de ti
Ya no quiero más la muerte, tengo mucho que vivir
Voy a querer amar de nuevo y si no, no sufriré
Ya no sueño, hoy gano mi propia vida… Tampoco puedo olvidarme de los efectos catárticos y revulsivos de algunas piezas de Antonio Carlos Jobim, como “Gabriela”, inspirada en la novela del mismo nombre de Jorge Amado. Mi experiencia con ese disco fue arrasadora, desde la primera vez que coloqué el acetato en el tocadiscos. El entorno incrementaba la emoción lacrimógena. Habitaba en un rascacielos con vista de casi 360 grados hacia el Pan de Azúcar, la bahía de Guanabara, la Playa de Botafogo y el Cristo del Corcovado. Por cierto, y para continuar mis disgreciones, mi vecino más célebre no era el heredero al trono brasileño, como lo conté una vez, si no el ladrón más famoso del siglo XX, Ronald Biggs (el del fabuloso asalto al tren postal en Londres), que estos días ha vuelto al candelero por motivos de salud. Solía encontrarlo cada mañana mientras se ejercitaba rumbo al aterro de flamenco con su porte de inocente multimillonario… Nota: Sarah Vaughan interpreta también “Travessia”, en versión inglesa, bajo el nombre de “Bridge”. (Se repiten cuatro líneas de la segunda estrofa para concluir) |
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