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“La Esgrima” de Edmundo Font
Apuntes de memoria
Edmundo Font

Miércoles, 9 de julio de 2008

No pretendo meterme en terrenos minados de la política. Entre otras razones, porque nunca me afilié a partido alguno. Ganas no me faltaron. A los 18 años ya me preocupaba por la justicia social y hubiera querido militar en alguna asociación que me permitiera contribuir a la transformación de la sociedad, a partir de ideales compartidos. Las circunstancias vitales me fueron llevando por otro camino y no vienen al caso, pero tienen que ver con la vocación de servicio del oficio que he desempeñado desde hace más de 34 años (Y me quedan aún 10 para el retiro): la diplomacia. En cierto sentido y lo hemos reflexionado ampliamente algunos colegas de varios países, es cosa sana y recomendable representar a la nación, al país, al jefe de estado, y guardar la debida lealtad al gobierno constituido democráticamente, sin inclinarse por pasiones partidistas. En el caso de México, hablamos de una instancia histórica de la que solo podemos sentirnos orgullosos. Nuestro servicio exterior de carrera es uno de los de mayor rigor en el mundo y nuestra política exterior ha disfrutado de amplio reconocimiento en el sistema internacional, por su apego a los principios. Se ha ponderado siempre nuestra tradición humanista aplicada en causas duramente cuestionadas en su momento y luego reconocidas históricamente justas.

La puntualización anterior no quiere decir que no se deban tener preferencias políticas, antes al contrario. El privilegio de servir al país en el exterior conlleva la formidable oportunidad de una formación constante, de la evolución de ese aprendizaje, y por ende, del conocimiento profundo de los diversos sistemas. Se experimenta, en primera línea, la marcha de las políticas de las variopintas sociedades. Hago ahora un breve recuento, más que nada un esbozo de lo que un día se convertirá en un cuerpo de “memorias”: en más de tres décadas de carrera he tenido la fortuna de vivir en siete países de cuatro continentes (solo faltaría Oceanía). Esta contabilidad incluye el gozo en la práctica de los idiomas: me expreso con fluidez en cinco y leo en seis. Coloquialmente, lo mío ha sido como vivir varias vidas en una.

Entiendo la diplomacia también como la formidable experiencia profesional de bucear en lo más profundo de los tejidos que conforman la realidad de un país y establecer vínculos de trabajo plausibles de transformarse en significativos y provechosos vínculos. Se trata de aprender a amar tradiciones diversas a las del país de origen y traducir esa seducción en admiración, en colaboración, en trabajo conjunto. Todo ello sin dejar de lado, junto a la promoción y a la defensa de los intereses legítimos, el análisis y la crítica respetuosa de las cuestiones ajenas. Suena complicado, pero se alcanza la meta, con vocación de servicio. Con plena sinceridad afirmo que admiro a la gente de cada uno de los siete países donde he trabajado hasta hoy y lo seguiré haciendo en otros que se presenten en mi camino, durante la década que resta para mi jubilación. El clima, por ejemplo, es un factor curioso de referir. En mi caso lo extremo ha sido desértico, selvático y tropical. He vivido en países donde la temperatura alcanza los cincuenta grados centígrados ó los cuarenta con humedad total o resequedad absoluta, como es caso de Nueva Delhi y de Brasilia. Un día jugué diciendo que sufrí la destemplanza de pasar del velo musulmán a la tanga carioca y no era solo un guiño lúdico verbal. Depararse con hábitos, costumbres radicales, de la noche a la mañana, obliga a desarrollar agudas capacidades de adaptación. Hablo del llamado choque cultural que se experimenta cuando uno pasa una parte de su vida en sociedades con fundamentos tan diversas en lo religioso, espiritual, social, o político. En El Salvador viví la antesala de la violencia fraticida que costó tantas vidas inocentes y fui maestro en dos de sus universidades. A Egipto llegué entusiasmado con el gesto de Paz de Anwar el-Sadat: y dejé El Cairo viendo salir del desfile militar anual, aún con su bastón de mando faraónico, a un Rais que sería acribillado en ese mismo lugar al año siguiente, en 1981. También fui el primer maestro no musulmán en la universidad más antigua del mundo, la de El Azhar.

A Brasil llegué con los últimos estertores del régimen militar y salí de allí seis años después, llorando la muerte de Tancredo Neves, quien no pudo siquiera prestar juramento como primer presidente electo de la oposición. Ya en Italia me sumergí en el estudio de un sistema político con partidos diminutos que no obstante eran capaces de hacer caer a la mayoría, sin contaminar la dimensión económica, que ha transitado en ese país por vías paralelas a las veleidades partidistas. En Colombia encontré a uno de los pueblos latinoamericanos más valientes y acogedores, cuyos altos atributos morales han sido desdibujados por la oferta y la demanda del consumo criminal de drogas en los países desarrollados. No me cansaré de repetir que mientras muchos gocen de los “paraísos artificiales” en las prósperas urbes, cobijados por la hipocresía de su libertinaje, nosotros seguiremos poniendo los muertos y la violencia. Todos conocemos el nombre de los jefes de los carteles de la droga abajo del Río Bravo, pero nunca escuché hablar de los altos administradores de esa millonaria mercancía en capitales europeas o en Miami, Chicago o Los Ángeles. Está claro que los montos de miles de millones de dólares que se “lavan” y se reinvierten allá, no son administrados por personas de origen hispano. El negocio de ese ilícito mueve cifras cuyos porcentajes de retorno a los países productores son ridículos.

Volviendo al tema que nos ocupa, de Bogotá desembarqué en la Barcelona Olímpica y desde allí asistí al final de la cultura del “pelotazo” que encumbró a numerosos empresarios españoles que terminaron en prisión y a la última reelección de un líder excepcional de la transición democrática, Felipe González. Ya en mi ámbito, como Cónsul General, me toco despedirme oficialmente de Pujol, President de la Generalitat; recuerdo que en dicha audiencia le hice el elogio de haber tenido la suerte de trabajar con un estadista catalán de su relevancia, a lo que don Jordi respondió: qué pena que no lo piensen así los españoles. De allí partí rumbo a la India, uno de los países más fascinantes del mundo. 4 años apenas fueron suficientes para “avistar” una civilización fascinante de un país que junto a China serán factotum económicos en éste siglo. Los mexicanos hemos estado lejos de esa economía prometedora, con nuestro triste hábito de mirar solo hacia el norte. Esa costumbre, afortunadamente, se está resquebrajando y no es tarde para sumarnos a la visión de países como Brasil, Chile y Sudáfrica en su estrategia de negocios con Asia. El periplo aún no termina, pero ya he obtenido suficientes conclusiones que han ido perfilándose en una suerte de memorias que se desprenden de manera natural en mis crónicas semanales publicadas en varios periódicos latinoamericanos. De hecho, en cuatro años de mantener mi columna hebdomadaria, no es la primera vez que incursiono en territorios más afines con el trabajo de observación propio de mi oficio. El balance negativo de esos apuntes pasa por la política equivocada de algunos alcaldes de varias ciudades del mundo que nos han heredado su acción desventurada. Pienso en todos aquellos que destruyen los patrimonios ecológicos, o por ejemplo, en el responsable de mutilar fragmentos preciados de la muralla colonial de Cartagena de Indias, y todo ello con el supuesto ánimo de “modernizar”, palabra que los insensatos consideran clave para justificar la destrucción de su entorno. En Barcelona aún recuerdan a Porcioles, el alcalde franquista que destruyó fragmentos significativos del Barrio Gótico, y no precisamente con cariño. En México acabamos de pasar por una experiencia penosa. Un Presidente Municipal de la capital de uno de los estados más hermosos y significativos históricamente, en lugar de rectificar una medida lamentable que imponía métodos de “aprendizaje” poco ortodoxos para su cuerpo policiaco, contraatacó con una vulgaridad dicha a los cuatro vientos de las televisoras. Se trataba de venir al encuentro, precisamente, de la difusión de unos videos que mostraban métodos violentos, calificables como tortura a los ojos de cualquiera. La respuesta del primer edil despertó indignación y clamor popular. De la opinión del alcalde de León, Guanajuato, se quiso desprender de manera equívoca que los medios informativos actuaron sin ética, por denunciar medidas “didácticas”, que de confirmarse, solo pueden despertar rechazo y profunda pena, vergüenza.

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