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Crónicas de un encuentro con Armando Rojas Guardia
Alicia Sanchez

Jueves, 13 de marzo de 2008

Así como a veces desearía que Karl Marx y Arthur Rimbaud/ se hubiesen conocido en una mesa/ de algún café de Londres/ (Rojas Guardia dixit), yo hubiera deseado conocer también a Armando Rojas Guardia en un café de París, oyéndole decir sus versos, recibiendo de la propia fuente esa palabra ardorosa, llena de misticismo y de verdades dolorosas, pero sobre todo llena de poesía. Asímismo quería Armando que a William Blake lo hubiesen dejado predicar un solo día sobre el púlpito labrado de una Iglesia –la Catedral de Westminster, por ejemplo- en presencia de arzobispos y presbíteros y de una multitud de feligreses, también yo querría que a Armando Rojas Guardia lo dejaran predicar en la Catedral de San Cristóbal, en presencia del Arzobispo y del clero diocesano y de otra multitud de feligreses –en este caso andinos-, aquí donde es harto común lo que el llama la religiosidad del fariseo, con una espiritualidad basada en la pérdida de la espontaneidad del ser y verlos escandalizados cuando le oyeran hablar del Dios de la intemperie y cuando les recordara que en el momento de la muerte de Jesús el velo del templo se rasgó y que, desde entonces ya no hay un afuera profano ni un adentro sacro y que por eso los primeros cristianos no se reunían en templos, sino en casas particulares y que ni el templo ni el culto son los lugares de acceso a la divinidad, que a Dios se le encuentra sólo y siempre, en los lugares periféricos y marginales y que nadie conoce de veras a Jesús si no sale a aquella intemperie.

Mi propósito inicial era hablar del poeta y hacerles escuchar sus versos, pero es que no sé quien me interesa más, si el poeta o el hombre, el poeta sublime o el hombre neurótico, angustiado, siempre en permanente búsqueda de la divinidad, un hombre capaz de reconocer sin complejos que el orante tiene cabida en el marco de nuestra contemporaneidad desocupada por los dioses.

No conocí, pues, a Armando Rojas Guardia en un café de Paris, ni lo he oído predicando en una catedral, pero empecé a conocerlo y disfruté de su compañía, saboreando el mejor café y lo vi encaramado en un púlpito, cuando leí El Dios de la intemperie. Este Libro no es de poesía, pero es un texto poético, escrito en prosa. A veces leyendo este libro he llegado a pensar que es mejor poeta cuando escribe en prosa, que cuando son poemas, propiamente dichos, sus textos. Para mi su mejor poema está en las primeras frases de ese libro:

¿Quién eres, tú sonoro al fondo de mi mismo?¿Cómo te llamas, horizonte presentido, oscuridad ansiada, ápice del fin, paisaje último donde el gozo no puede saber sino a agonía, olor álgido de un páramo donde la nada hace vomitar y el ser marea, rayo de muerte que sin embargo incendia toda vida?¿Quién eres? Palabra y silencio, abrazo perfecto y soledad que aterra, memoria secreta de la que se desprenden todos los recuerdos acallados y, a la vez, olvido radical en cuyo vértigo el pasado se disuelve y sólo queda un presente inenarrable (para describirlo, las viejas palabras no nos sirven).

Oyendo este texto algunos me han preguntado ¿Será de Dios que habla? Y yo he respondido ¿Podría ser de otro?

Pero también sus textos escritos en verso me llegan mucho y me acompañan a menudo, cuando sola, en esta casa donde vivo, cada día más grande y más deshabitada, busco la compañía de los poetas y siempre está presente Armando Rojas Guardia en Del mismo amor ardiendo, Yo que supe de la vieja herida, Hacia la noche viva, Poemas de Quebrada de la Virgen o ese último y maravilloso libro de poemas El esplendor y la espera que nos dejó escuchar, desde sus labios, una hermosa noche estrellada en el patio del Salón de Lectura de San Cristóbal. Esa noche estreché su mano y me conmovió la humildad de sus palabras cuando me dio las gracias y me manifestó lo halagado que estaba de saber que en este rincón de provincia hubiese personas que no sólo se interesaban por su poesía, sino que se entusiasmaban con ella. Algunas veces, cuando conocemos personalmente a alguien que admirábamos desde lejos y a quien hemos idealizado, nos sentimos decepcionados, solemos decir: “no era lo que esperaba”. No me ocurrió esto con Rojas Guardia. Después de ver su deteriorado aspecto físico, la torpeza con que mueve sus manos que atribuyo a los nefastos efectos de los medicamentos antidepresivos, la admiración que siempre he sentido por el poeta se magnificó, mis instintos maternales afloraron y envidié a su madre ¡ Cómo quisiera haberlo parido!

Oigamos su palabra un poco más, como aquella noche en el Salón de Lectura, escuchemos algunos versos de El esplendor y la espera:

Oigamos su palabra un poco más, como aquella noche en el Salón de Lectura, escuchemos algunos versos de El esplendor y la espera:

El excluido

No se lo encuentra de veras en el templo.

Su morada, si así puede llamarse al desamparo,

es precisamente el gran afuera,

el periférico sitio donde vive

aquél siempre excluido, el no invitado,

quien pernocta –digo bien: pasa la noche-

lejos de la hogareña luz bajo la cual

transcurre el reposo ensimismante

que no nos deja salir hacia ese absoluto,

peligroso descampado en cuyo centro

aguarda él, desconocido, delincuente quizá,

tal vez un enemigo, pero de cualquier manera

extranjero, ignorable por los rigurosos códigos

que nos prohíben saludar a un extraño

y mucho más brindarle la acogida

de convidarlo a nuestra casa.

Es él. El que no invitaste. Ahora lo sabes.

Lo descubriste al fin, llorando noche.

Sólo te falta venir junto a esas llagas,

ese hambrear harapiento, esa incertidumbre, ese delito,

esa implacable interpelación del diferente

hasta el centro mismo de tu casa y celebrar

la cena –sí, celebrarla- al compartir

con él. Único y múltiple, Otro central y repartido,

el pan terriblemente suave,

dejando la conciencia de que pudiste hacerlo

en la oscuridad cerrada, tras la puerta.

Alicia Sanchez

 
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