Caracas, Jueves, 17 de abril de 2014

Sección: Cultura

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El culto a los héroes

Roldan Esteva-Grillet

Domingo, 13 de enero de 2013







   Foto: Google

En la Grecia antigua, los dioses eran demasiado humanos: permisivos, controladores, crueles, amorosos, imparciales, vengativos, torturadores, misericordiosos, valientes, timoratos, erotómanos y fieles.  Al existir una genealogía, también podían casarse, separarse, traicionarse, reproducirse entre ellos y, eventualmente, con alguno de sus protegidos, esos seres humanos que los habían concebido primero en sus mentes y a quienes controlaban en sus destinos. El producto de esos encuentros sexuales entre un dios o diosa y un ser humano, heredaba todas las cualidades de los dioses, es decir, las propiamente humanas, menos una que los diferenciaba como seres divinos: la inmortalidad.

De manera que los héroes eran, sin duda, superiores al promedio de los seres humanos y, por su origen, eran considerados semidioses. El consuelo de los envidiosos era que por muy especiales que fueran, tenían un final común al resto de los hombres y mujeres, pues morían o podían ser vencidos.

Todos los pueblos del mundo han barajado, entre sus fantasías de origen, la figura de dioses y semidioses, desde Oriente a Occidente, incluidos los pueblos primitivos del África o de América. Las narraciones que recogen tales fantasías hablan de nacimientos milagrosos, aventuras exóticas, retos y pruebas a cumplir, escollos salvados y trampas esquivadas, premios y castigos. Los bienes de la civilización (la agricultura, la ciencia, la danza, el amor) suelen serles atribuidos como conquistas para el pueblo que originan. Sus batallas para la felicidad o libertad de sus respectivos pueblos son la substancia de la épica; su heroicidad, la prueba de su amor por sus descendientes, por quienes lo heredarán, comunes mortales que les estarán agradecidos y obligados a recordar sus hechos y sus virtudes, como a lamentar su desaparición o fin trágico. Dentro de esta categoría de héroes, o semidioses, estarían desde un Gilgamesh, un Zaratustra, un Aquiles, Ulises o Hércules, un Quetzalcóalt o Kukulcán, como personajes legendarios; pero también otros históricos como Alejandro, Julio César, Moisés, Jesús, Mahoma, Lutero, Galileo, Newton, Darwin, Napoleón, Washington, Bolívar.

Desde fines del siglo XVIII y principios del XIX, como consecuencia de los ideales iluministas, el mundo occidental al que pertecemos, vibró con los ideales de la Revolución Norteamericana y la Francesa, y los deseos de independencia del Imperio Británico y del Español se tradujeron en guerras libertadoras. En tales circunstancias, algunos luchadores, principalmente militares, adquirieron la gloria de ser distinguidos como los nuevos héroes y mártires de una nueva sociedad. A lo largo del siglo republicano -permeado de romanticismo, laicismo, cientificismo y nacionalismo- se fueron asumiendo otros personajes del campo de las letras como Wthman o Bello, de la ciencia y técnica como Franklin o Vargas, de  las artes plásticas como Eakins o Michelena, de la política como Lincoln o Guzmán Blanco.

Todo se justificaba en aras de una identidad por construir, de un patrimonio cultural que conservar, de un imaginario con qué identificarse la nación, para contrarrestar las visiones e intereses localistas, el peligro de la fragmentación, así como para reforzar la soberanía ante las amenazas exteriores.

En Venezuela, las historias patrias, afincadas en las vidas de estos héroes y sus hazañas se ofrecían como catecismo para el aprendizaje memorístico de fechas, nombres, lugares, circunstancias, parlamentos y conductas modélicas de la moral republicana. La vida, pasión y muerte de los héroes obsesionó a los historiadores, y tan temprano como en 1841, empezaron a circular en ediciones ilustradas las efigies de los mismos, v.grResumen de historia de Venezuela de Baralt y Díaz.

Las primeras galerías de retratos al óleo de héroes de la Independencia, fuesen civiles o militares, se inició en la segunda mitad de siglo XIX en Ciudad Bolívar, con encargos a Pedro Lovera. En el último tercio de esa centuria, en Caracas, Guzmán Blanco se sirvió del pintor Tovar y Tovar para la Galería de Próceres e Ilustres, como se les rebautizó, en el Salón Elíptico del Palacio Ejecutivo (Congreso Nacional), junto a la principal encomienda: reconstruir las principales batallas de la Independencia según la novela épica de Eduardo Blanco, Venezuela heroica. Presidía el salón el retrato del máximo héroe, Simón Bolívar, debido al pincel del mulato limeño José Gil de Castro, de 1825. Y al pie, con el tiempo se colocará el arca con el libro original de las Actas del Congreso de 1811, donde quedó registrada la decisión de Independencia.

Desde la repatriación de los restos de Bolívar desde Santa Marta, en 1842, según decreto del general Páez, la figura del mantuano caraqueño iba en ascenso y recuperando el buen nombre que tuvo hasta dos años antes de su muerte en 1830. Sin embargo, la historiografía venezolana establece que es sólo a partir de Guzmán Blanco (1870-1888) cuando se impulsa un culto selectivo y discriminatorio que hace de su figura el prototipo del héroe clásico, es decir, un semidios. La Plaza Bolívar, la estatua ecuestre, la moneda nacional, el cenotafio con sus restos trasladados de la Catedral al altar mayor del templo de la Stma. Trinidad convertido en Panteón Nacional, su onomástico como fiesta nacional (desde Páez) y, por encima de todo, la presentación del propio gobernante como una especie de continuador de su obra política, social y económica y cultural.

Fue Joaquín Crespo quien introdujera una jerarquización espacial dentro del Panteón Nacional: como al centro, en el lugar del altar mayor, iba Bolívar; el lado de la Epístola te tocaba a Miranda; en tanto que a Sucre, el lado del Evangelio. Bien podían identificarse como una nueva Trinidad, salvo que había un solo Dios verdadero y en presencia: Bolívar, pues los restos de las otras dos divinas personas nunca pudieron ser repatriados, por eso sus respectivos cenotafios lucen vacíos, con la lápida entreabierta…

Quizá valga la pena el revisar las peripecias post morten de este trío de fundadores.

El Precursor

Muy escasa repercusión debió haber tenido la noticia de la muerte del generalísimo Francisco de Miranda, en aquella Venezuela de 1816 tan desunida y desbandada desde el fracaso de la II República por la arremetida de las huestes de Boves de 1814. Ya reducido a huésped involuntario de la prisión de las Cuatro Torres, del Arsenal de La Carraca, en Cádiz, desde diciembre de 1813, no tardó Miranda en ponerse en contacto con sus amigos y protectores en Londres, con quienes planificó su fuga hacia Gibraltar, para luelo seguir a Londres y, muy posiblemente, reiniciar su lucha. Por algún inconveniente de última hora (entre otras cosas, su precaria salud), se retrasó la fuga. En el mes de abril le sobrevino una hemorragia cerebral, que le produjo una apoplejía; estuvo postrado en su cama por cuatro meses sin mejorar y justo el día aniversario de la Toma de la Bastilla, el 14 de julio la muerte le sorprendió en La Carraca a sus 66 años de vida. Ironías de la vida, él, que alcanzó su mayor gloria en los ejércitos europeos sirviendo la causa de la Revolución Francesa y se salvara por dos veces de morir guillotinado... Su cadáver fue envuelto en su colchón y sábanas, y lanzado sin mayores miramientos a la huesa común, a confundirse con los restos de tantos otros. Regresaron por sus ropas y enseres y los quemaron.

Apenas al cumplirse los ochenta años de su deceso, en 1896, el gobierno de Joaquín Crespo decretó su Apoteosis, un homenaje público a su vida y esfuerzos en pro de la Independencia de América. Concursos literarios y artísticos dieron cuenta de la valoración de la que careció en vida por parte de la sociedad venezolana informe todavía, dividida y temerosa de abandonar la comodidad de la conocida y tambaleante dependencia monárquica. Todavía se discute la cuota de responsabilidad que tuvo Bolívar, entonces un joven, rico y fogoso militar, sin éxitos deslumbrantes, que quiso juzgar al experimentado Miranda como a un traidor por haber capitulado ante Monteverde, y terminó facilitando su captura por parte del enemigo. De haberse embarcado Miranda junto a su equipaje la noche del 30 de julio de 1812, se hubiera salvado como salvo quedó para la posteridad su voluminoso archivo, y quién sabe si de todas maneras habría muerto pero en brazos de su fiel Sara Andrews en su casa de Londres, y de sus restos se ocuparía alguno de sus protectores. Pero Miranda se confió y fue sorprendido por el despreciativo “bochinche” patriótico.

De su Apoteosis ha quedado uno de los cuadros más celebrados del pintor Arturo Michelena, quien representa a Miranda en La Carraca, reclinado en su catre de colchón de paja, con algún libro a la espera de lectura, mirando a los espectadores sin comprender en qué pudo haberles fallado. El cuadro tuvo tal éxito de público que debió ser iluminado con planta eléctrica para su admiración en horas nocturnas en la Casa Amarilla. Lo segundo, el monumento fúnebre encargado a la firma Julio Roversi e hijos, con la figura alegórica de la República y, encima del cenotafio, un águila real que retiene entreabierta con sus garras la lápida. Al fondo, la estatua del héroe con el pabellón nacional. Por otra parte, la historiografía registra la aparición de un joven crítico de arte y cronista de los festejos, Martín Zuloaga Tovar, sobrino del famoso pintor.

En 1972, un médico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Cádiz, el Dr. Cesáreo Miranda, estudió los restos de 19 cadáveres del osario del Arsenal. Escogió catorce huesos que por su tamaño y antigüedad, podrían corresponder al generalísimo. Así se apartaron en un arcón de madera para cuando pudiera, con el avance de la ciencia, certificar su identificación. En 1998, gracias a los avances de la genética se incubó la esperanza. Así, el gobierno venezolano, a través de sus diplomáticos de España y Francia, promovieron una primera investigación a partir de los restos del menor de los hijos de Miranda, Leander, que yacían en el cementerio Père Lachaise en París; los de los padres, enterrados en el desaparecido cementerio de San Francisco de Caracas. Una comisión dirigida por la Dra. Catherinne Hänni, de la Universidad Claude Bernard, Lyon, llegó a resultados concluyentes. Pero la burocracia o los intereses políticos dejaron caer el entusiasmo, hasta que en 2005, con el gobierno de Chávez se reaviva. El nuevo informe encuentra fallas en los procedimientos anteriores por ausencia de unidad de criterios entre las diversas comisiones, y señala las maneras de corregirlas. Sin embargo, todo se lo vuelve a llevar el silencio.

Para el bicentenario de la frustrada invasión de Miranda a Venezuela por las costas de Falcón, en 2006, el gobierno chavista promovió ciertos reconocimientos del Precursor, algunos sinceramente, atropellantes como es el estilo del Presidente. Se organizó una exposición conmemorativa sobre el personaje, que retomaría la construcción del nuevo edificio de la Galería de Arte Nacional. La exposición se retrasó muchos meses, por las demoras de la construcción, aún así, fue inaugurada sin siquiera tener los pisos embaldosados y sigue inconclusa la edificación. Se quitó el nombre de “Rómulo Betancourt” al Parque del Este, para denominarlo “Parque Miranda”, y en el lago artificial se instaló una réplica del Laender, en lugar de la desangelada y muy criticada carabela de Colón. También se reeditó el libro de Carmen Bohórquez, Francisco de Miranda, Precursor de las identidades de la América Latina, para distribución gratuita de cien mil ejemplares. Para asombro de muchos, nada especial se le dejó a las tierras que lo vieron llegar en 1806 con el prototipo del pabellón nacional.

Una cajita con catorce de sus posibles huesos sigue siendo exhibida en la celda que lo mantuvo preso en el Arsenal de La Carraca con la ilusión de seguir luchando por la libertad de América, entre 1813 y 1816. (Continuará)


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