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Proyecto Brasilia-Rosarino "La Gavia" Edmundo Font Jueves, 4 de septiembre de 2008 "¿Qué vamos a descubrir al entrar en un ritmo de camellos después de tantos viajes en avión, metro y tren?" Julio Cortázar.
Trece días de viaje han pasado, los cinco últimos en Brasilia, cúspide de este viaje de estudios en el que perseguimos ciudades y arquitecturas de nuestra América, en búsqueda de indicios de una identidad que las vincule. Sabemos a priori lo incierta de nuestra empresa. Sabemos que al trazar nuestra hipótesis no estamos pisando tierra firme, que hablar de una identidad regional no es tarea sencilla y a medida que avanzamos en nuestro itinerario los nuevos horizontes van abriendo nuevos interrogantes. El comienzo de esta travesía nos llevó a Asunción, donde conocimos a tres arquitectos que desde distintas ópticas han logrado aproximaciones diversas aunque coherentes, radicales aunque arraigadas al lugar en el que fueron ideadas. La calidez y solidaridad que han demostrado estos arquitectos con este grupo de viajeros es legible en cada una de sus obras. Arquitecturas que difícilmente hubieran podido ser concebidas en otras latitudes pero que sin embargo transmiten un mensaje, como nos dijo Solano Benítez, universal. Una búsqueda que opera desde lo sensible y lo afectivo, pero que milita por el bien común, por un mundo donde quepan infinidad de mundos. El pasaje de Asunción a Brasilia fue más bien violento. No sólo por las 48 horas de viaje, sino sobre todo por el contraste entre ambas ciudades. De una Asunción modesta y espontánea, con pocos monumentos urbanos dispersos en una extendida cuadrícula, donde prima un vernáculo popular y empobrecido en contraste con barrios-jardín residenciales de los sectores privilegiados, pasamos a la utopía moderna de Brasilia. Soberbia obra de ingeniería urbanística, con majestuosos edificios monumentales realzados por el vacío circundante -que ocupa gran parte de la superficie de la ciudad- con barrios residenciales que se repiten como un sello, con variaciones imperceptibles al ojo del visitante. Pero Brasilia no es la primera ciudad utópica que visitamos. De hecho, las ruinas de la Misión Jesuítica de San Ignacio Miní son restos de otro proyecto utópico de sociedad, llevado a la práctica tres siglos atrás. Este fue un intento de colonización del suelo americano (y de sus habitantes) bajo parámetros distintos de los llevados a cabo por la Corona. Como nos contó Julio Galeano, nuestro casual guía en San Ignacio Guazú, si bien las Reducciones no dejaban de ser una forma más de colonización del aborigen, fueron al mismo tiempo un paraíso para el mismo, sobre todo en comparación al trato que recibió luego de la expulsión. Las Reducciones se extendieron en todo lo que es hoy el NE de Argentina, Paraguay y el Sur brasilero y hoy las ruinas de sus ciudades nos dejan ver que ese mundo ideal que quisieron construir, fue traducido a un orden espacial distinto al del resto de las colonias. Las viviendas colectivas y uniformes eran, al igual que en la Brasilia de Lucio Costa, la forma que adoptaron quienes levantaron estas primitivas ciudades. Y dato fundamental: era la misma tipología, con leves variaciones, a la usada por los originarios pobladores de estas tierras: tiras de vivienda de decenas de metros de largo con galerías que proveían de sombra y lugar de encuentro. Sin quererlo, estamos ante una punta que puede ayudarnos a develar parte de nuestra hipótesis: la utopía es un fenómeno estrechamente ligado a América. De hecho, recuerdo haber leído que Tomás Moro acuñó este término en la época en la que nacía el mito del Nuevo Mundo, cuando los europeos comenzaron a cruzar el Océano en busca de un futuro mejor, de tierras en donde todavía todo estaba por hacerse. Desde el mito del Nuevo Mundo hasta el de El Dorado; desde el fundador del socialismo utópico, Owen, creando en Estados Unidos su New Lanark, hasta el American Dream capitalista; desde Simón Bolívar y San Martín liberando el continente, hasta el Che muriendo en Bolivia intentando lo mismo. Aunque Utopía significa "ningún lugar", siempre ha estado presente en el imaginario sobre América Latina. Y mientras seguimos atravesando el territorio de Mina Gerais, arribando ya a Belo Horizonte, me acuerdo de Eduardo Galeano quien se preguntaba para qué servían las utopías, si son imposibles de alcanzar por más uno se empecine. Y se respondía: para seguir andando. Entonces, aquí estamos. Andando. |
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