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A dos manos Roberto J Lovera De Sola Martes, 26 de mayo de 2009 http://www.helenaarellano.com/
La última generación literaria venezolana, la que aquellos que bordean los cuarenta años, lo más común entre muchos de ellos y ellas, entre los mejores, porque es la edad de la sazón: ellos han podido formarse, leer y vivir lo cual es sustancial para escribir. Una de ellas es
Helena Arellano Mayz (1963) quien es autora del libro de cuentos “Arandelas de humo” (Caracas: F & L Editores, 2006) y de las nouvelles “¿Murciélago o mariposa?” (Caracas: F & L Editores, 2005. 97 p.) y “A dos manos” (Caracas: F& L Editores, 2008. 136 p.), obras a través de las cuales nos ofrece su mundo imaginario. Ella es también artista plástica cuyos collages “Diario de P” se pueden ver en un video que exhibe Google.com.
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![]() Nos ocupamos de “A dos manos”, el primer libro suyo que hemos recorrido, en donde está presente no solo una escritora sino una creadora con palabra propia, dominio del lenguaje, el que trabaja con belleza, con honda entonación poética en ciertos momentos. En “A dos manos” usa el arte de la noveleta que requiere, para que salga con exactitud, de una especial destreza en su elaboración. No hay que olvidar las grandes obras que se han escrito dentro de este género en las letras universales. Bastaría para ello citar “El viejo y el mar” de Ernest Hemingway, tan perfecto que William Faulkner pensó que la había podido escribir para haberlo visitado Dios. Le dio el Premio Nobél de Literatura. Anotaríamos otros magistrales dentro de este género: “El pabellón número seis” de Antón Chejov, “La Sonata Kreutzer” (1889) y “La muerte de Ivan Ilich” (1884) e incluso su “Hadyi Murad” (1912) de Leon Tolstoi, “Los papeles de Aspern” de Henry James, “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad, “Los muertos” de James Joyce (de sus Dublinenses), “La muerte en Venecia” (1912) de Tomás Mann, “El baile de Irene Nemirovsky”, “La balada del café triste” de Carson MacCullers, “La perla” de John Steinbeck, “El día de acción de gracias” y “Un recuerdo de Navidad” de Truman Capote y “Seda” de Alejandro Baricco. Pero las hay destacadísimos en las letras latinoamericanas y en las venezolanas. En las letras hispanoamericanas hay incluso un escritor, el chileno José Donoso, que se dedicó a ella como mucha preferencia. En las nuestras quien más las ha cultivado, con especial suerte, es Eduardo Liendo. En A dos manos Helena Arellano Mayz al utilizar las estructuras de la literatura autobiográfica le da una carnadura especial a esta especie de comunicación entre dos soledades. Lo decimos porque al Armando comentar, o crear un texto paralelo, sobre la escritura de una mujer, Carlota, se establece un diálogo, ya no están solos sino juntos gracias al poder de la escritura. Así nace “esta historia de cartas postales” (p.95). Es por ello que no sea casual la referencia (p.11) a la película “Perdidos en Tokio” que nos ofrece el encuentro de dos solitarios, pero ellos hablan entre sí. Armando y Carlota lo hacen gracias a los textos escritos por ella. Todo funciona así en “A dos manos”: a Carlota se le pierde su diario en una calle de París, “un cuaderno pequeño de tapa verde” (p.15), en donde está la confesión de su amor y de sus vivencias y desencuentros de una relación con un hombre. Armando lo encuentra, lo lee y lo va glosando en un texto creado en forma de tarjetas postales dirigidas a ella (p.15). Los dos textos nos permiten comprender lo que es la aventura del amor en pareja vivido por un hombre y una mujer. En ese sentido A dos manos es una larga confesión sobre el amor y sobre su periplo, el más importante sin duda por todo hombre y toda mujer. Es por ello que no se puede escribir sobre el amor sino se escribe sobre los que sienten los hombres y las mujeres enamorados, sobre el vivir de hombres y mujeres. Hacerlo, de la forma bella que nos lo ofrece Helena Arellano Mayz, es uno de los logros de este precioso novelín. Para que el lector comprenda claramente el sentido de “A dos manos”: lo que escribió Carlota lo encabezan los nombres de los días, mientras que la glosa de Armando, creemos que esta es la palabra precisa, están identificadas por las fechas, quizá por aquello que escribió el colombiano Germán Arciniegas (1900-1999) que la mujer vive cada minuto, cada hora y los hombres los días. De la interrelación entre ambas escrituras surge “A dos manos”. A dos manos es también novela de textos, en este caso el cuento “La carta robada” de Edgar Allan Poe (1809-1849) o “La carta postal” de Jacques Derrida (1930-2004). Pero es también obra de intertextos como lo son novelas contemporáneas tan actuales como “El paciente inglés” de Michael Ondaatje (1943) o “Las horas” de Michael Cunnigham (1952). Lo son también “El maestro de San Petesburgo” y “Foe” del sudafricano John Maxwell Coetzee (1952), citamos sus fechas de nacimiento para que pueda ver como este modo de trabajar la ficción es prácticamente un propósito generacional. Son estas las novelas de los fragmentos, de la intercalación de textos, como el “Libro negro” que lleva a todas partes el protagonista de la novela de Ondaatje o la presencia de la novela “Señora Dalloway” de Virginia Wolf (1882-1941) en Las horas, en esta misma obra un texto se explaya y reelabora a través de tres historias fascinantes en las cuales nunca es fácil para el lector escoger cuál es la mejor, las más significativa. No es casual que “El paciente inglés” y “Las horas” hayan dado lugar a tan conmovedoras películas. Hay en “A dos manos” también citas intertextuales como una a García Márquez (p.41), una de Sandor Marai (p.83), otra a aquel escritor ruso que prefería las mariposas (¿Gogol?). Es por esto también que escribir, el acto de hacerlo, el momento de sentarse ante la página en blanco o ante la ventana vacía del computador, sea el tema de A dos manos. El hecho de escribir permite al lector encontrar en A dos manos una larga meditación sobre este oficio, este de alguna forma también la crítica, la interpretación del texto desde si mismo. Hay también observaciones sobre el modo de escribir ficciones. Tal cuando leemos: “Dicen que la ficción es falsedad, pero he sentido que puede tener más verdad que todas las mentiras juntas con las que nos sostenemos para no caer en el fondo de nuestras realidades” (p.25). Pero también, al unísono, en “A dos manos” se mira y se trata sobre el amor, este es otro de sus asuntos focales. Amor pero en contrapunteo con el acto de crear, de escribir en un momento alto del ser hombre y del ser mujer: escribir sobre el amor. Así las experiencias de un hombre y una mujer se entrelazan aquí, bellamente, turbulentamente, llenas de desasosiego en algunos de sus pasajes. “A dos manos” es además una meditación sobre lo más hondo de la condición humana que no es otra cosa que “El reconocer y dar a conocer el alma al otro, une. Une fuertemente, sin lazos ni compromisos, sin intercambio de promesas ni juramentos eternos” (p.72). Es por ello que leemos que Armando intenta:”hurgar el humus humedecido de tu humanidad” (p.123). Aquí no es casual que subraye cada una de las “haches”. Y es por ello que vivir, ese que sale de las entrañas, ya que no puede ser cerebral sino pasional porque “el sueño de la razón produce monstruos” (Goya), este asunto también palpitante en A dos manos. Tanto porque “dibujar es como vivir, no se hacen borradores. Cada acto es como cada trazo” (p.79), “No huyas de aquello que te persigue como una sombra, date la cara, sino las llevarás por donde quiera que vayas. Al intentar contradecir al viento, evadirlo, caminarás al margen de los latidos, relegarás de ti, y ése será su destino, uno alienado… Agárrate de mí. Sujétate, daremos vueltas” (p.80). Y de allí la interrogante como consigna Armando en las dos últimas citas. O ella cuando testa: “¿De qué sirve vivir, solamente, bajo el principio de realidad si este tránsito es tan breve… para algunos tan brevísimo. Gracias por estar ahí, pero tan lejos, no importa, yo me ocupo de halarte cerca, aunque sea sólo en mi imaginación me acompañas cada vez que escribo. Ésta es la mejor novela que leerás en tu vida sentencio, según el principio de ficción” (p.105. Subrayados de la autora). Aquí otra vez se juntan el escribir con el sentir lo que nos junta a quien amamos. Y no podemos hacerlo sino como ella dice:”No puede exudar lo que no palpita estremecido, encrespado, amarrando, estrujando el alma con el cuerpo” (p.50). Ella vivía la agonía de un amor perdido por ello escribía sus cartas a aquel que la había dejado o se había ido. Estaba desasosegada por ello vendía ropa interior “para sublimar sus deseos” (p.14). Y el escribir es tan significativo para ella, prácticamente un acto terapéutico para sanar, por ello no le pudo suceder nada peor que haber extraviado lo que diariamente consignaba en las hojas de sus Cuaderno verde porque al sucederle esto “Había perdido las cartas, las líneas que le escribía a él como escribiéndose a sí misma” (p.16), porque aquí, como en toda la literatura autobiográfica, la presencia del yo es lo esencial. Por ello en el Cuaderno verde escribe: “Como ahora a ti. Aquí, al escribirnos. Sabes que lo hago por los dos, para compartir un espacio que no existe. Lo levanto ladrillo a ladrillo con cada palabra. Un castillo de naipes, de cartas, suntuoso y frágil, de papel, inflamable” (p.21-22). Y anota: “Quisiera dirigirme en línea recta, directa, sin correo, a ti, pero no lo logro… ¿Una tragedia de la destinación, del designio, del destino” (p.22), “Quisiera llegarte, llegar hasta ti, y corro, corro y caigo todo el tiempo, de zancada en zancada…” (p.22) y ello porque el amor es con una sola persona por ello leemos: “Sólo estás tú en mi mundo. Te espero” (p.25), “Te lo repito: para ti. Escribo para ti y solo a ti te hablo” (p.27). Y por ello redactando su testimonio busca un interlocutor: “Doy risa… Dibujo cartas sin destinatario. Arabescos de palabra sin respuesta. Si alguien ha leído hasta aquí es porque en algún lugar del mundo debe haber oto/otra como yo” (p.42). La búsqueda de un interlocutor, como nos enseñó la española Carmen Martín Gaite (1925-2000), en un ensayo así titulo, es lo que se propone todo escritor. Pero, además, no hay amor sin diálogo y sin encuentro. De allí todo lo que la autora del Cuaderno verde nos indica sobre el erotismo, que se produce al dar el encuentro entre el hombre y la mujer. De allí la cita de Marai que Armando hace en unos de sus comentarios:”Allí donde Eros no se manifiesta, la gente se vuelve sorda e inerte” (p.83) porque la sexualidad es el motor de la vida. Y ella busca el erotismo con alma porque lo que desea es practicar un rito, una liturgia, en un templo (p.127). Es la única forma de recuperar el susto del amor, García Márquez acusó al siglo XX de haberlo perdido, consideró que era uno de sus grandes pecados. Y ello en la presencia, así lo registra Carlota, de un hombre viril, gentil, capaz de llorar. La única forma es que sea uno de esos “hombres sensibles”, sensitivos, que pedía Anais Nin (1903-1977) o los hombres afectivos que dice Shere Hite. Y todo ello, como dice Armando, “El amor no se elige; te envuelve desde atrás como una sombra que te alcanza cuando tienes a ese ‘otro’ al frente, encontrándose contigo” (p.128-129). Y es por lo que sufre, para evitar escuchar los melancólicos Fados lisboetas, como lo hace Armando (p.121), que prefiere escribir. Por ello redacta: “Hay quien novela su vida para aliviarse, yo la saturo con cartas” (p.52), “entonces me quedo ligada a ti escribiéndote… ese recinto sagrado en el que guardaremos plegarias, secretos y amores” (p.64) que es la escritura, la cual permite reconocernos “y dar a conocer el alma al otro, une. Une fuertemente, sin lazos ni compromisos, sin intercambio de promesas ni juramentos eternos” (p.72). A todo ello Armando responde en sus comentarios: “Quien quiera que seas, a ti no te puedo mentir, te has convertido en mi sombra, en aquella que sostiene mi espejo, mi sosía como llamaban los griegos a su otro yo” (p.36), “Me reconforta leerte. No dejaré de hacerlo. Enlazaremos nuestras líneas, te llevaré de la mano a conocer mi ciudad, la de afuera y la de adentro… ya te quiero como eres, obsesiva, necesitada y sincera” (p.43). Armando llama Ana a la desconocida destinataria, cuyo nombre no conocemos sino en la línea final de esta narración (p.136). Por ello le dice: “he atravesado el océano para sentarme a contestar cartas sin destinatario, fabulándote Ana, a partir de tus líneas” (p.48-49) porque: “El halo poético de tus líneas envuelve y desespera, me atrapa y me disgusta” (p.73). La vida, apunta en su respuesta a Ana: “La vida está en la emoción o estás vivo porque sientes. ¿O será que el diálogo de nuestros cuadernos permite a dos seres heridos ayudarse mutuamente a cerrar un círculo?” (p.91). Y están tan cerca, casi brotando el amor, que él escribe: “prefiero ceñirme a la cintura poética de tu prosa, meter la nariz en tu ombligo” (p.110-111).
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