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"Monsiue Clochard , mi cuate"
Edmundo Font

Viernes, 18 de septiembre de 2009

Mi excelentísimo señor Clochard es el mismo de los últimos treinta años. Despacha en el lugar de siempre. No ha variado su pinta, ni su especialidad. Se hace acompañar de dos entrañables hermanos, como diría San Francisco. Ocupa un espacio diminuto, situado en un rincón clave de un universo cultural rico y poderoso, no solo de un país y una civilización, sino de todo un continente, el europeo. Desde su atalaya callejera ha visto desfilar a todo el mundo y no es una frase hecha, ni retórica y sobre todo a Le Tout-Paris, para ponernos pedantes de una vez por todas, aunque el digno sujeto de la larga barba blanca, en todo caso, peca de lo contrario, de una humildad soberana, de la que nunca hicieron gala las testas coronadas.

Es un hombre indulgente con su propio tiempo, lo desparrama, más que perderlo; lo recupera, sin buscarlo, y se emplea a fondo en un oficio desde donde pontifica. Se trata del rey de los mendigos. No lo he visto jamás extender la mano. No lo requiere. Su pinta y su indumentaria son el uniforme que subraya el derecho a recibir tributos de las almas caritativas y también de aquellas y aquellos piadosos que han dejado de rezar en uno de los templos cristianos más hermosos por lo despojado, el de Saint-Germain Des Prés.

El distinguido miembro destacado de una estirpe mendicante, oficia de lunes a lunes, de enero a enero, llueva, truene, relampaguee o se ase al sol de los mediodías de agosto. Sus fraternos canes, de nuevo rememorando al santo varón de Asís, son más una corte imperial que damas de compañía y desde que lo conozco, hace tres décadas, los ha ido renovando, mejor dicho, substituyendo por otros, siempre de la misma ralea. No vayan a creer que su condición de desheredado del mundo le obliga a contentarse con canes miniatura, cuya nutrición representaría un problema menor. Al contrario, trata con bestias gigantescas, una suerte de cruce de Labradores con San Bernardo que le proporcionan sensación de abrigo en los crudos inviernos de su profesión a la intemperie.

El abatido señor, que no habremos de confundir con pedigüeño, se ha establecido en medio de dos de los cafés más emblemáticos del universo literario de la época contemporánea. Basta decir que en ellos oficiaban también gigantes de la estatura intelectual de Sartre o de Camus. Me refiero a Le Deux Magots y a Le café de Flore, bastiones del pensamiento francés más lúcido del siglo XX. Los nombres de estos dos autores antagónicos son un ejemplo de la pléyade de hombres de letras, en toda la extensión y profundidad de la palabra, que disentían desde sus mesas diminutas y pescaban con sus cuadernos abiertos el pensamiento más lúcido, las imágenes más nítidas y altas de una sociedad que ha intentado escapar siempre de la banalidad por la puerta de la escritura. Gente que lee, para rematar.

Mi admirado menesteroso, el elegante Clochard, se mantiene a raya de esos dos establecimientos donde se beben alcoholes excelsos, inalcanzables para el y ha trazado una equidistancia sabia entre las dos casas emblemáticas. Su “despacho” se sitúa frente a la puerta de otro templo, la librería La Hune. Desde allí vigila las curiosidades humanas más extremas; los días de cócteles en que se presentan libros se convierten en el primer invitado de honor. Me consta haberlo visto beber allí, con moderación inusitada para su profesión de fe en la nada y ser reconocido por les habitués como una presencia inevitable, pero correcta. Probablemente no pernocte en las aceras o en las rejillas de los vapores del Metro, como muchos de sus congéneres. No destila olores penetrantes y aunque su ropa permanece ajada, mantiene un aseo primario con aires de “casual” más ingleses que galos. Ya en otro lado conté que un día el gran cómico Coluche le financió un fin de semana entero en el Ritz, o en otro dormidero de mil estrellas.

Pasé mucho tiempo, lo confieso, sin dirigirle la palabra. En cada uno de mis largas estancias en París me hacía el propósito de coger impulso y presentarme, refiriendo mi larga observación de sus pasos contemplativos. El día llegó y ahora nos saludamos como parientes lejanos que se encuentran sin decirse mucho, con esa cortesía desconfiada del que no sabe que esperar del otro. Apenas la semana pasada le di la mano para horror manifiesto de los paseantes que lo vuelven invisible hasta que algo rompe la rutina de su paisaje humano, como otro convidado de piedra.

NOTA: La definición exacta de Clochard es inasible. Para mí esos seres abandonados a su propia suerte, voluntaria o involuntariamente, nunca serán pelagatos, desamparados, sin hogar, inconformistas; personas que no tienen más que el día y la noche, desdichados, homeless, pobres, marginales, indigentes, al descubierto, depauperados, vagabundos; los sin techo, sin casa fija… más bien, se aproximarían a los renunciantes de la India que dejan lo mundano por lo místico, a los Sadhus que peregrinan sin rumbo, solitarios y desnudos. La diferencia radicaría en que nuestros despojados humanos no tienen asidero o un llamado espiritual.

 

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