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Sección: Arte y Cultura

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Cultura y Totalitarismo Observatorio Antitotalitario Hanna Arendt Universidad Simón Bolívar Caracas, 29 de Marzo, 2007

Cultura y Totalitarismo:afirmación o negación de la persona

María Elena Ramos

Domingo, 8 de abril de 2007

1- Desavenencias connaturales entre cultura y autoritarismo.

Primera desavenencia

-La cultura requiere la armonía. Tomemos una buena obra de arte. Vemos que su complejidad y su maravilla radican en buena parte en la coexistencia de los contrarios. En pintura o escultura vemos la tensión que crean los opuestos: luz y sombra, lo plano y lo profundo, la quietud y el movimiento. En la novela o la pieza teatral crecen las diferencias, el bien y el mal protagonizan, el amor y el odio tejen la trama. No existiría el espacio dramático si no estuvieran allí, y radicalizados, los opuestos. Y en la sinfonía musical los acordes consonantes conviven con los disonantes.

Pero es en el encuentro armónico de todas las diferencias donde tiene lugar la obra verdadera. Ella existe en rica tensión entre confrontación y síntesis. Y a la vez que se muestra la particularidad de los componentes -las figuras, las formas, los sonidos-, ya en la obra lograda se da el acuerdo integral del conjunto.

La cultura artística tiene así, como nutriente cotidiano, esta costumbre de poner lo distinto a mirarse junto, a sonar junto. Pero, más amplio aún, este hábito interno de los lenguajes del arte es llevado a un territorio mayor, pues una cultura que esté sana y activa asume -a conciencia o no- un carácter mediador esencial con la sociedad.

La cultura entonces, con su costumbre de trajinar la variedad y la diferencia, tiende puentes entre lo artístico, lo estético, lo ético, puentes comunicantes y liberadores de las mejores cualidades de lo humano –la sensibilidad ante la naturaleza y el mundo; la libertad de pensar y de elegir; la apertura de la conciencia, entre ellas-.

No sucede lo mismo con el poder autoritario. Si la cultura artística se alimenta del logrado acuerdo entre lo diferente, por su parte el poder autoritario actúa coercitivamente, no se aviene bien con las imprevisibles porosidades del arte, con sus intangibles, sus complejidades y sutilezas. A su natural diversidad la interpreta como caos, y así necesita normar, centralizar. Ese tipo de poder se opone tradicionalmente a jerarquías que son naturales y legítimas (la del excelente pintor, la del talentoso novelista, la de la creación necesitada de verdadera libertad tanto para ser producida como para ser divulgada). Se excluye a excelentes artistas por desacuerdos políticos, mientras se incluye los que no lo son, por sus adhesiones. Se impone la razón política sobre la cualidad estética.

No sólo el artista resulta incómodo, también el trabajador intelectual, de manera más directa. Y más un escritor que un músico dedicado a su melodía, por ejemplo. La intención es en todo caso amenazar el pensamiento libre, la autonomía interior y de conciencia. Y la exclusión es apenas un primer paso.

Segunda desavenencia

-La cultura requiere desafíos conceptuales, liberalidad, un clima que facilite la concentración, la creatividad. El talante creador de la cultura, así como el de los líderes sanos de un país lo que busca es, en general, el crecimiento de la vida y el bienestar físico y anímico de sus comunidades.

En el verbo autoritario hay, en cambio, una peligrosa pulsión de muerte.

Los gobiernos del odio –la historia lo ha probado una y otra vez- no sirven para el crecimiento, para el cultivo que implica la cultura, ni siquiera para mantener lo que recibieron ya cultivado. Riegan desconfianza y miedo.

El sano ejercicio de la cultura nada tiene que ver con liderazgos de división y terrorismos –tanto los de la acción directa como los de la palabra incitadora-; no es esencialmente afín con estrategias de guerrilla urbana, ni con la psico-sociología de los comisarios, ni con la estigmatización a las “bellas artes”, ni con las estrategias de desmontaje de los procesos civilizatorios.

Tercera desavenencia

-La cultura y el sentimiento estético tienden por naturaleza a la universalidad en su alcance, pero también a la especificidad del lenguaje, con el detalle de lo bien hecho. Tienden así al rigor (a veces obsesivo) en la producción de la obra. Tanto aquella búsqueda de amplia universalidad como esta íntima precisión de la excelencia, son vistas con ojeriza por el poder populista, que las considera despreciables muestras burguesas de transculturización y oligarquía.

Cuarta desavenencia

-Las instituciones culturales existen para estudiar los patrimonios, para hacerles seguimiento y restauración, para formar los recursos humanos en el conocimiento de los lenguajes, para hacer curaduría, para “curar”, para hacer custodia, para cuidar. Para transmitir el legado a las nuevas generaciones. No en balde los documentos legales que amparan donaciones y comodatos de los museos suelen explicitar que la institución se responsabiliza por las obras “como un buen padre de familia”, una frase que cuando se lee por primera vez parece descontextualizada pero de cuya pertinencia está clara la gente del medio, una gente que sabe concentrar la energía, ahondar la especialización y entregarse con mística. Todo lo que, por cierto, se hace luego visible al espectador.

Gadamer, como espectador privilegiado que ha sido de los museos, dice: “Después de visitar un museo, no se sale de él con el mismo sentimiento vital con el que se entró: si se ha tenido realmente la experiencia del arte, el mundo se habrá vuelto más leve y luminoso” (La actualidad de lo bello, Pág. 73)

Pero el poder autoritario tiende a mirar como potenciales núcleos de masificación popular, o como apetecibles cotos de poder y hasta explícitamente como “principados”, a estos recintos de lenta formación, de arduo trabajo en la sensibilidad humana y de escuálidas remuneraciones.

Quinta desavenencia

-La cultura está llamada a ejercer una función anagógica, por medio de la cual se conduce a algo a un nivel superior, se le educa, se le eleva. En Venezuela, durante muchas décadas de –imperfecto- ejercicio democrático, la cultura fue libre para ejercer esa condición de anagogía. Así legó conciencia, capacidad de discernimiento, libertad interior, sensibilidad estética y ética, búsqueda y satisfacción con lo bien hecho, gozo intelectual. Virtudes que, más silentes o más expresas, más logradas o más incipientes, fueron “elevando” el alma y el talante de mucha gente. Pero no queremos decir que este sea nuestro gran invento. Es, más bien, el ámbito natural que cosecha la cultura en todos los pueblos.

“Si ‘anagógico’ significa en general ‘lo que eleva’, ‘catagógico’ significa ‘lo que rebaja’”, dice José Ferrater Mora (Pág. 145) en su Diccionario de Filosofía. Si el espíritu democrático estimula en libertad la función anagógica de la cultura, el talante autoritario en cambio coarta y deprime, no eleva ni hace avanzar, sino que reduce tanto el horizonte de las personas como a las personas mismas, haciendo retroceder tanto a la historia como a la condición misma de humanidad.

Sexta desavenencia

-Si el verdadero ejercicio de la cultura requiere autonomía interior, libertad de ejercicio y responsabilidad por los propios actos ¿cómo podemos leer esa pancarta que en el Teatro Teresa Carreño rezaba recientemente: Mande usted comandante... nosotros obedecemos?

-Si la cultura exige saberes especializados ¿cómo podemos entender que el Ministro de Cultura diga que el verdadero Ministro de Cultura es Chávez? ¿Qué pasa cuando la cultura está en manos de un presidente militarista, divisionista y violento?

Tanto la pancarta del Teresa Carreño como la opinión del ministro Sesto confunden aún más los límites entre una cultura gerenciada desde el Estado (con principios generales que deben trascender cualquier gobierno temporal), y por otra parte cultura de un partido, o peor aún, cultura dictada desde un solo gobernante.

El creciente desdibujamiento de los límites entre Estado y Gobierno, otro valor democrático gravemente erosionado en estos tiempos, afecta hoy también gravemente a la cultura artística.

Séptima desavenencia

-Llegados a este punto es necesario decir que cultura es acción creadora. Que no hay cultura sin obra hecha. Que no hay museo sin obra mostrada: tangible y visible. Por su propia naturaleza –hacedora- la cultura no perdona, pues no llega a existir si no hay obra: realizada, en acto.

Todas esas experiencias, silenciosas y hondas (para el artista, para el trabajador cultural, para el público) nada tienen que ver con la política autoritaria que es, en cambio, profundamente nominalista y actúa como si su verbo fuera realizador, como si él fuera suficiente para conformar un mundo.

Si todas las desavenencias señaladas se suelen mantener como talantes claramente distintos y hasta contradictorios, lo grave ahora es que el pensamiento totalitario va penetrando los espacios y los modos de la cultura misma, pervirtiendo tanto la cultura productiva como la cultura difusiva, especialmente en sus aspectos institucionales.

2- Cuando se politiza la cultura

-Cuando el arte y la cultura se politizan, pasan a envilecerse con los modos nominales de la demagogia: macro-discurso y micro-obra. Verbo sin mundo.

-Cuando se politizan, la cultura y el arte se con-funden en luchas inmediatas. Se debilitan su carácter y su diferencia, imprescindibles para vitalizar la sociedad. La cultura se va poniendo a merced de los que mandan. Florece un arte que proclama, o, al menos, uno que pueda ser perdonado, es decir, que pueda pasar casi sin ser visto (lo que es una contradicción con el esplendor de lo sensible connatural al buen arte).

-Cuando se politiza la cultura se intenta sustituir la autoridad legítima por el poder formal; el saber necesario por un “cargo”. Se diluye la motivación al logro y la excelencia en motivación al poder (tener el poder, temer al poder o, simplemente, vérselas con él).

-Cuando se politiza la cultura se va sustituyendo: Espontaneidad por cálculo.

Convicción por conveniencia.

Talento por adhesiones.

Autonomía interior por obediencia y complacencia.

Respeto a la norma por discrecionalidad.

Ideales universales del humanismo por inmediatez.

-Cuando se politiza la cultura la energía requerida para el sano trabajo en equipo, la formación de recursos humanos, la lucha por recursos técnicos, se desvía en energía negativa: en ahogos, zarpazos y sobrevivencias.

-Cuando se politiza la cultura se demoniza el concepto de élite, que en su justa acepción no es más que la diferencia que pone un saber especializado, que mejora comunidades.

-La cultura suele ser sanamente mediadora. Cuando se politiza, se vuelve mediatizada, y además mediatizadora.

-Cuando se politiza la cultura se produce “en contra de” lo anterior, que existe sólo para ser “desmontado”. Se hiere así a la cultura como acumulativo sedimento civilizatorio. Y, al golpear así el legado, se repite la caída de la piedra de Sísifo.

-Usualmente en las instituciones del Estado la cultura ha avanzado, a veces a trancas y barrancas, por el corredor de indiferencia que le dejaron la mayoría de los políticos. Creció “a pesar de” pero también “gracias a” ese desinterés. Cuando se politiza, la cultura es solemnemente enunciada como “interés de Estado”. Pero no para enriquecerla como recurso del humanismo sino más bien para ponerle la mano, encubriéndola de ideología.

3- Totalitarismo: Una relación necesaria entre espacios tomados y masa apelmazada.

Para alguien vinculado a las artes plásticas es común el interés por el espacio, y por las formas que en él se crean. Desde esa costumbre hablaré ahora al proponer un ejercicio de pensamiento: ¿cómo se espacializa el poder totalitario? ¿y cómo son las formas que él crea?

“Absorbente, absoluto, centralizador”, dice de “totalitario” el diccionario de sinónimos. ¿Nos ha quedado alguna duda de que hacía allí se dirigía el régimen en su empuje obturador de todos los lugares? ¿No hemos leído acaso, en este sentido, el mismo discurso y acciones complementarias en la Asamblea Nacional, el CNE, la “nueva” PDVSA, el Banco Central, el Ministerio de Educación, el de Cultura, la Fuerza Armada? ¿No se lee esto mismo en la agresión implacable a partidos y líderes que marcan su diferencia? La diferencia que ponen las individualidades, y el abierto expresarla, es vista como enemiga connatural en este tipo de régimen, que necesita por el contrario hacer valer como virtud a lo homogéneo. La demagogia verbal necesita de esa zona gris, sin dimensión y sin rostro: “el colectivo”.

Se va engendrando entonces, y paralelamente a aquella penetración de todos los espacios, la consistencia de la masa apelmazada. Y es importante notar que lo uno tiene directa relación con lo otro.

Lo totalitario penetra, invade, permea progresivamente hasta los últimos poros, hasta dejar a la persona sin posibilidades que no pasen por la obediencia y el control, hasta dejar a la gente “sin aire” pues se trata, precisamente, de procesos asfixiantes. Por su condición de abarcamiento total, lo totalitario va eliminando las aperturas, concentrando, apelotonando, lo que redunda directamente en los humanos que integran una masa que se quiere dura y compacta.

El espacio totalitario no se conforma con partes, lo quiere “todo” como su nombre indica. De un lado desmonta y refunda espacios institucionales, del otro subyuga, compra o engaña voluntades para ir implantando esa masa. Sabe muy bien que pretensión totalitaria sin masa no cuaja. Para un proyecto de estadía sempiterna en el poder hay que ser eficaz en dar levadura a esa masa compactada. Sólo en lo masivo puede multiplicarse y consolidarse el modo totalitario, pues se explota en el hombre-masa la ingenuidad, el poco conocimiento de la historia nacional y universal, la incredulidad para imaginar hasta dónde los desvíos de un gobierno pueden llegar, la anulación y la vergüenza de la propia individualidad en aras de lo masivo, el arrodillamiento al entregarse -entregando la autonomía interior de su juicio propio (mande usted, comandante, que nosotros obedecemos…)-. Y se va levando la masa desde los eternos resentimientos humanos, astutamente manipulados; desde el hechizo magnético del líder único; y hasta desde los estragos que ha ido dejando en una población la indolencia y la neutralidad.

Si para la penetración de los espacios institucionales el régimen sólo parecería necesitar usar de su poder, en cambio para la progresiva conformación de la masa –materia más compleja porque implica al impredecible ser humano- va a requerir de tres medios esenciales: la educación, la cultura y los medios de comunicación masiva. Para la educación cuenta con el canal de un ministerio. Para la cultura también, aunque el espacio cultural en general sea menos “canalizable”.

Y en cuanto a los medios masivos, que otros colegas han ahondado en este encuentro de hoy, vale sólo agregar que nunca las gigantografías habían tenido nombre más ilustrativo que ahora, en este avasallamiento visual de nuestras ciudades donde el comandante Chávez moderniza en el Siglo XXI el imaginario de Stalin y Fidel Castro. Así se empieza, primero es el fastidio del ciudadano de tener que mirar en exceso y luego puede llegar la violencia de que el mismo ciudadano sea mirado en exceso. Recordemos en este último sentido una escena de “1984”, de Orwell, en la que el protagonista, que se sabe observado las 24 horas del día y en todos los lugares, descubre en su casa, detrás de una columna, unos escasos centímetros que no son alcanzables por la visión del gran hermano. Y cada vez que puede se instala allí por instantes, apegándose a su único oasis con placer triste.

Miedo a ser visto en exceso, miedo a tener que ver en exceso. Y también a tener que oír, o a ser oído en exceso.

4- ¿Bienvenida ambigüedad… o inquietante ambigüedad?

La multiplicidad de sentidos y posibles interpretaciones, eso que suele llamarse polisemia o ambigüedad, hace más intensa a la obra de arte. La cultura artística ha dado (desde siempre, y sobre todo en el arte moderno) la bienvenida a la ambigüedad.

Si la ambigüedad dentro de una buena obra de arte no es percibida como falsedad, fuera del arte sí puede serlo. Lo que es válido para el temple estético no lo es ya igualmente para el intercambio ético entre las personas. La ambigüedad, entonces, no es considerada una virtud cuando se trata del lenguaje político, del lenguaje legal y constitucional, del lenguaje afectivo (pues a nadie le gusta que lo amen “ambiguamente”, por ejemplo) y en general de cualquier lenguaje basado en la expectativa de veracidad y de confiabilidad en la interlocución.

El terreno es más confuso aún en personas que utilizan el doble y triple discurso, así como en épocas de liderazgos cuyo verbo genera incertidumbre. Se va carcomiendo allí la honestidad (eso que para los antiguos era integridad y coherencia entre pensar, decir y hacer). Se va minando la confiabilidad (con la consecuente pérdida de capital social en un país). Se ensombrece la veracidad. Y la mentira se va extendiendo como modo de vida. Hay quien padece la mentira, quien se cree la mentira, quien llega a medrar de la mentira, y quien vive de mentiras.

Dice Julián Marías: “La fealdad del alma no es patrimonio exclusivo de ningún partido, pero tampoco es cierto que se reparta por igual.(…) Hay mayor o menor ‘densidad’ de fealdad anímica. Esta no depende de las ideas, preferencias políticas, intelectuales, artísticas, sino más bien de una contextura de la persona. El indicio más claro y seguro es la relación con la verdad. La actitud ‘contra la verdad’ es el rasgo capital de esa fealdad”. (J. Marías Almas feas. ABC-El Universal. Madrid).

Decían los antiguos que el mal hacía menos daño si se hacía a la luz, esto es: si era posible que la gente se diera cuenta, de entrada, de su mala naturaleza. Pero sabemos que usualmente no se da así, y el peor de los males es precisamente el que viene “a la sombra”, y con su torcimiento de la verdad se hace pasar por un bien, en el que muchos llegan a creer, al punto de dar la vida por ello. Si Hitler o Pinochet son vistos hoy con claridad sobre su torcida condición, no ha sido tan transparente para el mundo el caso de Stalin o el de Fidel Castro.

Dice Aníbal Romero: “Soljenitsin atinó al focalizar sobre la ideología como factor clave de la maldad moderna. La ideología socialista tiene la particularidad de ser considerada un instrumento de justicia, y por tanto cumple con mayor eficacia que el nazismo, por ejemplo, la tarea de justificar las tropelías de quienes la enarbolan. La mentira es síntoma inequívoco de su funcionamiento (…) El socialismo del Siglo XXI está ejerciendo su papel como cobertura ideológica para la institucionalización de la mentira”. Se trata de “torcer la verdad para complacer al autócrata”. (A. Romero. Ideología del Gulag. El Nacional, Caracas, 21-02-07)

Es necesario ir desmontando las mentiras de este gobierno. Localizarlas. Exponerlas como lo que son. Mostrar, por ejemplo, cómo en la medida en que se agreden más las libertades, la palabra del líder y los slogans públicos utilizan más frecuentemente la palabra “libertad”. Se requiere un inventario de las principales mentiras de este tiempo, que ayude a exponer a la luz lo que está torcido, para que -más allá de su piel aparente- se vea su direccionalidad, su intención. Que haga ver el progresivo debilitamiento del valor literal de la palabra, la creciente fragilidad del lazo que la une con el significado verdadero.

Un complemento esencial favorece la expansión de las mentiras del gobierno: la pereza intelectual de los ciudadanos. Una pereza intelectual que está derivando en muchos casos en pereza moral.

Es necesario saber ver que el proceso de masificación (que es, como decíamos, condición sine qua non para la instalación y subsistencia de regímenes totalitarios) se alimenta de esos dos grandes elementos:

-la mentira sistemática por parte de un gobierno -la pereza intelectual y moral por parte de los ciudadanos

Decíamos que cuando se politiza la cultura se sustituye espontaneidad por cálculo. La espontaneidad, que puede considerarse una virtud del venezolano, es, más ampliamente aún, una de las variables de lo verdadero, de la naturalidad. Cuando a la espontaneidad se oponen el cálculo y la artificiosidad, es momento para preguntarnos: ¿se está llevando al venezolano a pasar de una cultura de la espontaneidad a una del cálculo; de una cultura de la confianza y la liberalidad a otra de la paranoia, el disimulo y la autocensura?

Es necesario estar claros en que la mentira es un medio. En que la masificación de la población es un medio. En que la instalación del Estado totalitario es un fin. En que la permanencia indefinida en el poder es un fin (el fin que persiguen los poderosos cuando aspiran al poder por el poder mismo). Las dos primeras están tan unidas entre sí como las dos últimas. Enlazadas entonces en estrecho maridaje la mentira y la masificación. Y ensamblados también estrechamente el Estado totalitario y el poder eterno del líder. En ambas parejas se retroalimentan además el componente individual con el social, lo que hace más abarcante, penetrante y potencialmente eficaz todo el proceso.

Frente a la inquietante ambigüedad y a la normalización de la mentira ¿qué papel toca a una cultura que quiera mantener su pensamiento libre? Se trata, según creo, de propiciar una cultura del Ver y del Hacer ver. Se trata, primero, de darnos cuenta, y luego de dar cuenta de lo que vemos. Se trata de ver acaso hasta que nos duelan los ojos, lo que adquiere más sentido frente a una cultura oficial avalada por quienes se hacen la vista gorda, por quienes cuestionan no a los mentirosos sino a quienes intentan revelarlos, una cultura oficial que estimula a sus equipos a hacerse parte de la masa doblegada, que les insta, literal y expresamente, a “bajar la cabeza”. Un Observatorio Antitotalitario es lugar óptimo para hacer ver cómo funcionan tanto la estructura de la mentira como la escalada de la masificación, esos dos medios utilizados en la escalada totalitaria.

Pero en este Ver se hace urgente entender factores idiosincráticos muy diversos. Tanto esos que nos muestran como una sociedad crítica, libertaria y democrática como también los que nos vinculan con la violencia y la barbarie de siglos pasados, que parecen dispuestas a renovarse episódicamente, como en “saltos-atrás” de nuestra historia, o esos rasgos del modo de ser del venezolano que nunca nos abandonan del todo –ni en democracia ni en autocracia- como son la picardía del “cuantohaypaeso” o la indolencia, la pasividad y el acomodo.

5- Este bendito “todavía”

Hay un Todavía problemático: a pesar de los 8 años de gobierno, todavía hay gente que no sabe ver, o que no quiere, o que no puede ver. Que no capta los matices y las etapas, o lo que podríamos llamar “el proceso del proceso”.

Si dijimos que la mentira y la masificación son medios, que el Estado totalitario y el poder eterno del líder son fines, ahora podemos decir que en una primera etapa el régimen ha estado todavía afinando los medios para alcanzar sus fines.

Ya es preocupante el aumento del miedo. Ya es peligroso ejercer cierto periodismo crítico. Ya se cierran medios de comunicación por razones abiertamente políticas. Ya es considerable y va en aumento la estampida migratoria. Ya la normalización como resignación empieza a ser un componente de la vida privada de la gente. Ya hay depresión y desesperanza, que lo digan si no los psiquiatras y los farmacéuticos. Ya están en aumento las enfermedades sicosomáticas. Ya ha corrido sangre. Ya tenemos estadísticas políticas de la muerte.

El totalitarismo todavía se está instalando, como una proyección a futuro próximo, pero que el gran líder querría ya de inmediato, como lo evidencia la última acelerada hiperquinética posterior al 3 de Diciembre y como la Ley Habilitante en sus manos habrá de facilitarle.

Todavía no hemos llegado allí… Y hay que preguntarse cuánto espacio real deja, a la vida democrática, este por ahora en el que estamos. No han podido ser tan rápidos en el desmontaje y el control como otros gobiernos sin origen electoral. Y aunque no exista una oposición formal en la Asamblea, todavía hay contrapesos en el país, que vienen de nuestra costumbre democrática, que todavía resiste, nos dura y nos alienta. Todavía el miedo no invade a todos. Todavía la neutralidad no es el refugio de muchos. Todavía no están tomados todos los espacios (en un estado totalitario que estuviera funcionando plenamente sería impensable un Observatorio Antitotalitario como éste, y menos dentro de la plataforma de universidades públicas). Todavía no se ha hecho de nuestra población -con su carga connatural de informalidad y desobediencia- esa masa apelmazada que se requiere para instaurar un Estado totalitario. Todavía hay medios de comunicación y periodistas valientes y comprometidos con la verdad. Todavía abundan los que no se quieren ir del país y quieren permanecer, participando. Todavía hay conciencia de que hay que hablar cuando todavía se pueda porque después será cada vez más difícil…

¿Ya o todavía? ¿Pesimismo u optimismo? ¿El vaso de la esperanza y de la expectativa de futuro medio lleno o medio vacío? Creo que ambos. Así es que este todavía es “bendito”, en medio de la tragedia que ya vivimos y en medio del proceso que va corriendo desde la democracia hacia el totalitarismo. Estamos entre ambos mundos, a medio camino entre ellos. Y los caminos intermedios propician tendencias, decisiones y movimientos.

(Por último, un fragmento especialmente dedicado a los jóvenes):

6- La democracia no es como la madre

La mayor parte de nuestra población nació en democracia, para muchos el único sistema experimentado en carne propia. Cuando escuchamos decir que este régimen es más de lo mismo, uno más en la cadena de malos gobernantes que hemos tenido, nos damos cuenta de que demasiadas personas limitan su universo comparativo a lo considerable como mejor o como peor dentro de un parámetro democrático amplio, pero que aún no han caído en cuenta que ahora la diferencia no es de grado sino de naturaleza. Que estamos experimentando otra cosa. No se trata de un gobierno que sea sólo “más corrupto que…”, o “más ineficiente que…” sino que se trata, sobre todo, de un proyecto acelerado de sustitución de un sistema democrático por uno autocrático cada vez más tendente a uno totalitario.

Pero tampoco es del todo cierto que este gobierno es ineficiente. Lo es según los parámetros y las expectativas del espíritu democrático. Democrático y un tanto ingenuo, pues creemos que la oposición ha perdido tiempo y eficacia cuestionando la ineficacia del gobierno. Creemos que algo de eficacia ha tenido socavando desde el inicio la institucionalidad democrática. Eficacia de un gobierno más planificado de lo que parece, donde hasta la emocionalidad del líder es premeditada (a partir de su carisma natural indiscutible) como parte de una inmensa estrategia mediática. Acierto han tenido, al menos en los primeros tiempos, para ir logrando lo que aún puede parecernos inaudito: todos los poderes en el bolsillo, el arrodillamiento de los cuadros medios y altos de la dirigencia pública, el entreguismo de buena parte de la clase política.

Dice Jorge Edwards: “No hemos creído que la tradición republicana, el siglo XIX estable, la sociedad civil madura, sean valores dignos de ser defendidos a toda costa. Viajamos hasta hace muy poco cerca de Escila y de Caribdis, de Fidel y de Pinochet, sin una conciencia real del peligro de los dos extremos que había que evitar”. (J.Edwards. Aprender a ser libre. Letras libres, Madrid. Octubre 2006).

Si bien la mayoría nació en democracia, y muchos otros empezamos a experimentarla de niños o adolescentes, es peligroso verla como lo dado, lo seguro, lo que podemos ignorar o agredir impunemente. La indolencia y la indiferencia hacia la democracia la han herido con una resistencia pasiva que agrega más leña al fuego de la agresión activa con que el talante autoritario desprecia sistemáticamente, en todas partes del mundo donde se encuentre, el pensamiento libre y el respeto por las diferencias y la convivencia.

La democracia no es como la madre, porque se espera que la madre esté siempre allí para nosotros, no importa cuánto afecto, cuánto cuido o cuánta indiferencia le demos. Y hay que darse cuenta de que, si bien nacimos en ella, ni la democracia actúa como las madres, ni mucho menos va a estar allí siempre para nosotros, a menos que sepamos valorarla y protegerla.

La democracia es más bien como la pareja. Como una relación que, si queremos que dure, hay que cuidar y mejorar cada día. Una relación que puede tener crisis y resurgimientos, épocas gloriosas o difíciles, negociaciones y respetuosa aceptación de las diferencias. Se trata de un vínculo con el que se requiere asumir compromiso, y de cuya fragilidad connatural, y de cuya eventual pérdida, hay que tomar conciencia… antes de que sea demasiado tarde.

María Elena Ramos

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