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Sección: Arte y Cultura

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El amor tiene el peso de un pétalo de flor de nácar

Carmen Cristina Wolf

Miércoles, 11 de febrero de 2009

cemos… en un abismo Rafael Cadenas

Permanecía guarecido en su bosque de palabras.

Apenas, un postigo entreabierto. Nada más un vértigo hondo de presencia. No conocí a nadie como él, tan dado a partir y regresar intacto, crecido de raíces, más cercano cuanto más distante El podía a la vez ser sin estar del todo. Si bien, no era fácil atisbar la altura de su torre.

Nadie sabía la esencia de su fuente.

Él era un manantial de verbo impredecible.

Salía muy pocas veces de su fortaleza y emprendía un paseo cortés.

En aquellos instantes aparecía una sonrisa un si es no es gentil, algo traviesa, ¿indecible? irónica o distraída.

Un día sonrió y unas líneas aparecieron allá lejos al fondo de sus pestañas.

En esas raras ocasiones, ofrecía miradas sin cuidarse del ojo perspicaz del alma, que todo lo presiente.

***

Aquel día nada presintió. Y llegó una mirada de ámbar cortado en el primer minuto de la aurora.

Él se dejó mirar y algo muy hondo le encendió la frente.

Pudo haber sido la pluma de un ave, o un alfiler de jade en el centro de la nostalgia.

Lo cierto fue que un corazón quedó al desnudo y se abrió de luz.

***

Su barco estuvo resguardado en la rada del lenguaje. Él cuidaba de que su escritura estuviese desprovista de palabras gastadas. Nada de flor, éxtasis, corazones o amor.

Después de voraces tormentas decidió permanecer durante años sin salir a mar abierto por aquello de las corrientes del extravío.

Y en la hora y punto de aquel encuentro él abandonó la certeza y se adentró en aguas profundas.

Entró un bosque en su cuerpo, con sus tigres de girasol, y acudió al llamado de los amaneceres en playas remotas. Se dibujaron recuerdos del primer amor aún encontrado.

El recordó entonces su propio aroma de selva repartida.

Le volvió a la memoria el encuentro con la primavera. Abandonó el silencio de su torre. Abandonó el dominio férreo de sí deslizándose imperceptible y sin tregua hacia el vértigo tenaz de lo habitual.

Su sangre se convirtió en néctar de un deseo milenario. Morir para vivir sin el peso de algunos mapas demasiado previsibles que se había impuesto.

***

Hacía años se había sembrado en él el germen de la comprensión que suele derribar los temores más aún que el valor.

Él había entendido que el sí y el no son el haz y el envés de las fuerzas de la existencia.

Y pretendió librarse de los puntos de vista y de los juicios para entender y amar más allá de los espejismos.

Aun así, las coordenadas ya venían pareciéndole demasiado estrechas.

Los papeles del alba se consumieron en la llama de un sosiego inquieto, atento, alerta al júbilo de la inocencia recobrada.

No había nada que temer. No cabía sentirse amenazado por hallarse desnudo en un rincón del universo o encontrarse de pronto indefenso en una pradera interminable.

Aquella mirada había tocado su frente con fragancias de la Isla de los sueños. Era como mirarse desde su propia alma. Tal vez los ojos de ámbar cortado al primer minuto de la aurora eran los suyos.

El mar había vuelto a sus sienes. Y su rostro purificado por tanta lágrima no derramada ahora sentía el exacto oleaje incesante que salva de la inmovilidad.

Regresó a la tierra sin límites de su cuerpo que se le había perdido en las batallas del alma y en el laberinto de una mente demasiado intensa.

Y le volvió el amor sin preguntas, sin exigencias del por qué. Sin aquél “es como si amáramos”.

El amor tenía el peso de un pétalo de flor de nácar, apenas una carga mínima de avena. Era un espacio abierto al mundo indescifrable con su sol de verdad. Aun cuando a él no le gustaba la palabra amor a cuenta de que significaba muy poco, cada vez menos, por causa de que todos la pronunciaban sin saber cómo se sentía.

Y descubrió de nuevo que la palabra estrechamente unida al ser, consustancialmente uno con él, era el lugar del esplendor.

La libertad podía saborearse en el instante sucesivo del asombro.

***

Descubrió aquellos ojos idénticos a los que imaginó alguna vez al borde del acantilado. Eran indescifrables, siempre lo serían, como deben serlo las cosas que provocan un asombro infinito.

Por eso, alcanzó la promesa de sorprenderse siempre de sí mismo. Quien no es capaz de sorprenderse de sí mismo, no aprenderá nunca el arte de sorprenderse.

Y lo fue mirando todo como si fuese la primera vez.

Y se embriagó de gozo ante una medalla de sol que había encontrado en sus pupilas.

Continuó guarecido en su bosque de palabras. Jubilosas, amargas, desposeídas, precisas, desprevenidas, hondas, bruscas, amables, tempestuosas, tiernas, voluptuosas, desbordantes. Terriblemente dulces, ásperas, cortantes, apasionadamente indiferentes.

El podía a la vez permanecer, irse, volver y ser más menos nadie alguien y todos.

Él siempre fue como era en realidad.

Era nadie y muchos y todos y ninguno.

El era un manantial de verbo impredecible.

Él era una mirada de ámbar en la aurora, cuando florece el abismo.

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COLUMNISTA:

Carmen Cristina Wolf


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