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Venezuela después de la Independencia El Paraiso Desperdiciado:El medio- mantuano Eduardo Casanova Domingo, 11 de octubre de 2009
Don Carlos Soublette y Jerez de Aristeguieta (Carlos Soublette a secas después de la Revolución de Caracas) fue sólo un medio-mantuano. Su padre era canario, que en el sistema rígido de castas que existía hacia el final del período colonial venezolano era como estar en tercera categoría, y su madre fue Teresa Jerez de Aristeguieta, una de las Nueve Musas, hijas de Miguel Jerez de Aristeguieta y Lovera (pariente por varios lados de Simón Bolívar) y Josefa Blanco y Herrera, tía abuela de Simón Bolívar, que era como estar en primera. Teresa de Jesús o Teresa, nació el 15 de octubre de 1763 y con el tiempo fue, además, suegra de Daniel Florencio O’Leary y de Julián Santamaría, edecanes de Simón Bolívar.
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Antonio Soublette Piar, su padre, canario de origen francés y español, era primo hermano de Fernando Piar Lottyn, padre de Manuel Carlos Piar, lo cual le complicó la vida al hijo, tal como debe habérsela complicado en su momento aquello de no ser mantuano del todo, sino medio-mantuano. El medio-mantuano, que también podría ser apenas un medio-caudillo, nació en La Guaira, el puerto de Caracas, en donde su padre tenía el centro de sus intereses mercantiles, el 15 de diciembre de 1789. A no ser por los hechos del 19 de abril de 1810, le habría ocurrido lo mismo que a Francisco de Miranda y no habría podido dedicarse a la carrera militar en su tierra natal. Pero aquella primera rebelión venezolana, seguidora de las corrientes liberales que ya se habían asentado en España y que brotaban con el encubrimiento de cuidar los derechos de un rey que en realidad no se quería, sirvió también para descoyuntar el rígido sistema de castas que había impuesto el régimen de aquel rey y sus antecesores, y gracia a esa liberalización, a los veinte años se alistó como portaestandarte en la caballería de Caracas, y año y medio después, en enero de 1811, fue ascendido a teniente. El otro hijo de canario, Francisco de Miranda, lo llevó consigo en julio del 11 a combatir a los que en Valencia defienden la causa del rey de España y lo ascendió a capitán. A los veintiún años se casó con Olalla Buroz, pariente por varios lados de los condes de Tovar y de otros mantuanos de pleno ejercicio, y se convirtió, a una velocidad pasmosa, en teniente-coronel. Pero su carrera militar se vio violentamente interrumpida al caer la primera república. Quedó preso en el Castillo de Puerto Cabello hasta que Bolívar, tras la Campaña Admirable, recuperó el territorio para la causa independentista. Se enroló Soublette en las fuerzas del Libertador y peleó en Bárbula (30 de septiembre) y Las Trincheras (3 de octubre de 1813). Después, como secretario de José Félix Ribas, actuó en la batalla de La Victoria, y participó en la emigración a Oriente, tras la cual llegó a Cartagena con su pariente Simón Bolívar. Después de varias peripecias, lo encontramos en Angostura como fiscal en el proceso de su pariente Piar. Poco después se iniciaría su relación con Páez, que en 1829 lo lleva a preferirlo a Bolívar. En 1829 había sido elegido diputado al Congreso Admirable convocado por Simón Bolívar, pero prefirió quedarse en Venezuela, en donde era jefe de estado mayor del departamento del Norte (Venezuela). En 1830, cuando Venezuela se separó definitivamente de Colombia, Soublette fue designado secretario de Guerra y Marina. Luego fue vicepresidente y hasta presidente encargado por los vaivenes de la política y, finalmente, se convirtió el presidente con todas las de la ley, de entonces. En la elección participaron Santos Michelena, apoyado por los liberales (que lo eran por oponerse a Páez, que por su origen debería haber sido liberal), Soublette, apoyado por los comerciantes y por Páez, y Diego Bautista Urbaneja, más bien candidato de mentirillas y quizás lo hizo para que apareciera en su currículum o en sus tarjetas de presentación. Como era de esperarse, el poder se impuso, y Soublette obtuvo las dos terceras partes de los electores, amén de la furia de los derrotados. El gobierno de Soublette fue medio bueno, o medio malo. La paz interior le permitió reducir el ejército. Obtuvo el reconocimiento formal de España. Pero la economía le jugó una mala pasada: los ingresos por las exportaciones cayeron, lo que, combinado con la muy liberal política del régimen conservador, que dejaba en manos de los contratantes las cláusulas relativas a los intereses, arruinó a los agricultores, es decir, a los que apoyaban con más fuerza a la oposición liberal, que de liberal tenía el nombre, y cuyo conductor más conspicuo era nada menos que Antonio Leocadio Guzmán, un estupendo aventurero que pronto encontraremos en nuestro camino, casado con una Blanco y Jerez de Aristeguieta, prima de Soublette. En resumen, el gobierno del medio-mantuano Carlos Soublette no fue lo suficientemente bueno como para convertirlo en paradigma ni lo suficientemente malo como para pasar verdaderamente a la historia. Quizá lo más importante que pueda verse en él es el embrión de lo que después se llamará Guerra Federal, cuando los seguidores de Antonio Leocadio Guzmán, que era candidato a la presidencia (1846) se alzaron en armas en Barlovento, el Tuy y Villa de Cura (Francisco Rangel y Ezequiel Zamora) y un ejército comandado por Páez y José Tadeo Monagas, conservador y liberal, los dominó, y como consecuencia de eso, Antonio Leocadio Guzmán no sólo dejó de ser candidato, sino que fue condenado a muerte, condena que se conmutó por la de exilio perpetuo, que, por supuesto, no se cumpliría tampoco. Eliminado el candidato Guzmán, civil que obviamente quería convertirse en caudillo tropical a cualquier costo, las elecciones se decidieron en favor de un auténtico caudillo: José Tadeo Monagas, que por su acción de liberal contra los liberales alzados logró el apoyo del poder, es decir, de Páez y de Soublette. Los otros candidatos, José Félix Blanco (hijo fuera de matrimonio de una Jerez de Aristeguieta y, por lo tanto primo de Bolívar, de Soublette y de Guzmán) y Bartolomé Salom, estaban allí, como lo estuvo antes Diego Bautista Urbaneja en su momento, de adorno. Entregada la presidencia, Soublette se retiró a su hato en los Llanos, de donde lo sacó Páez a raíz de los sucesos de Congreso de 1848. Fracaso total, exilio a Santa Marta. Regreso diez años después, sin pena ni gloria. Secretario de Estado del breve gobierno de Pedro Gual. Nuevo retiro después del triunfo de la Federación, con un breve centelleo inútil cuando el gobierno de los “azules” en 1870, año en el que, el 11 de mayo, terminó de morir. Dejaba tras de sí el halo de la indefinición.
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