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Sección: Arte y Cultura

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El secreto de Eva

Prakriti Maduro

Miércoles, 8 de septiembre de 2010

De repente me di cuenta de que ya no tenía quince años, que hacía varios me había graduado de la universidad, que llevaba varias telenovelas, sólo un par de trabajitos en cine y unos pocos papeles protagónicos en teatro. ¿Si yo que quiero hacer cine qué tanto debo esperar por un casting? ¿Será que debo escribir o producir yo misma la película para actuar en ella? ¿Será que me toca viajar, irme a algún lugar donde sí haya industria de cine? Esas eran mis reflexiones el día en que mi mamá me atajó en medio de las diligencias diarias para entregarme un DVD pirata que decía, escrito a mano con la letra de mi papá, “The Secret”.
 
Fueron varios días con ese DVD sobre mi televisor, hasta que me descubrí libre una mañana y decidí ver de qué iba. Lo coloqué, vi los primeros minutos y listo, fue prácticamente instantáneo: me atrapó, como ningún testigo de Jehová lo ha podido lograr. Todo lo que decía me daba la razón, yo sabía que el mundo funciona por esa ley de atracción, son esas ideas con las que crecí, aunque con cierto recelo. Pero dichas así estaban tan claras que no tuve espacio a dudas: para mí se trató de un documental científico, todo era razonable. Luego de ver los primeros veinte minutos lo paré, estaba inspirada y cuando me inspiro debo ducharme como si las buenas ideas las debiera recibir fresca. Para cuando terminé de verlo ya me había bañado tres veces.
 
Ese mismo día fui a la peluquería, mi plan era -mientras me cortaban el cabello- estudiar el texto de una obra que empezaba a ensayar. Me aprendía por primera vez el monólogo de mi personaje. Recibí una llamada. “¿Prakriti? Te estamos llamando de La Villa”, teléfono pa’ la oreja izquierda pa’ que el peluquero cortara más cómodo. “Ajá, dígame”. “¿Podrás asistir a un casting el lunes a las diez de la mañana para una película de Fina Torres?”, teléfono pa’ la oreja derecha. “Sí, claro…”. “Es para el personaje protagónico, una cubana… necesitamos que lleves un monólogo aprendido” (nunca me habían pedido un monólogo para un casting… llevaré este mismo que tengo sobre mis piernas, pensé). “El monólogo debe contener: rabia…” (tal como la de mi personaje), “…tristeza” (qué casualidad, eso es lo que sigue en mi texto), “alegría nostálgica” (¡no lo puedo creer!, ¿sabrán que estoy haciendo esta obra?), “y por último: dolor” (exactamente como si hubiesen descrito mi monólogo). “Claro, allí estaré”. Fina Torres + rol protagónico= esta película será mi experimento sobre la “ley de atracción”. Un papel protagónico interpretando a una cubana no estaba fácil, pero era un buen proyecto para poner a prueba al universo.
 
Preparé el monólogo y fui a la audición. La directora de casting: “No vamos a poder hacer el monólogo, es que necesitamos probar también al personaje masculino, apréndete rapidito esta escena”. Empezó mal la ley de atracción. Me lo estudié rápidamente sin mucha preparación ni seguridad y quedó “como la mierda”. Me fui deprimida, no era el casting que había preparado. Pero me convencí: “me van a hacer un segundo casting”, ese fue mi mantra por varios días. Así que imaginé el éxito de ese nuevo casting maravilloso y que lo haría con un creíble acento cubano que por cierto no tenía idea de cómo hacerlo. Compré varias películas cubanas (pirateadas, claro). Pasó una semana, y nada, veía películas cubanas, dos semanas y viendo y viendo cine cubano, y nada. Una llamada, hay un callback. “Debes preparar dos escenas de la película, preferiblemente con acento cubano”. Para eso le pedí ayuda a Beatriz Valdés: “¡HELP!”. Ya tenía la ropa de diseñadora juvenil que exigía el personaje, el bronceado artificial pues no había tiempo pa’ la playa; el toque de riesgo: las trencitas.
 
El día antes del casting estaba devolviendo un libro en el British Council y era mi último día para inscribirme en el nuevo trimestre del curso de inglés que estaba haciendo. Si lo hacía, le estaría diciendo al universo que estaría en Caracas y no en Cuba filmando. No podía inscribirme. Pero si no lo hacía, debía esperar dos semanas para saber si había quedado en la película, y si no quedaba habría perdido cuatro clases y no podría hacer ese trimestre. Mmmm, “¿qué será lo correcto?”. Y soltando esa pregunta al aire veo un libro que está sobre la recepción al revés. Me intrigo: la carátula es verde y pienso con una irrazonable convicción que es de Graham Greene, obvio, por lo de green; yo quería leer desde hacía unos años Un americano ilustrado; reto a mi vista y lo leo al revés, y para mi sorpresa el autor sí era Graham Greene (¿cómo lo supe?), lo giro para poder leer el título: Our man in Havana. ¡Dios mío! Ese fue el universo respondiéndome, eso fue conmigo: Nuestra mujer en La Habana. Definitivamente, el curso de inglés podía esperar.
 
Llegamos al día del segundo casting: me toca hacerlo con Diego Armando, que sabe hacer tremendo acento de cubano, eso me ayuda. Me dieron chance de dirigir mi puesta en escena, jugar con mi utilería, repetir mis tomas. Todo fluía. Y desde ese día: “gracias universo porque soy la protagonista de la próxima película de Fina Torres”. Y por si el universo estaba en una de jodedorcito, le aclaraba: “la que se filmará en Cuba durante el 2007 con el nombre de Un té en La Habana”, por si las dudas; y así repetía mi mantra mientras seguía mi vida, pero pasaban los días y ya lo estaba diciendo por rutina pero no me lo estaba creyendo. “Ya debieron haber decidido”, pensaba y, claro, nadie llama para avisar que no quedaste.
 
Subía las escaleras de mi edificio (el ascensor como siempre dañado), ya casi llegaba al seis, mi piso, cuando -mientras jadeaba y buscaba las llaves- sonó el teléfono. En el ajetreo atendí: “Hola, es Fina Torres…” (jajajaja ya, con ese saludo lo sabía: el universo había cumplido). “Hola, ¿cómo le va?, ¿en qué puedo ayudarla?”, dije. “Vi tu casting, maravilloso, queremos que tú seas Eva”. Conteniendo la alegría, disimulando la emoción en la voz, respondí: “ah que bueno, muchas gracias. Hasta luego”. ¡Salté por la casa como loca! O más bien como bailarina del Bolshoi (pero sin técnica ni estilo, ni estudios), mi apartamento solo para mí, nadie a quien abrazar pero bastante espacio para brincar…  “¡¡Mamá quedé!!”, ahora a llamar a mi manager para decirle que debe pedirle un favorcito al productor de la telenovela en que trabajo: mátenme, zúmbenme por las escaleras, secuéstrenme, mándenme pal’ manicomio, lo que sea que me deje ir a Cuba.
 
La mejor telenovela en la que he actuado hasta ahora. Ya verás universo, que Manuel el productor, que es maravilloso con las pautas, va a poder resolver; Mónica, la escritora, se va ingeniar la solución perfecta, y mis compañeros, tan generosos, entenderán. Pero la respuesta fue: “Queremos ayudar pero es imposible, justo ahora el aire nos está pisando los talones y lo que piden es una locura, te requieren dos meses seguidos fuera del país. No te puedes ir”.
 
Bueno, ni modo. “Fina no puedo, búsquense a otra”. Al día siguiente fui a grabar arrastrando los pies, con la abrumadora tristeza de que lo había conseguido, pero tuve que decir que no. Tenía que hacer una escena en la que Gladys (Mimí Lazo) me regañaba (bueno, a Yenilú) por salir con un hombre casado. Gladys: “Yenilú, pero ¿cómo se te ocurre?, eso no va a traer nada bueno, tú te mereces algo mejor”. ¡Corte! Mimí: “Pero Prakriti, entonces ¿tú estás loca?, Fina te escoge para protagonizar su película y tú ¿la rechazas?”. ¡Acción! Gladys: “Yenilú, piensa mejor lo que estás haciendo, te vas a arrepentir, yo que te lo digo”. Corte. Mimí: “Ya vas a ver Pra, que te van a dejar, no te puedes hacer esto a ti misma, eres muy buena actriz, si el canal se molesta se tardará un tiempito en entenderte pero trabajo siempre tendrás…”. Palabras sabias de Mimí Lazo. Salí de allí atormentada pero convencida: “Fina, dame unos días que yo resuelvo”, “Mónica por favor apóyame”, “Manuel, te necesito. No quiero renunciar, quiero un permiso”. Y así todos lo logramos: Mimí Lazo, Manuel Federico Grijalba, María Antonieta Duque que me apoyaba a ciegas, Zair Montes que me aupaba en mi lucha, Useche que creía en mí, Beatriz Valdés que me ayudó desinteresadamente, y Fina Torres que me esperó, que retrasó las fechas de filmación para que yo resolviera.
 
Ese día en que la ley de atracción funcionó, mi amiga del alma, que vivía conmigo, mi compañera de “la secta de El secreto”, Verónica Osorio, hizo un dibujo de ella y de mí cada una con su Óscar en la mano.
 
Nueve meses después de la filmación me hallé de nuevo en La Habana, bebiendo un mojito cubano en el medio de la Plaza de la Catedral, contándole esta crónica al hombre de mi vida que acababa de aparecer, el que le había pedido al universo sin saberlo, pues siempre había vivido con la convicción de que lo hallaría.

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