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La muerte en Venecia
Alejandro Tarre

Martes, 30 de junio de 2009

Una metáfora de Platón compara el intelecto con el conductor de una carroza llevada por varios caballos, uno de lo cuales es una bestia salvaje. Este caballo representa los instintos, apetitos, pasiones y deseos humanos, y la labor del conductor es embridar a la bestia para que no descarrile la carroza. Si la bestia no es controlada, el conductor corre el riesgo de ser arrastrado a un precipicio.

La idea de la civilización tiene que ver con esta metáfora. La civilización no se alcanza sin que los instintos y deseos individuales sean embridados y hasta cierto punto sometidos por el intelecto. Mientras más se deje dominar el intelecto por los instintos animales, más difícil será lograr la convivencia entre los miembros de un colectivo y mayores serán las posibilidades de violencia, conflicto y autodestrucción. La civilización depende de la capacidad del conductor de mantener la bestia salvaje bajo su control.

Pero civilización no es nunca una victoria absoluta de la razón sobre los deseos, sino el alcance de un equilibrio en el que aquélla prevalece sobre éstos. El ser humano no puede vivir sin rendirse ocasionalmente ante sus deseos, porque estos son una parte integral de él; una profundad necesidad del ser. Tan importante como controlarlos es abrirle espacios de acción dentro de un marco delimitado donde, al final del día, impere el orden y la razón. Esta tensión interna que define la condición humana y el efecto destructivo que puede acarrear el sometimiento de la razón a los deseos, es el tema central de la obra maestra de Thomas Mann, La muerte en Venecia.

Gustave von Aschenbach, protagonista de esta breve novela, es un escritor que se acerca a la vejez ya habiendo alcanzado mucho de lo que se había propuesto alcanzar. Sus libros lo han hecho famoso y le han dado dinero suficiente como para vivir cómodamente, pero él sobrelleva esta fama sin vanidad ni excesos, llevando una vida disciplinada, ordenada, rutinaria, no muy diferente a la que debía haber llevado antes de hacerse célebre. Todos los días dedica las horas más frescas de la mañana a su oficio, y cuando no lo hace, lo invade una sensación de desasosiego, producto de esa compulsión de producir y no perder el tiempo que definen su personalidad, y, según él, la psiquis europea. El placer, el sexo, el goce y la fiesta nunca han sido para él muy importantes. Su trabajo es el eje alrededor del cual gira su vida.

Pero un día todo esto cambia. Aschenbach tiene un encuentro casual con un forastero que, súbitamente, provoca en él una necesidad urgente de alejarse de las angustias de su oficio y viajar a una tierra lejana. Su mente se llena de visiones exóticas y comienza a soñar con un mundo primitivo, salvaje, bárbaro, el polo opuesto del mundo en el que discurre su gris y monótona existencia. Austero y disciplinado, Aschenbach normalmente es capaz de controlar estos impulsos. Pero esta vez sucumbe a esa necesidad casi corporal de viajar y unos días después parte a Venecia, donde el día de su llegada, en el cómodo hotel a orillas del mar donde se instala, ve a un niño polaco del que se enamora con la pasión ardiente de una adolescente.

Durante el resto de la novela Mann relata magistralmente cómo la belleza del niño altera profundamente el equilibrio de fuerzas dentro de la personalidad de Aschenbach, haciendo que el intelecto, en vez de someter y embridar el cuerpo y los deseos, se deje ahora esclavizar por ellos. Aschenbach ni siquiera se atreve a hablarle al niño, pero su obsesión por él, azuzada por su refinada imaginación y los placeres sensuales de la playa veneciana, revoluciona su vida. Poco a poco el lector observa cómo los pasos del protagonista comienzan a seguir “los dictados del demonio cuyo deleite es aplastar la razón y la dignidad humana.” De respetable escritor, Aschenbach pasa a ser un patético viejo verde y potencial pedófilo que llega al extremo de pintarse el pelo y maquillarse con la esperanza de enamorar al objeto de su obsesión.

Pero sería incorrecto decir que a Aschenbach simplemente se le escapan las riendas de la bestia salvaje de la metáfora de Platón. Mejor decir que suelta temporalmente las riendas para luego comenzar a espolear a la bestia sin hacer el más mínimo esfuerzo de controlarla. Porque, cuanto más crece la pasión de Aschenbach por el niño, más evidente se hace su esfuerzo por racionalizar su obsesión erótica. Y al fondo de esta racionalización está el poderoso vínculo que puede existir entre la atracción física por una persona y la atracción mental por el principio divino y universal que esta persona representa. La infatuación de Aschenbach por el niño lo lleva a elaborar argumentos sofisticados sobre la coalescencia del Eros con el arte y la filosofía. “Sólo la belleza,” nos dice, “es al mismo tiempo divinamente deseable y visible: es la única forma de lo espiritual que podemos recibir…con nuestros sentidos.” Claro está que pensando en la belleza de esta manera es mucho más fácil sucumbir a nuestros deseos y olvidarse de la moral y la ética.

Alejandro Tarre

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