Sección: Arte y Cultura
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La ficción según James Wood
Alejandro TarreLunes, 19 de enero de 2009
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Wood es un magnífico crítico literario, al que siempre leo con placer, incluso cuando no he leído, o no tengo la intención de leer, los libros que reseña. Sus fuertes ya han sido notados por muchos: su elocuencia y manejo del lenguaje (Wood con frecuencia es mejor escritor que los objetos de sus críticas), su inmensa capacidad analítica y la combinación, esencial para todo crítico, de amplias lecturas con reflexión sistemática e informada sobre lo que lee. Pero un fuerte menos señalado es su renuencia a achatarle las esquinas a los textos para que encajen con ideas preconcebidas. Los argumentos de Wood no tienen agendas ocultas; parecieran irse corporeizando solos, a fuerza de relecturas.
“Cómo funciona la ficción” consiste en diez capítulos, en los que Wood trata los temas planteados en las preguntas del prólogo (punto de vista, caracterización, uso del detalle, diálogo, etc). Cada capítulo está dividido en pequeñas secciones, cuyo largo puede ser un párrafo o varias páginas. Esta división es útil, porque le permite a Wood hacer largas digresiones o incluir ejemplos para ilustrar detalladamente sus explicaciones y argumentos. Wood establece esta dinámica desde el primer capítulo, cuando da un ejemplo del uso del estilo indirecto libre en “Lo que Maisie sabía” de Henry James. Wood nos muestra cómo, dentro de una sección o párrafo, e incluso dentro de una oración, el narrador se puede acercar y alejar de la mente de sus personajes; cómo con una palabrita –un simple adjetivo, un adverbio– la voz del narrador se disuelve en la del personaje para luego, casi enseguida, volver a independizarse, mostrándonos de esa
manera diferentes perspectivas, puntos de vistas y niveles de realidad.
Durante el resto del libro Wood utiliza muchos ejemplos de su panteón personal –James, Chéjov, Tolstoi, Austen, Bellow y sobretodo Flaubert– para ir poco a poco construyendo su filosofía estética. Los ejemplos muchas veces son positivos; es decir, textos que Wood cita con aprobación. Pero también, con frecuencia, Wood fortalece o esclarece una idea con críticas a autores como Updike, Nabokov y David Foster Wallace. Estas críticas a veces son pequeñas e incisivas, como cuando critica el uso del detalle de Nabokov. Y a veces son ambiciosas y provocadoras, como cuando ataca la falsa división de tipos de personajes que hace E.M. Forster en “Aspectos de la Novela.”
Esta sección sobre personajes ficticios y caracterización es una de las más interesantes del libro. Wood nos dice que hay personajes unidimensionales, secundarios, de los que no sabemos mucho ni tenemos mucha información (“flat” es el término despectivo que usa Forster), que pueden dejar en el lector una impresión tan viva como la que dejan personajes más “completos” y “redondeados” como Emma Bovary, Raskolnikov o Anna Karenina. Es decir, el personaje “con cuerpo” de las grandes novelas del siglo XIX no es necesariamente el personaje ideal ni la mejor manera de crear un personaje. Más que la solidez del personaje (una solidez que nunca va a ser completa), lo importante para Wood es la “sutileza del análisis.” Y esta sutileza de análisis se puede lograr con unas cuantas pinceladas, lo cual explica que algunos personajes de cuentos cortos, o con apariciones breves, dejen una impresión más viva en la mente del lector que los protagonistas de algunas novelas.
Como ejemplo, Wood menciona al soldado protagonista de “El Beso” de Chéjov, que para él es un personaje más memorable que Becky Sharp de la novela “Vanity Fair.” ¿Por qué? Por la agudeza de la exploración de Chéjov de la conciencia de su soldado, mucho más interesante que lo que Thackeray nos ofrece a través de Becky. El tema de la caracterización es polifacético, con muchas aristas que Wood no se atreve a tocar. También es un tema escurridizo, en el que apenas uno hace una afirmación surgen una docena de excepciones a esa afirmación. Pero Wood contribuye a esclarecer un poco este debate, no sólo aportando enfoques e ideas, sino también demoliendo algunas de las terribles simplificaciones que persisten en torno a este tema.
Otra sección interesante del libro es la crítica de Wood a Roland Barthes, lo que es a la vez una apasionada defensa al realismo. Wood primero nos explica el complicado argumento de Barthes de que el realismo en la novela no es realista, en el sentido de que su punto de referencia no es la realidad. Para Barthes, dice Wood, el realismo es meramente un sistema de códigos y señales convencionales. ¿Qué quiere decir esto? Wood escribe una parodia de Graham Green para ilustrar el punto de Barthes. En esta parodia están presentes una serie de denominadores comunes de muchas novelas realistas –por ejemplo, el uso del estilo indirecto libre, del detalle revelador, de la buena metáfora o símil, de las comillas en los diálogos, las controladas omisiones, las generalizaciones hechas por el narrador, etc. Todo esto, diría Barthes, es lo que conforma ese invisible y ubicuo sistema de códigos que muchos llaman “realismo,” pero que no tiene nada que ver con la realidad.
Wood hace una crítica demoledora a este argumento, señalando que Barthes confunde la supuesta inhabilidad del lenguaje de referirse a la realidad con el uso abusivo de convenciones. El hecho de que el artificio y la convención sean parte de un estilo literario no significa que el realismo, ni cualquier otro estilo, son tan artificiales y convencionales que son incapaces de referirse a la realidad. La narrativa, pues, puede ser convencional sin ser una técnica puramente arbitraria. La ficción es a la vez artificio y verosimilitud, dos cosas que pueden simultáneamente coexistir.
Wood, sin embargo, no es siempre tan lúcido. En ocasiones se acerca tanto al texto, se adentra tanto en su explicación, que pierde la perspectiva y ve significados que a uno le cuesta ver. Por ejemplo, en una sección Wood cita un párrafo de Stephen Crane, en el que el narrador describe detalladamente un cadáver, incluyendo las hormiguitas que corren por su rostro. Wood destaca (correctamente) el antisentimentalismo de la prosa, pero luego, en una sentimental reflexión final, nos señala el uso simultáneo de diferentes métricas: el cadáver, muerto para siempre, y las hormigas corriendo por su rostro, “indiferentes a la mortalidad humana.” Cuesta creer que Wood le hayan llamado la atención las diferentes métricas de ese párrafo antes de ponerse a escribir. Más bien pareciera ser que a Wood se le ocurrió esa idea en el calor de la redacción, sobretodo considerando que unas páginas antes, con ejemplos mucho más claros, estaba discutiendo el uso de diferentes métricas de Flaubert (una reflexión ya de por sí redundante). Más que interpretar el texto Wood pareciera estar atando cabos de esa sección de su libro.
Otras debilidades del libro están relacionadas no a lo que dice, sino a lo que no dice. Por ejemplo, Wood demuestra poco interés por la forma. Puesto en metáfora, Wood hace observaciones sobre las diferentes secciones y habitaciones de la casa, sobre las personas que la habitan, describe acuciosamente los ornamentos y muebles, pero no habla de su arquitectura. Wood tampoco nos dice mucho sobre el manejo del tiempo. Claro está que no tiene porqué discutir todo en doscientas páginas, pero el manejo del tiempo merece al menos una pequeña sección en un libro cuyo título es “Cómo funciona la ficción.” (Este desinterés por la forma y el tiempo, creo, explica el evidente desinterés del autor por Faulkner).
Otra debilidad de Wood –y esta es una crítica más personal– es su ignorancia del canon latinoamericano. No es sólo que autores como Borges, Carpentier, Vargas Llosa, García Márquez, Cortázar u Onetti no figuren en su panteón personal. Es que no parecieran existir en su mundo. Y lo peor es que Wood a veces dedica páginas laudatorias a autores contemporáneos claramente menores cuando se les compara con un Borges o un García Márquez.
El desconocimiento de Vargas Llosa es lamentable en el capítulo sobre el punto de vista. En “El paraíso en la otra esquina” Vargas Llosa hace un uso muy original del estilo indirecto libre, constantemente disolviendo la tercera persona “cerrada” en la segunda persona. Pero lo innovador no es la modulación a otra persona, técnica ya utilizada por otros novelistas, sino la flexibilidad y ambigüedad de la segunda persona, que funciona como una suerte de estilo-indirecto-libre-dentro-del-estilo-indirecto-libre. ¿Por qué? Porque, dependiendo de cómo la manipule el autor, esta segunda persona puede sonar como varias cosas: la voz interna del personaje, la voz del narrador o el autor hablándole al personaje o una mezcla de las dos. Incluso puede sonar como la voz del narrador hablándole al autor. La creación de este espacio en el que se desplazan o hablan al mismo diferentes voces, en el que uno a veces cree escuchar al personaje, otras veces al narrador y otras veces al autor mismo reflexionando sobre su vida a través de la vida que cuenta, es una innovación interesante de esta novela que hubiese enriquecido con un matiz exótico el libro de Wood.
Sin embargo, a un crítico no se le puede pedir que lea y comente todo con igual atención. Si algo le falta a Wood, no es ambición y cultura. Pocos críticos o novelistas son capaces de plantearse estas preguntas esenciales sobre el arte de la ficción y luego escribir 200 páginas respondiéndolas tan bien. Siempre hay que esperar años para tener una idea del potencial que tiene un libro para convertirse en un clásico, pero presiento que “Cómo funciona la ficción” va a ser leído y estudiado durante mucho tiempo, como los libros sobre el mismo tema de Forster, Kundera y Barthes que Wood emula, enriquece y critica.








