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El Paraiso Desperdiciado:El Mantuano secundón
Eduardo Casanova

Domingo, 11 de octubre de 2009

José Tadeo Monagas, caudillo y prócer de segunda que nació Judas Tadeo y se cambió el nombre por José Tadeo en cuanto tuvo uso de razón, hubiera podido ser un mantuano con pleno derecho, pero no nació en Caracas ni tuvo parientes importantes en la capital al pie de la montaña cinética, por lo cual resultó ser un mantuano de segunda.

El 28 de octubre de 1785 nacía en Maturín, hijo de Francisco José Monagas y Perfecta Burgos Villasana, que se empeñaron en criarlo apegado a la tierra y a la agricultura, pero la realidad de su tiempo lo llevó por otros caminos. Cuando Cumaná y todo el Oriente siguieron con decisión y valentía el ejemplo que Caracas dio, el joven Monagas, que para entonces era un terrateniente de veinticinco o veintiséis años se preparó a defender la patria, algo que se cumplió con propiedad cuando los orientales de Santiago Mariño decidieron reconquistar a sangre y fuego la libertad y la Independencia. Monagas, en 1813, aparece como alférez de caballería bajo las órdenes del coronel Manuel Villapol, sevillano nacido en torno a 1770 y muerto en San Mateo el 28 de febrero de 1814, luego de ser uno de los más connotados defensores de la causa republicana en Venezuela. Después de la primera batalla de Carabobo, en 1814, Monagas recibió el grado de coronel, y tras participar en muchas batallas sin realmente distinguirse en ninguna, fue ascendido a general de división por Simón Bolívar, en 1821, y fue designado gobernador civil y militar de Barcelona en 1822. En 1823 se casó con Luisa Oriach y Ladrón de Guevara, su parienta y parienta de varios de sus parientes al más puro estilo de los mantuanos de todas partes, y pareció escuchar la voluntad de sus padres, pues muy cumplidamente se retiró de la vida castrense para dedicarse a las labores del campo.

Con la Cosiata, al separar Páez a Venezuela de Colombia, Monagas dejó su retiro y entró de lleno en la vida pública, ora de un lado, ora del otro, hasta que consiguió convertirse en uno de los protagonistas del país. Pero el país estaba inmerso en grandes contradicciones. Una de ellas, y no la menos importante, es la del papel que desempeñan Páez y Monagas en él. Lisandro Alvarado, en las primeras páginas de su Historia de la Revolución Federal en Venezuela, dice: “El pequeño período que en Venezuela se extendió de 1848 a 1958 fue para el elemento liberal una suerte de nueva gestación. En los principios todo parecía limitarse a una lucha encarnizada entre Páez y Monagas, hijos ambos del Llano y conducidos por la suerte de representar, cada uno por su parte, una aspiración política nada cónsona con sus respectivos caracteres. Level de Goda observa con este motivo que el partido conservador escogió como jefe a Páez, hombre del pueblo, nacido y criado oscuramente, amigo de las masas populares, dado a ellas, que profesaba alguna de las ideas del liberalismo, partidario en ocasiones del poder civil y su iniciador en Venezuela, y en lo privado muy expansivo, decidido por las fiestas y diversiones, y alardeando en fin de una vida un tanto escandalosa en el hogar; mientras que el partido liberal se fijó en Monagas, nacido de una familia notable y el más rico propietario del país, un tanto aristócrata, ‘instintivamente autoritario, conservador y poco liberal’, hombre recto y severo, de una circunspección extraordinaria, jefe de una familia honorable y distinguida, ejemplar en la vida privada; y concluye que según esto, esos partidos ‘sobre no poder corresponder a sus calificativos, tenían que adolecer de grandes defectos’.” Ciertamente, Monagas puede ser calificado tal como lo hizo Level de Goda, especialmente en lo que a familia se refiere, y buena parte de su política se basó en el apoyo de y a su parentela, y más en la búsqueda de solidaridades personales que en otra cosa. Quiso formar una verdadera red de apoyos mutuos con su hermano José Gregorio, su hijo José Ruperto, sus sobrinos Domingo y Julio César, su primo segundo doble y yerno Francisco José Oriach Matute, etcétera. Una especie de dinastía elegante y tropical que trató de imponerse y dominar una época caudillesca de la historia de Venezuela.

A los sesenta y un años asumió José Tadeo Monagas la presidencia de la república con pleno apoyo de José Antonio Páez, Carlos Soublette y los conservadores. Su primer gabinete bien podría haber sido del general Páez. Monagas parecía aislado, y no sólo en el ejecutivo, sino también en el poder legislativo, que era eminentemente conservador. Los primeros problemas que se presentaron fueron las acciones que el presidente tomó para conmutar varias penas de muerte dispuestas por el gobierno anterior, entre las cuales la más notable era la de Antonio Leocadio Guzmán, por supuesto. Ello, como pronto se vio, deslindó claramente a Monagas de los conservadores, y ese deslinde se haría total, definitivo y trágico en enero de 1848.

El congreso nacional, después de haber sido tan portátil como la ciudad de Trujillo, en los Andes venezolanos, se estableció en el antiguo convento de San Francisco en 1842. Allí estaba cuando se produjo el llamado “atentado” al Congreso, que hizo salir al general Soublette de su merecido retiro en tierras de Chaguaramas.

Monagas, en la medida en que alejaba de los conservadores, que a su vez se alejaban de él, había ido creando, como diríamos ahora, una “maquinaria” propia, en tanto que Páez, con la “cobertura” de ir a comprar caballos, visitaba los Llanos remozando viejas relaciones. La política de Monagas empezaba a darle frutos, especialmente a través del apoyo que empezó a darle Antonio Leocadio Guzmán. Los paecistas, sin disimulo, anunciaron que condenarían a Monagas por violación de la Constitución y que el Congreso aprobaría varias leyes: una que entregaría el poder real al jefe del ejército, que sería inamovible por el Poder Ejecutivo (y que todos sabemos quién era), otra que llevaría a juicio marcial a cualquier civil que alzara (como Antonio Leocadio Guzmán, por ejemplo), y una tercera que excluiría de la vida política a aquellos que no fueran considerados “ciudadanos honorables". Liberales y conservadores se declaraban la guerra y se insultaban entre sí a más y mejor y cavaban sus propias tumbas. No hay mucha diferencia con lo que ocurriría a fines del siglo XX y comienzos del XXI, salvo que entonces no había radio ni televisión.

El 23 de enero de 1848, ciento diez años exactos antes de la caída de Pérez Jiménez, el Congreso logró el quórum después de varios intentos. Treinta de los sesenta y tres se habían reunido en secreto cuatro días antes y habían acordado que trasladarían las sesiones a Puerto Cabello, para ponerlo a salvo de interferencias del poder ejecutivo, y que declararían con lugar la solicitud de enjuiciar al Presidente Monagas con miras a su destitución. Como es natural, la noticia corrió de boca en boca por toda la ciudad. Al confirmarse el quórum reglamentario, treinta y dos de los cuarenta y cuatro diputados presentes en la sesión aprobaron el traslado a Puerto Cabello, lo que, desde luego, significaba que se cumpliría la segunda parte del proyecto y se condenaría a Monagas en cuanto el parlamento se sintiera a cubierto de cualquier represalia por parte del gobierno. Faltaba la aprobación del Senado. Y velocidad, porque el senador liberal Etanislao Rendón, uno de los civiles comprometidos en la Revolución de las Reformas, y que luego de un exilio fundó en Cumaná un periódico llamado El Torrente, consecuente con ese nombre descargó un torrente de palabras en la Cámara del Senado y no dejó el uso de su derecho en toda la sesión, para forzar a los diputados a actuar, a discutir en Caracas lo de las sanciones al Presidente, que contaba en la ciudad con un firme apoyo popular. Fue entonces cuando se declaró la guerra. Los diputados resolvieron crear una Guardia del Congreso, con armas y facultades para defender la corporación y garantizarle la seguridad, y comisionaron para ello al general Guillermo Smith, nacido en Edimburgo en 1794 y en verdad llamado William, que vino a Venezuela con Jorge (George) Elsom, en 1819 y peleó junto a Páez en Apure y en Carabobo, en pocas palabras, paecista connotado. Esa misma noche (23 al 24 de enero de 1848) más de doscientos jóvenes, todos hijos de conservadores, formaron un pequeño ejército en el viejo convento de San Francisco y tomaron posiciones defensivas, como preparándose a una guerra larga. Casi de inmediato empezaron a formarse milicias gubernamentales en Caracas y en los pueblos vecinos, y se fueron ubicando en las calles cercanas a San Francisco y en las afueras de la ciudad. En la noche, el gobierno protestó ante el Presidente de la Cámara de Diputados, recordándole que la Constitución hablaba de una fuerza de policía, pero no de un ejército privado del parlamento. Posiblemente a causa de la protesta, la Guardia recién creada fue reducida a una veintena de jóvenes, escogidos de acuerdo a su experiencia militar y a su habilidad con las armas. En la mañana del 24 de febrero una multitud tensa, que según los testigos sería de unas mil personas, se había reunido en la plazoleta de San Francisco, y los Diputados se reunieron en el segundo piso, en donde una barra, casi íntegramente formada por conservadores, especialmente los que habían sido retirados de la Guardia (que en su casi totalidad seguían armados), animaba a los diputados y manifestaba su rechazo al gobierno de Monagas. A las dos y media de la tarde se presentó el Ministro de Interior y Justicia, Tomás José Sanavria, acompañado por sus hijos Francisco y Martín José (el futuro redactor del Decreto de Instrucción Pública y Obligatoria, promulgado el 27 de junio de 1870 por el gobierno de Guzmán Blanco) y un hijo del Presidente Monagas, a presentar el Mensaje Anual, correspondiente a 1823, del Ejecutivo Nacional. Cuando se disponía a retirarse para entregar el documento en el Senado, el Vicepresidente de la Cámara, diputado José María de Rojas Ramos, pidió que no se le diera permiso a Sanavria para retirarse, sino que se citara a otros dos ministros. Se discute si lo hizo para buscar mayor seguridad o como parte una maniobra, y hasta se dijo entonces que se había acercado al Ministro con un puñal; en todo caso, algunos de los ocupantes de la barra gritaron que el Ministro había sido arrestado y esa fue la noticia que llegó a la Casa Amarilla, que entonces era sede del Gobierno. Los conservadores estaban convencidos de que el Gobierno disolvería en Congreso y los liberales de que el Congreso haría cualquier cosa contra el Presidente. Se dice que una simple discusión inició todo, la Guardia del Congreso atacó a la multitud y la multitud apedreó al Congreso, cuyos integrantes se dispersaron y muchos de ellos huyeron por los tejados. La acción fue afuera, no dentro del Congreso, y hubo relativamente pocos disparos. Siete u ocho personas murieron, cinco o seis de ellas en la calle y dos en los patios del convento. Los diputados José Antonio Salas, Francisco Argote y Juan García cayeron en el acto, dos de ellos apuñalados y el otro de un balazo. También murieron allí el sastre Juan Maldonado, Pedro Pablo Azpúrua, que era uno de los jóvenes conservadores Guardias del Congreso y Miguel Riverol, miliciano. Santos Michelena, que había nacido en Maracay cincuenta años antes y es sin duda uno de los grandes valores de nuestra patria, quedó herido de muerte por arma blanca y fue llevado a la Legación Británica, en donde expiró el 12 de marzo. Las milicias gubernamentales lograron imponer el orden y protegieron al propio general Smith, así como a Juan Vicente González y a José María de Rojas Ramos, dominicano de nación y uno de los diputados que optó por refugiarse en legaciones extranjeras por temor a las posibles represalias del gobierno, represalias que no se produjeron. El propio Presidente Monagas visitó a algunos de ellos para convencerlos de que volvieran a reunirse para mantener el hilo constitucional, entre ellos a Rojas Ramos, a quien acompañó a salir de la Legación Británica. Dos dichos han quedado para la Historia, a partir de esos sucesos: uno, que hace pensar que Monagas debe haber apelado a todo tipo de recursos para lograr que los diputados regresaran a sus puestos, y es el mensaje que le mandó Fermín Toro y que parece inventado para que se escribiera en textos patrios y no para que se le repitiera a otro ser humano; me refiero al dramático Decidle al General Monagas que mi cadáver lo llevarán, pero que Fermín Toro no se prostituye; y el otro es el del propio Presidente Monagas, cuando, pasada la tormenta, dejó escapar aquello de La Constitución sirve para todo, que puede ser interpretado de mil maneras.

El general Páez se alzó abiertamente contra Monagas. El 4 de febrero, en Calabozo, lanzó una proclama en la que se declaraba Jefe de los Ejércitos en Operaciones para restablecer la Constitución. Adelantándose a los errores del Mocho Hernández, en vez de avanzar hacia Caracas, se alejó hacia San Fernando de Apure, a donde llegó el 20. Con él iba, entre otros, el general Soublette. Monagas designó a otro prócer, Santiago Mariño, para que enfrentara al héroe de Carabobo. Al fin y al cabo la Guerra de Independencia se había terminado apenas un cuarto de siglo antes. Pero un cuarto de siglo como que es bastante. Quien enfrenta a Páez en Los Araguatos es su antiguo subalterno José Cornelio Muñoz, apureño y buen baquiano que lo derrota el 10 de marzo. Páez huyó a Nueva Granada, vía Ocaña y Santa Marta (en donde se quedó Soublette), de allí a Curazao y el 2 de julio de 1849 entró por La Vela de Coro. Como Miranda. Hasta que en Macapo Abajo, en el estado Cojedes, lo capturó otro prócer, el general José Laurencio Silva, cojedeño y pariente cercano de Simón Bolívar. Junto con el llanero cayeron varios próceres de segunda fila, como León de Febres Cordero, que había tenido una notable actuación en Guayaquil, y José Escolástico Andrade, que acompañó a Sucre en Bolivia (y fue el padre de Ignacio Andrade).

El viejo caudillo fue remitido a Caracas y Monagas lo hizo aislar en el Castillo de San Antonio de la Eminencia, en Cumaná, en donde fue encerrado en una mazmorra “de piso húmedo y donde el aire era tan sofocante que me veía obligado á tenderme en el suelo y aplicar la boca á la rendija de la puerta para poder respirar,” como cuenta en su Autobiografía. No hay duda de que la intención del gobierno era humillarlo y doblegarlo. Su salud se resintió y las autoridades debieron ceder y ubicarlo en un espacio menos malsano. Allí recibió la visita de su legítima esposa, Dominga Ortiz, que a pesar de los devaneos del llanero con su salerosa querida en Valencia, había movido cielo y tierra para que se mejorara su condición y que fue quien finalmente consiguió que se autorizase su salida del país. Con su actitud, la esposa dio una demostración de dignidad y de decoro a pesar de lo que le había hecho su marido. Junto con ella iba su hija. Y el 23 de mayo de 1850 salió al exilio aquel hombre de sesenta años que había conocido el poder y la adulación y ahora se enfrentaría a su dura realidad, que se morigeró porque en diversos lugares se organizaron homenajes que en más de un caso no eran para honrarlo, sino para molestar a los que mandaban.

Un Orinoco de intrigas iba rodando hacia el mar, que era la guerra.

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