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Sección: Arte y Cultura

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El Paraíso Burlado :Venezuela desde 1498 hasta 2008

El Paraíso Desperdiciado El hermanito

Eduardo Casanova

Domingo, 22 de noviembre de 2009

Prácticamente sin oposición, José Tadeo Monagas gobernó como quiso y en provecho de sí mismo. Para favorecer a los terratenientes, entre quienes él mismo era uno de los más importantes, hizo aprobar la Ley de Libertad de Contratos del 28 de abril de 1848, y la aún más importante Ley de Espera y Quita, de 1849, que estableció un beneficio de seis años de moratoria a los deudores, con lo cual cerraron los dos únicos bancos que funcionaban en el país. Una amenaza de bloqueo del gobierno británico obligó a compensar las pérdidas de accionistas y clientes ingleses, a lo que el gobierno sumó a los nacionales, aumentando en forma considerable la deuda pública del país. El 1º de octubre se decretaba que el 25% de los derechos de importación, el 50% de los derechos de sal y la mitad de las deudas del Tesoro por rezagos, al pago de capital e intereses de la deuda externa. Otra medida conservadora de un gobierno liberal.

Fue en ese período cuando en verdad empezó la vida minera del país, al descubrirse en Guayana los yacimientos auríferos del Yuruari y crearse una auténtica fiebre del oro que obligó a las autoridades, también en clara tendencia antiliberal, a legislar de urgencia sobre la materia. Y también fue ese el momento en que José Tadeo Monagas, jefe del clan, decidió que se quedaría para siempre en el poder, a como diera lugar. En las “elecciones” de 1854 figuraron en los resultados finales Fermín Toro, José Antonio Páez, José Ángel Ruiz, José María Vargas, Etanislao Rendón, Andrés Narvarte, José Gregorio Monagas y el jefe del partido liberal, Antonio Leocadio Guzmán. Toro, Vargas y Narvarte, que obtuvieron algunos votos pero no eran candidatos en propiedad, no eran liberales, y todos los liberales, por supuesto, tenían el beneplácito del gobierno. De más está decir que José Gregorio Monagas, el hermanito del presidente, se impuso por aplastante mayoría.

José Gregorio era casi diez años menor que su hermano José Tadeo. Nació en Aragua de Barcelona, no en Maturín, el 4 de mayo de 1795, es decir, dos meses y medio después que Antonio José de Sucre. Tal como Sucre, a los quince años ya estaba en armas en defensa de la república (pero, a diferencia de Sucre, no había seguido estudios militares formales). Su carrera militar no fue nada sensacional, aunque sí constante y firme.

Hacia fines de la guerra independentista, cuando José Tadeo asumió la comandancia general de la provincia de Barcelona, dio una de sus primeras muestras de nepotismo al designar a José Gregorio comandante militar de la ciudad de Barcelona, a lo cual se opuso José Francisco Bermúdez en razón del parentesco, pero el gobierno de Bogotá ratificó el nombramiento. En 1824 el ya general de brigada José Gregorio Monagas partió hacia Perú a apoyar al Libertador Simón Bolívar en su campaña final contra el poder español, pero no llegó a tiempo para participar en la batalla de Ayacucho y sólo pudo participar, bajo las órdenes de Bartolomé Salom, en el sitio de El Callao, en donde se habían refugiado las últimas fuerzas españolas del continente, que se rindieron finalmente a comienzos de 1826. Ya para entonces se había casado dos veces (primero con Benita Marrero, que murió pronto, y después con Clara Marrero, hermana de Benita. Con ambas tuvo descendencia). Su grado de general de brigada le fue plenamente confirmado por el Libertador en 1827.

Desde 1830 su carrera consistió en acompañar a su hermano mayor en todo lo que hacía, hasta que en la campaña electoral del 46 hubo un bache en esa relación: José Tadeo era candidato de los conservadores, auspiciado por Páez y Soublette, y José Gregorio tenía sus propios planes y aceptó que los liberales de Barcelona lanzaran su candidatura, que no tuvo arraigo alguno. Pero en cuanto Páez se alzó en contra del hermano mayor, a raíz de los sucesos de enero del 48, el hermano menor acudió presto en auxilio y apoyo del mayor y se convirtió, gracias al nepotismo, en segundo comandante de las fuerzas armadas y jefe de operaciones en el Oriente de la república. Luego vendría la presidencia, obtenida, por supuesto, con el fuerte apoyo del hermano mayor. Asumió el cargo el 5 de febrero de 1851, a los 56 años de edad, luego de la elección en la que no podía esperarse sorpresa alguna. Y, como era de esperarse y fue, en cuando el hermano menor se sentó en la silla presidencial, se le acercaron como abejas a la más preciada flor los adulantes y los logreros, que de inmediato trataron de meterle ideas en contra del hermano mayor, formaron una especie de subpartido, el de los “gregorianos”, que nada tenían que ver con la música sacra. Se cuidaban, claro está, de hablar directamente del general José Tadeo, pero enfilaban sus lenguas en contra de los “tadeístas”, que fueron acusados de corrupción, de haberse ganado un dinero ilegal con la compra de un barco, no de transporte de carga refrigerada, sino de guerra. Posteriormente los tadeístas fueron absueltos. En la elección de Vicepresidente, a fines del 52, se enfrentaron abiertamente y ganaron los gregorianos, como para demostrar que el poder lo consigue todo. Pronto se pasó de las palabras a los hechos, y el gobierno se vio atacado por todos los frentes, entre ellos el armado. La patria entraba en una guerra civil no declarada. Hasta la naturaleza entró en el juego, y cuando se alzó en armas contra el gobierno la provincia de Cumaná, bajo la jefatura del gobernador de turno, se produjo un destructivo terremoto seguido por un maremoto (15 de junio de 1853) que acabó con la insurrección y con la ciudad, que, de paso, fue despojada por Monagas de su condición de capital de provincia, como una absurda venganza, que tiempo después imitaría Juan Vicente Gómez al quitarle a Calabozo su condición de capital del Guárico.

Parecería que lo único que realmente creció durante el gobierno del hermano menor fue el peculado, además de la delincuencia común. Y como parte de ese proceso, los latifundistas se aprovecharon para obligar a los vecinos más débiles a vender sus tierras, con lo que cada vez hubo más concentración de riqueza y propiedades en manos de menos gentes y la desigualdad social aumentó considerablemente. Sin embargo, el gobierno de José Gregorio Monagas ha pasado a la historia por la abolición definitiva de la esclavitud en Venezuela. Algo en lo que tuvo mucho que ver su Ministro de Interior y Justicia, Simón Planas, cuya carrera algún tiempo después se vería frustrada por una muerte prematura. En todo caso, con la ley del 24 de marzo de 1854, posiblemente redactada por Planas, se acabó para siempre con el tráfico y la explotación de esclavos en Venezuela. Aun cuando la medida había sido decretada por Simón Bolívar, nunca se ejecutó a causa de las presiones de los propietarios de esclavos. Unos veinticinco mil seres humanos quedaron totalmente libres a partir del 24 de marzo de 1856. Los “propietarios” fueron indemnizados y en más de un caso obtuvieron doble ganancia, pues ya no tendrían obligación de dar de comer y beber ni de alojar a aquellos que en virtud de su nacimiento tenían que trabajar para ellos. Unos doce mil eran esclavos propiamente dichos y el resto, manumisos que aún mantenían relaciones de dependencia con sus antiguos amos. Buena parte de las esclavas siguieron ligadas, como empleadas domésticas, a las casas en donde habían nacido, y buena parte de los esclavos se convirtieron en peones de los hatos en donde habían vivido todas sus vidas, sólo que ahora dependían de salarios y podían ser echados en cualquier momento. De hecho, cuando José Gregorio Monagas, Simón Planas y el Congreso decidieron eliminarla, la esclavitud perjudicaba a esclavos y amos, y más de un propietario vio la medida con muy buenos ojos, puesto que, en vez de liberar a los esclavos de sus amos, liberaba a los amos de sus esclavos. Entre otras cosas nada hermosas de aquel hecho estuvo eso de las indemnizaciones para los propietarios de aquellos “objetos” que eran nada menos que seres humanos.

Terminó el hermano menor su gobierno entre revoluciones y una epidemia de cólera, y entregó el poder a su hermano mayor, pues a pesar de los pleitos entre gregorianos y tadeístas, la familia no llegó a resquebrajarse del todo. Ni el nepotismo. Tampoco es que se mantuviese todo la unidad familiar: el 27 de marzo de 1856 José Gregorio envió a su hermano una carta que es más bien un memorial de agravios, y que al parecer fue redactada por Planas (Ver: R.A. Rondón Márquez, La esclavitud en Venezuela, C.A. Tipografía Garrido, Caracas, 1954), que deja ver en qué situación estaba el país, crispado y listo para el desastre, tal como la familia.

Como para no dejar el más mínimo espacio a la duda sobre el sistema de “elecciones”, de trescientos noventa y ocho votos, el hermano mayor obtuvo trescientos noventa y siete. El otro fue para Fermín Toro, como para que quedara expresa constancia de que en el país había por lo menos uno que no se prostituía.

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COLUMNISTA:

Eduardo Casanova


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