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Cronicas de un encuentro con Víctor Valera Mora (el chino)
Alicia Sánchez

Martes, 13 de mayo de 2008

Conocí al Chino Valera Mora, en Mérida, allá por los sesenta. Yo era una tímida jovencita católica y me asustaba aquel convencido y convincente comunista de ojos achinados que estaba enamorado de mi amiga Emilba Raven, a quien le escribiera alguno de aquellos poemas insolentes que aparecen en AMANECI DE BALA:

Conocí al Chino Valera Mora, en Mérida, allá por los sesenta. Yo era una tímida jovencita católica y me asustaba aquel convencido y convincente comunista de ojos achinados que estaba enamorado de mi amiga Emilba Raven, a quien le escribiera alguno de aquellos poemas insolentes que aparecen en AMANECI DE BALA:

“Ya la boca me duele Emilba Raven

me duele de tanto decirte que jamás

he pensado pasarte a la Revolución

y menos que por mi culpa vayas a hundirte en el infierno

Que es palabra de hombre hablarte de este modo

Que deseo arrasarme en el sol de tu vientre

Averiguarte con los hierros de trabajar la carbonería.”

Lástima que mi pacatería de aquella época me impidiera haber conocido de cerca al poeta, oír de viva voz su maravilloso verbo incendiario e irreverente, pero yo – desgraciadamente- igual que Emilba Raven temía que su amistad me “hundiera en el infierno”. Me fui de Mérida y nunca más supe de Emilba Raven, imagino que a estas alturas de la vida será abuela, tal vez en alguna gaveta guarde aquel libro del Chino y a lo mejor de vez en cuando le hable a alguna nieta de ese poeta enamorado y loco que la hizo pasar a la historia de la poesía en Venezuela.

En el 68 vi al Chino por última vez. Asistí a un festival artístico en una Galería de Arte de Caracas. Allí le oí recitar aquellos versos terribles, donde todo y todos eran perros y la OEA era “una perra bien perra”. Me seguía asustando pero me fascinó su verbo alucinado y todavía conservo nítidamente en mi memoria los gestos y la voz del poeta, su ir y venir por la sala mientras recitaba (no había escenario), vestido con ropa de caqui –en aquella época no usaban caqui si no los obreros-, sus pequeños ojos eran como dos rendijas, por donde brotaba fuego igual que por su boca.

Unos años más tarde conocí en Ciudad Bolívar a mi marido –Firmo Sánchez- quien fue amigo del poeta, es su admirador y es, a su vez, otro poeta irreverente. Le oí leer o recitar aquellos versos de AMANECI DE BALA y ya libre de prejuicios pude apreciar la calidad poética y la estatura humana del Chino Valera Mora. Allí, a orillas del Orinoco, Firmo me recitaba:

“Hasta cuándo seguir gritando a esta gente

Que el Rey y la Reina yacen bajo tierra

Hasta cuándo seguir gritando que no cedo en hipoteca mis sueños

Hasta cuándo seguir gritando que soy incorregible

Hasta cuándo seguir gritando que no reniego de mis actos

Hasta cuándo seguir gritando que nada de lo que no tengo

está en venta ni quiero que ningún imbécil corte la soga

Hasta cuándo seguir gritando que no cumplo mis deberes en la tormenta

Hasta cuándo seguir gritando que no exijo futuro Hasta cuándo seguir gritando a esta gente que me son despreciables

Hasta cuándo seguir gritando que estoy

con los que no tienen razón porque la tienen a mares llenos

Hasta cuándo seguir gritando que jamás abandonaré mi capa de insurgente

Hasta cuándo si desde siempre mis cartas están sobre la mesa”

O estos otros: “Por aquí pasó Beny Moré

y le metió candela

a Beethoven a Mozart a Vivaldi

los Beatles se salvaron porque le hablaron

largamente de algo parecido a la caída de un reino

por aquí pasó Beny Moré

más huracanado que el gloria al bravo pueblo

nuestra pobre canción de 1811”

Una constante en la poesía del Chino, que la hace también muy de mi gusto es el humor, un humor negro, ácido, como todo lo que escribe, pero humor al fin, que considero la señal más autentica de que un hombre es inteligente (no creo en la inteligencia de los serios) y nada admiro más que a un hombre inteligente y por añadidura poeta. Leer su poema NOMBRES PROPIOS donde despotrica de todas las vacas sagradas de la intelectualidad y la política venezolana –y de algún que otro extranjero- de su época, es gozar un puyero. Es para morirse de risa cuando uno oye que “Rómulo Gallegos es un mondongo melancólico”, que el Cardenal Quintero “tiene el cigüeñal roto’ o que Arturo Uslar Pietri ‘aulla y rebudia y estridula como langosta’ o que Jóvito Villalba ‘se ha pasado la vida dándose en el labio inferior con el dedo medio”. No se le salva ni Pablo Neruda, a quien invitó a dar un recital en su pueblo –San Juan de los Morros- y no fue ‘porque todos éramos pobres y nos dijo que sin mil dólares su corazón era una piedra sorda”.

Fue el Chino Valera Mora un hombre que se burló de todo y de todos, pero fue un hombre auténtico, en quien la revolución no era una pose ni mucho menos un buen negocio, como ocurre con muchos revolucionarios de pacotilla que abundan en nuestros tiempos. El Chino asume con valentía y responsabilidad sus posiciones. Así nos dice: “Acepto que me burlo de casi todo y de todos

porque el enamorado lúcido soy yo

el más nefasto azar

Por eso el próximo balazo me pertenece”

En 1984, cuando muere el poeta, ya vivíamos en San Cristóbal, en esta casa que aún habitamos y fue un día de duelo para nosotros que habíamos aprendido a amar al Chino. Hoy cuando mi casa esta casi sola –ya no hay risas de niños- en las noches de insomnio escucho su fantasma que me dice:

.Yo estoy muerto por Ud

y por eso vivo

 
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