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Sección: Arte y Cultura

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“La Esgrima”

De viajes añejos

Edmundo Font

Viernes, 19 de junio de 2009

“…Mis años de peregrinación y vagabundeo por las selvas y las ciudades de la palabra son inseparables de mis travesías por los desiertos, océanos y arenales del silencio. …” Octavio Paz

Tomé un avión rumbo a ninguna parte. Lo digo así, porque por primera vez en muchos años no he programado vacaciones ni han mediado cuestiones puntuales de trabajo para ir al reencuentro, más que de amigos que he ido abandonando a los cuatro rincones del mundo, de cosas del pasado que me han marcado la memoria con la ferocidad que despliegan los fierros con los que se suelen imprimir los títulos de propiedad sobre los semovientes, para decirlo en términos elegantes.

Esas marcas de origen inequívocas no figuran en los mapas epiteliales que cargamos cada uno desde que nacemos, si no, en lo que damos en llamar el “alma”, la entidad que sentimos estrujada con tristezas infinitas ó exaltada en celebraciones olímpicas con satisfacciones vitales de la índole más diversa, banal o trascendente; ¡ah! Esa maravillosa sensación de que todas las cosas se vuelven relativas conforme nos pasa el tiempo, para no reconocer que éste en realidad, nos atropella; me refiero también a la gratificación que representa deambular por paisajes que se aprendieron a querer como se ama a una mujer, con entrega subjetiva, sin más explicación que el mismo enamoramiento ininteligible.

Tengo la convicción de que hay sitios, calles, arquitecturas que demandan nuestra presencia y responden al apelo cumplido, regalándonos instantes de felicidad abstracta. Eso es algo que me está ocurriendo en estos días de diálogos unilaterales por las calles que piso (no confundir con los monólogos) y que entablo con muros antiquísimos y calles empedradas donde los ecos de mis pasos resuenan con la misma intensidad de un célebre poema corto de Octavio Paz, en el que encarna una caminata y la convierte en personaje. La resonancia confirma que se sigue vivo mientras andamos en busca del “otro”, que no es nadie más, sino uno mismo:

“Mis pasos en esta calle
Resuenan en otra calle
donde oigo mis pasos
pasar en esta calle
donde sólo es real la niebla.”

Es un texto paradójico en su simplicidad, como todo lo poético, pero verídico para mí, sobre todo en épocas de neblina existencial. Lo he constatado caminando calles solitarias de madrugada, como túneles de sonido sordo donde se repiten las voces monótonas de las suelas y los tacones.

Para llegar hasta una bella ciudad de fantasmagórico espejismo cuando se agota la parranda, tuve que montarme en tres aviones diferentes y hacer largas escalas en aeropuertos del planeta que mueven millones de pasajeros al año, comenzando por el promiscuo campo aéreo mexicano, donde los aviones pasan de panzazo sobre los rascacielos, hundiéndose en la nata del smog. Pero no hay que concluir que me aborrecen o abruman los atrasos, el tránsito, las interminables caminatas. Pocas cosas más interesantes en estos días que observar lo variopinto de la fauna de los que andamos con cara de expectativa por corredores y salones de embarque. Soy de una época en que las personas se vestían para viajar, muchos hasta nos poníamos corbata (yo insisto atávicamente en ello) y las señoras no dejaban de escoger sus mejores trapitos. Ahora me sorprende ver safaris enteros; jóvenes o viejos de bermudas y sandalias, como si fueran a la playa, y esa moda masculina de sobacos al aire, portando camisetas que alguna vez fueron prendas interiores; no exagero, a estas alturas terminaremos deambulando en trusas y bragas de rayas.

Ese respetable público de su propio desaliño se sube así a un vuelo transatlántico y desembarca medio día después con una modorra cultivada con supuesto aire de mundo.

Viajo de un lado a otro, apenas parándome tres o cuatro años en cada país, desde mis 20 cumplidos y esta peripatética existencia me ha llevado a practicar una terapia de vuelo, que maneja, controla ó pone en evidencia no el miedo si no el pavor de subirse a una máquina que por más explicaciones que nos den, sigue siendo mágica su ascensión y traslado por los cielos y menos lúdico su eventual desplome. Don José Lezama Lima afirmaba que no se subía a un aparato en el que mediaban entre él y la eternidad un pedazo de lámina.

Como muchas personas en mi caso, oscilo del temor al cinismo. Ya tuve épocas en que mi hipocondría se trasladó a la certeza del derrumbe. Vivo, por estos tiempos la fase de la inocencia y al revés del pavor, pareciera que jugara seriamente con la idea de la caída. Les diré lo que me sucedió apenas en estos días. Como sigue vivo el accidente del vuelo de Air France de Río a París, se vuelve un tema inevitable conversarlo en los propios aviones. Es una suerte de conjuro que por poco no les cuento. Con una copa de vino tinto del Penedés me fui a la cola del avión a conversar con el equipo de sobrecargos. Ojo, la triste línea donde iba solo contrata señores para ese mítico oficio femenino, ni modo. El más experto de ellos se puso a pontificar sobre las causas del accidente del Air Bus en el Atlántico, entre Sudamérica y África. Lo que no previó fue que mientras exponía sus certezas entramos en la bolsa de aire más intensa que he sufrido en toda la historia de mis infinitos viajes.

Hay que tomar en cuenta que estábamos parados entre los carros de comida y bebidas, sin posibilidad de amarrarnos a ningún asiento; no hubo, como en otros casos, aviso previo de turbulencia por parte del piloto, quien además, después del susto descomunal, hizo mutis. La caída libre se dio en dos turnos; la segunda precipitación fue peor.

Uno se siente en la montaña rusa y se pierde el sentido de la inclinación del avión, que a los pocos remontó de nuevo, como si estuviera despegando afanosamente.

Con los miembros de la tripulación nos vimos las caras de susto.

Parecíamos franceses en su redundancia cotidiana de hablar de gastronomía mientras se cena o come. Acabé siendo yo el que dio ánimos a uno de los sobrecargos con cara de papel secante, y no al revés. No fue valentía, si no sentido de la compasión budista. Siempre cabrá reflexionar si las palabras atraen a los hechos, como dice una tradición escrita de los hindúes. La grave fluctuación bursátil hizo que me arrodillara. Todos allí han de haber pensado que lo hacía en señal de oración. La verdad es que solo así pude sujetarme a las manijas endebles de las puertas de los baños, para no seguir perdiendo piso.

El responsable de cabina quiso amenizar el episodio recordando uno peor, en el que la nave habría hecho tres intentos de aterrizar en medio de una tormenta tropical. Cuenta el azafato en jefe que él mismo comenzó a despedirse del mundo en ese trance, el más grave de su carrera, pero que una pareja a su lado lo distrajo. El pasajero se había enfrascado en una confesión de infidelidades, en busca del perdón lego de su amada. En ese caso la adversidad verdadera para el cristiano arrepentido sobrevino con el aterrizaje.

laesgrima@gmail.com

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