Sección: Arte y Cultura
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Sabia virtud de Renato Luduc
Edmundo FontViernes, 28 de agosto de 2009
“Tenía fama de ser "muy mal hablado" siendo capaz de decir tres groserías por cada dos palabras que decía..” sobre el gran poeta de “Algunos poemas deliberadamente románticos, 1933” y legendario telegrafista de la División del Norte.
Me rebasa el tiempo; no tengo tiempo; ya voy a destiempo. Estas frases se inscriben, tal vez, en el lugar común mayor, en la angustia personal de millones de seres humanos en el mundo. La palabra es contundente y definitiva. De hecho, estamos hechos de esa naturaleza inasible que ha llevado a filósofos y poetas a reflexionar sobre una sustancia que escapándose entre los dedos nos confronta con metas de llegada permanentes, con caducidades, con límites, con la muerte para acabar pronto, no solo de los seres humanos y la finitud de las cosas, sino de las ideas y de los sentimientos, esas dos brújulas contrapuestas que dictan los sentidos y los sinsentidos de nuestros pasos. Yo por ejemplo podría decir que no tengo tiempo de pararme a pensar en él, que me rebasan los acontecimientos, que vivo urgido. Mi padre solía jugar conmigo preguntando qué hacía yo de las tres a las cuatro de la mañana, dándome a entender que debía emplear esas deshoras para resolver aquello que no había logrado concluir por “falta de tiempo”.
Ahora que me he convertido en animal de especie insomne me despierto como relojito puntual a esas horas intemperadas, prendo la luz y me pongo a leer hasta llegar de nuevo a un acuerdo con el sueño perdido y volver a sumirme en ese territorio que tiene disfraza, encabalga, aniquila, y reproduce el fluir de la vigilia, el propio tiempo de nuevo, porque los instantes de supuesta inconciencia conocen otro devenir, otro desprendimiento de los granos de arena en cascada, una manera ilógica de transcurrir nuestra historia, más que imaginada, soñada. Claro que las maneras de transcurrir el tiempo son diversas en la costa que en la montaña. Algunos tontos ilustrados, sobre todo en tiempos coloniales de antaño, quisieron ver en la modorra de los trópicos diferencias de agudeza intelectual con aquellos seres supuestamente privilegiados de los fríos países del norte. Yo eso no lo entiendo, creo que es pura falacia y además soy un destemplado. Me han reblandecido los calores de Nueva Delhi o de El Cairo, que a veces llegan a cincuenta grados y estuve a punto de cultivar sabañones durante mis largos inviernos catalanes y romanos. Claro que no fuenada si lo comparo con las temperaturas de la Europa central, los países nórdicos o las provincias ex soviéticas. Me imagino poco, asomando la nariz por las calles congeladas de Oslo o de Moscú. Soy hombre de entre-trópicos y allí me quedaría por voluntad toda la vida. Quienes habitan en el Caribe, por ejemplo, no tienen la mínima idea de lo que significa vivir a la intemperie y tener la bóveda celeste como techo, respirando la brisa a puertas abiertas. Los europeos saben bien la diferencia que representa dejar de ver el sol durante semanas o tener que resguardarse de las temperaturas gélidas a cada tres minutos cuando se deambula por la calle. Claro también que el recogimiento a lo que ello obliga puede dar paso a una introspección mayor, que la invitación perpetua a la rumba de las noches cariocas o habaneras. Tal vez de allí la errónea suposición de que toda actividad intelectual se producía mejor entre el calor de las chimeneas y no en los tórridos climas que parecen desintegrarnos en sudores.
El título de estos leves contratiempos escritos hace referencia a uno de los grandes poetas mexicanos. La vida de Renato Leduc es una novela de capítulos inmersos en realismo mágico. Andanzas villistas, burocracias pobres en París que le acercaron al surrealismo y su relación con una de las más destacadas artistas del siglo XX, Leonora Carrington. La ex mujer de Max Ernest vino a parar a nuestro país gracias al acuerdo matrimonial que la arrancaba de las garras de los nazis, apadrinada por Picasso.
A don Renato lo conocí encarnado en un Heráclito del tráfico urbano; lo detuve un mediodía de 1971 a la mitad del “Paseo de la Reforma”, en pleno camellón, para importunarlo con mi admiración. Lo había visto venir del otro lado de la avenida, desde las oficinas de Excélsior, rumbo al Caballito. Me presenté como un joven imberbe de provincia, lector empedernido de sus obras. El alto y moreno hombre corpulento de cabeza cana tuvo un arrebato de generosidad sorprendente. Sin soltarme la mano en un saludo cortado a mitad de un tráfico que como los ríos nunca es el mismo, me dijo: voy rumbo a las oficinas del director de la lotería. Me acaba de publicar una edición especial de mis poemas prohibidos, los de un “Prometeo” casi pornográfico. Pero aún es temprano. Vamos al café de chinos de la esquina para que me cuente de Tampico.” Ese día don Renato se despidió dedicándome uno de los contados y preciados ejemplares de un poema de violencia castellana sin par en lo erótico extremo, a la altura del más grande Quevedo. Creo que la edición no pasaba de 500 ejemplares.
Yo no daba crédito a tanta fortuna, para explicarme mejor diría que era como si mi hija Berenice se hubiera encontrado con Michael Jackson y éste le hubiera dedicado preciados minutos de su tiempo, precisamente tiempo, la materia engañosa que el grande poeta de Tlalpan había sabido fijar tan bien en un soneto imposible: en un “reto a Renato” un amigo de bohemia acabó perdiendo una apuesta: hizo que el vate juguetón e inmisericorde resolviera lo imposible: hallar la rima consonante inexistente de tiempo, tal vez la única palabra en español que no la tiene. Así nació ese portentoso soneto revolucionario que ya musicalizado llegó a cantarlo una insuperable voz de nuestra cultura popular, la de Pedro vargas (por cierto, tengo el LP dedicado por el gran tenor continental).
No lo volvería a ver, si no mucho tiempo después y en una cama del hospital del Seguro Social, que se vino abajo con el terremoto del 85. En uno de mis viajes a México, durante mis épocas centroamericanas, me enteré que el poeta se había resbalado con una “cáscara de tequila”, como le gustaba contarlo a él. Hasta allí fui, a llevarle unas manzanas y un frasco de cajeta de Celaya. En la estancia yacía su humanidad rebosante de ironía entre dolores, vistiendo una de esas ridículas batas cortas y blancas que enmarcan la triste desnudez de los enfermos, atada por la espalda. Al llegar vi que lo estaba visitando una pareja de estudiantes franceses de la Sorbona; preparaban una tesis sobre su poesía. Ya a punto de despedirse la bella oriunda de Lutecia, advertí el enhiesto apego de ese hombre, perpetuamente enamorado de la belleza. En un descuido del novio le plantó un beso de despedida, no en la mejilla, sino en los labios. La estudiante sonrió más halagada que ofendida por el arrebato del anciano fauno.
Les dejo de regalo el poema que nos heredó Leduc, escrito en el corto espacio de una noche, para burlarnos del tiempo:
Sabia virtud de conocer el tiempo;/ A tiempo amar y desatarse a tiempo;/ Como dice el refrán: dar tiempo al tiempo.../Que de amor y dolor alivia el tiempo./Aquel amor a quien ame a destiempo,/ Martirízome tanto y tanto tiempo/ Que no sentí jamás correr el tiempo/ tan acremente como en ese tiempo./ -Ignoraba yo aún que el tiempo es oro / Cuánto tiempo perdí -ay- cuánto tiempo/ Y hoy que de amores ya no tengo tiempo/ Cómo añoro la dicha inicua de perder el tiempo...







