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Gabo:"No quiero que me usen" Leandro Area Martes, 8 de septiembre de 2009 Aunque Gabo mantuvo hasta 1998 una relación muy estrecha con Venezuela, habiendo visitado nuestro país en incontables ocasiones, no conozco de él sino dos textos directamente relacionados con la tierra de la cual se decía, por costeño, también nacional. Uno lo escribió a finales de enero o comienzos de febrero de 1958 y el otro, cuarenta años después, muy a finales de 1998 o, a lo sumo, en enero de 1999. El primero es la crónica de un desconocido periodista colombiano que había recalado en Caracas, acompañado de su amigo del alma, Plinio Apuleyo Mendoza, quien para la época todavía era ñángara. Había llegado justo antes de que comenzara la rebelión militar, luego civil y finalmente civil y militar, que bajó de su trono al último dictador militar venezolano, el general Marcos Pérez Jiménez. Si pergeñó alguna otra cosa para la revista Momento, que lo había acogido, junto a su carnal Plinio, nadie, tal vez ni él mismo, lo recuerda. Para la época Gabo no era todavía Gabriel García Márquez sino un colombiano costeño, feliz e indocumentado, bigotudo, flaco y parrandero (según testimonios de otros, porque yo viene a trabar conocimiento personal con él en 1971, mucho tiempo después, cuando seguía siendo feliz pero documentado en más de un país), de quien nadie, aquí al menos, vislumbraba la fulgurante trayectoria que habría de tomar su vida pocos años después.
El otro texto es la crónica de la larga conversación que sostuviera Gabo, durante horas, con el entonces recientemente elegido presidente de Venezuela, Hugo Chávez, en un avión que los trasladaba a ambos desde La Habana y a quien seguramente escrutaba con curiosidad de entomólogo, él, que a ha tratado tan de cerca a varios coroneles Buendía de estas tierras nuestras. Ambas crónicas son como los signos ortográficos de paréntesis. Entre ambas transcurren cuarenta años de vida venezolana. El signo de la izquierda describe el principio del fin de un tirano militar; el de la derecha, deja colgada la pregunta de si el hombre que tenía enfrente no habría de ser, después de cuarenta años de vida democrática, otro tirano militar. ¿Qué es lo que vivió el Gabo el 1 de enero de 1958? Por muy pobre que fuera, en la noche anterior, la del fin de año, Gabo, seguramente compartió con Plinio Apuleyo unos “palos”, como decimos en Venezuela, es decir, unos tragos. No era, pues, el primer día del año, el de levantarse temprano, y, sin embargo, a las seis de la mañana o algo así, lo sacó de su “ratón” (lo que en la lingua franca llaman hangover, para que nos entendamos), el tronar inesperado y surrealista de unos aviones que surcaban el cielo caraqueño. Algunos Canberras o Vampiros, de nuestra más bien precaria aviación militar de la época. No eran cosas de borracho amanecido, aunque parecía, porque por aquellas calendas no era frecuente ver aviones volar por Caracas. Sin embargo, no debieron pasar muchos minutos para que supiera que se trataba de un alzamiento militar. Había llegado a Caracas pocas semanas antes. Pérez Jiménez lucía inconmovible, como el tirano Gómez --de quien Gabo tomara después muchos rasgos para darle cuerpo y psicología a su patriarca otoñal--, destinado a gobernar durante décadas. Sin embargo, el 1 de enero, después de mes y pico de vanguardias partidistas, en brega ardorosa por cerros y quebradas, se fracturó la unidad de las Fuerzas Armadas y desde el 1 hasta el 21, Caracas vivió días de vértigo mientras el gobierno se deshacía ante nuestros ojos...y los de Gabo. La suma de pequeñas y dispersas manifestaciones diarias creó un clima de ingobernabilidad; el régimen se fue llenando de politraumatismos; varios de los altos jefes militares fueron defenestrados por el dictador, quien también sacrificó a sus dos principales operadores políticos, el ministro del Interior y el jefe de la Seguridad Nacional, la siniestra policía política; finalmente, una desconocida Junta Patriótica, que reunía a los cuatro únicos partidos de la época, dos clandestinos y dos semilegales (AD, PCV, URD y COPEI), convocó a una huelga general para el 21 de enero. La huelga como tal fue más bien parcial, pero la batalla callejera, épica, con centenares de muertos. En la madrugada del 23, el dictador huyó y el pueblo, que había cogido la calle, se quedó en ella, para comenzar a vivir el año más libre de nuestra historia, el maravilloso 1958, cuando todo parecía posible y los comunistas éramos dueños de las calles y de las barriadas populares caraqueñas. En los cuarenta años siguientes pasó de todo. Entre otras cosas, aunque no histórica, desde luego, nos conocimos Gabo y yo. Quiero repetir el cuento porque lo pinta mejor que los expresivos silencios que tanto se le reclaman. Corría el año 1971. Ya Gabo tenía dos lustros siendo íntimo amigo de Fidel. Ya había actuado varias veces como una suerte de canciller de lujo de la revolución cubana; también había usado su influencia para proteger a mucha gente de la violencia de un régimen violento, pasando por cantidad de gestiones subterráneas en los meandros de la política discreta o secreta, esa donde ocurren tantas cosas, a veces más importantes que a las que acaecen a la luz del día, con trompetas y tambores. En 1971 nació el MAS, un desprendimiento libertario del comunismo stalinista en que habíamos militado la mayoría de la gente de la izquierda venezolana. Como se sabe, ese partido cambió muchas cosas y creó grandes esperanzas, no sólo en Venezuela. Lo que fue de él al cabo de los años no es parte de esta historia. Baste con saber que en la gestación del MAS estuvo un pequeño libro que yo escribí, en 1968, poco después de la invasión soviética a Checoeslovaquia, en el cual no sólo rechazaba y condenaba ese acto imperial, simétrico del que tres años antes, en 1965, había perpetrado el gobierno de Johnson en Santo Domingo, sino realizaba una crítica rupturista con el modelo soviético, con la URSS y con el movimiento comunista mundial. Yo era miembro de la dirección nacional del Partido Comunista, es decir era integrante de una iglesia y fiel de una religión laica, así que mi ensayo tuvo el efecto que habría producido en la Iglesia Católica un cardenal poniendo en duda la virginidad de María. Pero no quiero desviarme. Lo cierto es que en 1970, recibí, de mano de Soledad Mendoza, una breve tarjeta de Gabo, elogiando mi libro, diciendo compartir la óptica allí expuesta y anunciándome una visita a Venezuela para conocernos. Repito: Gabo era parte del círculo íntimo de Fidel y para la época los cubanos estaban en guerra contra el MAS, sobre el cual lanzaban los dicterios clásicos, desde trotskistas hasta agentes de la CIA. Gabo, sin embargo, quería conocer al tipo de quien Brezhnev, en su Informe al XXIV Congreso del PCUS había dicho que era “enemigo del comunismo”. Lo mismo decían los cubanos, aunque por razones distintas. Pero no fueron unas líneas de cortesía. Gabo, en efecto, vino a Caracas, nos presentó Miguel Otero Silva y a los días Gabo declaró en la prensa que era “militante internacional del MAS”. Al año siguiente, Gabo ganó el “Rómulo Gallegos” y donó públicamente los 100 mil dólares del premio al MAS. No era una pendejada ese gesto, ni por su significación política ni por la bola de plata que nos dio. Con ella hicimos un diario. No se que le habría dicho Fidel ni lo que él le respondió. Tampoco se lo he preguntado (y mire que le he preguntado y me ha dicho vainas sobre su relación con Fidel), porque se que le gusta poco o siente que no puede o no debe hablar de esta cuestión. Recuérdese la lacónica respuesta que dio a los ataques bastante feroces de Susan Sontag al respecto. Por lo vientos que soplan esos secretos se los llevará Gabo a la tumba porque no hay indicios de que vaya a entregarnos el segundo y medular tomo de sus memorias. Esa parte la vivió, pero parece que no para contarla. En todo caso, García Márquez asumió, sin decirlo explícitamente, una clara postura política a favor de una concepción democrática, antidictatorial y antitotalitaria del socialismo, que es lo que encarnaba el MAS entonces y no así la revolución cubana, que para la época ya había vendido su alma al diablo soviético. Además, mantuvimos inalterablemente nuestra amistad, lo cual, dadas las circunstancias, no dejaba de ser un gesto de afirmación de su independencia de espíritu. En 1978 fue un muy activo propagandista de mi candidatura presidencial, por todas partes, sobre todo en Colombia, donde llegó a organizar un acto sensacional de apoyo, con el pretexto de presentar dos de mis libros. Hasta escribió un texto que tituló simplemente “Teodoro”, y del cual, sobra decirlo y, a riesgo de ser cursi, estoy tremendamente orgulloso. Sin embargo, todo esto es irrelevante ante lo que significaba, siendo el confidente de Fidel, su público y abierto soporte al MAS en tiempos en que este era para los cubanos, una verdadera bête noire. En esos cuarenta años, sobre todo en los veinte finales, se gestó también el fenómeno que cristalizó, en 1998, en la abrumadora victoria electoral de Hugo Chávez. Yo sabía que el personaje tenía que llamar la atención de Gabo. Además, Fidel seguramente le había hablado del tipo y Gabo no oculta la especie de fascinación que le produce esa estirpe, tan latinoamericana, de los caudillos --aunque no todos, también es cierto. La verdad es que su galería particular de esos especimenes se agota en Fidel y Torrijos. En todo caso, leí con mucho interés la entrevista que le hizo Gabo a Chávez. ¿El autor de la novela más famosa del siglo XX latinoamericano iba a darle el beneficio de la duda al teniente coronel venezolano? Para mi era particularmente aprensivo el tema, porque si bien el MAS, como casi toda la izquierda, respaldó a Chávez, yo, en solitario, seis meses antes de las elecciones, abandoné el partido que contribuí a fundar, en desacuerdo con esa decisión. Cosas de la intuición. Pero el tema es la intuición de Gabo y no la mía. Porque algo debe haber captado mi amigo, en esas horas a solas con el novel presidente venezolano, que lo hizo ser prudente. La entrevista en cuestión termina planteando una espeluznante alternativa. Se preguntó el Gabo si el compañero de viaje habría de ser un verdadero revolucionario, que guiaría a su pueblo en la lucha por justicia y libertad o sería un déspota militar más, de los tantos que han asolado la región. Gabo mismo se ha ocupado de dar respuesta al dilema que dejó en el aire. Sin embargo, lo ha hecho garciamarquianamente. Jamás ha dicho una sola palabra sobre Chávez en estos diez años. El silencio ha sido su respuesta. Gabo no ha querido, en un decenio, ni siquiera acercarse al sujeto que convertía al país en una especie de socio entrañable de la Cuba de sus tormentos. No dudo que ha rechazado todas las invitaciones imaginables del caudillo militar y probablemente más de una presión habanera. Así son las vainas del Gabo y así despejó aquella opcionalidad abismal con la cual finalizó su entrevista. Renunciando, de paso, a visitar esa Venezuela tan de su afecto, a la cual nunca había dejado de venir periódicamente, plena de amigos y recuerdos. Esa renuncia, que no puede ser sino dolorosa, elimina cualquier duda. Me lo dijo el año pasado, en México, “no quiero que me usen”.blog comments powered by Disqus |
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