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Sección: Arte y Cultura

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Había un país

Luis Beltrán Mago

Domingo, 14 de marzo de 2010

Dedicado a Don Guillermo Morón

Amanecieron huérfanos

los ojos acostumbrados

a ver pasar el aire

fugitivo,

brillar el sol en un país

sin miedos. 

La luz se había escondido

entre la soledad cuando

comenzaba la tormenta

y el odio crecía hiriendo al hombre

en su costado. 

Bastaba ver, mirar, palpar

para sentir como se estremecía 

la sangre

mientras el grito florecía 

dolido,

agrio como llamando a la voz

para que cuente

y diga

cuanto de herido está  el corazón

que clama. 

El cielo ahora es como una guitarra

hueca,

sin trastes y sin

cuerdas.

Un tambor sordo que no

Suena. 

El cielo –el terrestre cielo

que diariamente caminamos-

es como una bóveda

oscura.

Un socavón donde el miedo

se esconde.

Como un zoológico

sin agua. 

Sólo con animales que obedecen

y un capataz que con su fuete

deja surcos sobre la carne

viva

de un pueblo que antes fuera

viril

y ahora se recuesta sobre el pudor

de su hambre.  


¿Quién hizo del hombre

de esta tierra una estatua

callada,

un río sin cauce,

una cárcel adonde envían

su conciencia? 

Había un país con árboles

y lluvia.

Pájaros que saludaban

con un trino

de Paz. 

Ríos que corrían para la siembra

y la luz,

un mar que oleaba fructíferos

celajes. 

Había un país con mujeres

heróicas

que iban con sus hijos

alumbrando sus brazos

y un canto. 

¿Quién hizo de los niños

de esta tierra

disfraces?

¿Quién frustra a los jóvenes

ciegos

convirtiéndolos en títeres

que aplauden las mentiras

del capataz? 

Había un país con espacios

para el beso,

parques para que el amor pudiera

celebrar,

iglesias para orar

y hombres y mujeres formados

para la libertad. 

¿Quién predica la guerra

y hace crecer el odio

en esos ojos turbios de los desadaptados

tarifados? 

¿Quién siembra la muerte

prohijando el dolor

mientras el tiempo

se desgasta

y la bota se afinca? 

Tú como yo sabemos

quien somete y fustiga,

todos sentimos como alza

una espada para imponer

el miedo. 

Tú y yo sabemos quien

corrompe

para que todo pase

y nada pasa. 

Ahora me pregunto:

¿Dónde estará ese pueblo

liberador y humano que antes

sembró vida

y construyó naciones sobre

su propia sangre? 

¿En dónde se encuentra ahora

ese ejército de próceres

y el otro con las banderas

blancas

de la palabra que en función 

de la Ley habló 

de Libertad? 

¿Dónde el civismo rígido

costumbrista y vital? 

Había una vez un país en donde el aire

-trineo de luz, cristal iluminado-

iba llevando la palabra

amor

prendido entre los labios

del niño, de la madre,

del hombre en libertad. 

¿En dónde está ese país?

¿Tendrá que ser de un déspota?

¿Solo de una espada,

de una bota, del odio impulsador

del llanto? 

¿Sólo de un cantinero

ignorante y falaz, cocinero del miedo

y la perversidad? 

Me niego a convivir

en un país de parias,

frustrados y borregos.

Por eso digo mi palabra

y canto himnos la esperanza

y por la vida.

Por eso maldigo sin que la voz

se muera. 

Hoy le hablo al corazón

-al mío y al de todos-

y aspiro a que me escuchen

y como yo protesten. 


Hagan temblar las calles

con el fuego del grito

y con las manos blancas

socaven esta estatua de barro

en donde el déspota predica. 

No quiero como ahora un país,

de brazos silenciosos,

de corderos huidizos,

de insomnes lagartijas 

Quiero un país erecto,

volátil

protestante, con esa dignidad

que abre caminos. 

Aborrezco la sombra.

Amo la luz.

Con ella voy sembrando

semillas,

la palabra amor desterrando

a la muerte.

Ignoro el color de la bota

y pretendo la voz

del capataz,

voy por los senderos

de la libertad

y a todos los invito a dialogar

por la paz. 

A todos los convoco

a caminar con fe, con amor

y a que hagamos con la sangre

una rosa gigante que ilumine

hasta el sol

y muelle para siempre

el filo de la espada. 
 

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