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Ursúa, de William Ospina
Alberto Hernández

Viernes, 19 de junio de 2009

Cincuenta años de vida en estas tierras llenaron mi cabeza de historias. Yo podría contar cada noche del resto de mi vida una historia distinta, y no habré terminado cuando suene la hora de mi muerte.

Largos fueron los seis años que ocuparon a Ospina en este trasiego literario.Sumergido entre papeles, polvos del tiempo, estornudos y sorpresas, el escritor colombiano dio con el perfil de Pedro de Ursúa, un personaje no muy citado por la historia, pero cuya vida está llena de aventuras, tantas que alcanzaron las páginas de una novela de 474 páginas en la que los documentos consultados por el novelista se trasladaron a las hipérboles que los afiebrados conquistadores “vieron” en la selva, en los ríos infestados de extraños animales, en alimañas, en sueños que ya habían tenido suerte en Extremadura y en las islas del mar del sur.

Desde la llegada del Almirante, se desataron todos los demonios: la ambición, el crimen, una locura por alcanzar la puerta de El Dorado, la muerte y el veneno en la sangre por las flechas disparadas desde la sombra de la jungla.



Ursúa formó parte del grupo de hombres que ingresó en el Nuevo Mundo gracias a ese impulso que terminó ahogando en sangre a quienes se enfrentaron a los más poderosos.

“Desde el momento en que Colón vio cruzar por el cielo esos pájaros desconocidos y Rodrigo de Triana gritó bajo la noche esa palabra, aquí toda la tierra es el mapa de una ambición…”. Así lo dice el narrador para rebanar cada espacio donde estos extraños visitantes, arrojados unos, cobardes otros, ingresaron en la virginidad de un continente que no sabía de despojos, ruidos amenazadores e imágenes terribles.

Esta novela es el primer aliento de una trilogía formada por los títulos El país de la canela (acaba de ganar el Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos” 2009) y La serpiente sin ojos. Ursúa inicia una tragedia cuyo mapa es el Nuevo Reino de Granada, diseminado entre unos aguerridos habitantes que enfrentaron la invasión: “Más de una vez lo oí repetir esa lista, como se repite una oración o un cuento de infancia. Allí estaban los urubáes, que cambiaban mujeres por oro; los guazuzúes, que habitaban en lo espeso de los bosques; los nitanes que tejían delicadas telas de algodón ; los cuiscos, que hacían cuencos de arcilla roja con forma humana; los araques del Sinú, que cebaban cerdos salvajes; los péberes, famosos por su oro y por sus esclavos; los tatabes del cerro blanco, que habitaban con sus familias en lo alto de los árboles; los uramas de la sierra de Abibe, que tenían templos en la montaña; los poderosos guacas de largas mantas de colores, gobernador por los hermanos Nutibara y Quinunchú, altos y ausentes con sus diademas de oro y de plumas (…) los belicosos nare, que se enterraban en túmulos y eran los dueños del sol de las profundidades…”. A esos y otros se enfrentaron lo invasores. El miedo, el terror, los ruidos nocturnos, las mordidas de serpientes y de perros rabiosos. Un cuadro que nos recuerda el infierno fue el escenario que -Pedro de Ursúa, Cortés en el norte, así como Almagro y Pizarro, en el sur, azotaron mediante el entramado de la selva endémica. Igual ocurrió con Jiménez de Quesada, Belalcázar y Heredia, víctimas de la ambición, de la desmesura y de una imaginación muchas veces indecorosa.

Los pasos de estos hombres estuvieron precedidos por los Cronistas de Indias, referencias que el autor de Ursúa tomó para elaborar esta obra que nos acerca al Aguirre, Príncipe de la Libertad, de Miguel Otero Silva, y a la película de Werner Herzog, Aguirre, la ira de Dios.

La historia nos revela la muerte de Ursúa de manos de Lope de Aguirre. Fantasmas, el continente los envolvió y los convirtió en piltrafas, en dolientes que sacrificaron hasta a los amigos. Una tragedia donde el trópico, las llanuras y los riscos andinos afinaron el miedo y la incertidumbre.

Diversas imágenes descubren también el mito del hombre blanco todo poderoso: jinete y caballo eran uno solo en la imaginación del aborigen, hasta que “A medida que las tropas invasoras se acercaban, los espías de Tisquesuca tuvieron la fortuna de presenciar cerca de Suesca la muerte de una bestia, lo que les permitió descubrir que caballo y caballero eran criaturas distintas. Tisquesuca, advertido del avance, se retiró en sus andas de oro a Nomocón. Jiménez de Quesada lo persiguió, pero fue atacado por la espalda por seiscientos guerreros que cuidaban la retirada del zipa, y tuvo que dedicarse a repelerlos”. La guerra mostraba celajes de asombro: “…en una de aquellas incursiones salió de la batalla cabalgando sobre un potro que parecía un puerco espín porque llevaba casi cuarenta flechas”.

Se trata de una novela en la que invasores e invadidos posibilitan la cultura de un rencor, aún visible en ciertos inventarios que suelen resucitar cada cierto tiempo.

Pedro de Ursúa partió un día del Puerto de Cádiz y arribó a Cartagena para luego pasar a Perú. Su brazo se midió con los de los panches y los muzos. Pero nada de esta hombría fue reconocida. Fue un perseguido del mismo imperio español, como ocurrió con Aguirre. Así, se escondió en Pamplona, pero fue descubierto, y una vez más logró escabullirse. Desde Panamá se embarca al río Amazonas y terminó su vida en “el país de la canela” durante la “rebelión de los marañones”. Aguirre volvió a usar la sangre como trofeo de guerra.

Alberto Hernández

Poeta, narrador y periodista. Egresado del Pedagógico de Maracay, realizó estudios de postgrado en la Universidad Simón Bolívar en Literatura Latinoamericana. Fundador de la revista literaria Umbra, es colaborador de revistas y periódicos nacionales y extranjeros.

uno@eduardocasanova.com

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