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Carta al poeta Rafael Cadenas
Carmen Cristina Wolf

Jueves, 13 de diciembre de 2007

…”Y lo devolvió a los brazos del origen”
Rafael Cadenas, Amante

Bien sabe usted que casi siempre sabemos que no sabemos quienes somos. Llegamos incluso a dudar de si somos o nada más estamos, con todo ese estrépito de la mente que no nos deja quietos. Vivimos también sumergidos en nuestros propios claroscuros, y nos volvemos de pronto un gran enredo. Mas a veces un poema nos lleva a adentrarnos en nuestras sombras y nos encontramos con nuestra silueta.

Leo una vez más su poemario Amante, y me encuentro con la única certeza de que vivimos con el propósito de amar, con la esperanza de alcanzar el amor. Sin amor, nadie quiere vivir. Día y noche, por el amor nos movemos, pensamos, sentimos, escribimos dramas y comedias, somos actores y actrices, ¡hacemos tantas cosas! ¿Será que no somos un yo, un tú, este o aquel, más bien somos Amor?. Casi me resulta evidente: “¿Quién es esta sangre, estos tendones, estos ojos, esta extrañeza, esta antigüedad? / Una fuerza / me tiene / Entonces es ella/ la que puede decir soy, / la que puede llevar un nombre / la que puede usar la palabra yo.”

El conocimiento del amante impele a reconocer que “ni un solo átomo mío es mío”. El encuentro con el amante se produce, “no a modo de visitación / no a modo de promesa / ni a modo de fábula / sino / como firme corporeidad, como ardimiento, como inmediatez”.

No es el éxtasis de los amantes la única vía del encuentro con la totalidad. Recordemos a San Juan de la Cruz: Sin arrimo y con arrimo / sin luz y a oscuras viviendo / todo me voy consumiendo. / Mi alma está desasida / de toda cosa criada / y sobre sí, levantada / y en una sabrosa vida / sólo a su Dios arrimada. La agonía y el éxtasis del fraile Juan florece también de la cercanía con el Amado. Voluptuosa experiencia irreversible, “restaurada inocencia”, florecimiento “en un abismo”, el abismo del ser.

Amigo mío, me siento tentada a aceptar su invitación a: “Vivir en el sabor de ser.”

Y no sabe usted como me siento identificada con esta confesión suya: “Sólo he conocido la libertad por instantes, cuando me volvía de repente cuerpo.” Manera de decir, con prontitud de lenguaje, haber encontrado su propio rostro en el espejo o en el espejismo, o haberse cruzado con un rostro ajeno que lo refleja íntegro y le permite expresarse con absoluta libertad, porque decir cuerpo es decir un todo, es no estar escindido en esas incómodas, a veces enredadas categorías del cuerpo y el alma.

Y sus versos se vuelven míos y de todo aquél que sea tocado por ellos. Sus palabras, querido Rafael, conducen al resplandor, magnífico y terrible, de entregarnos al abrazo del origen:

Y ella lo obligó a la más honda encuesta, A preguntarse qué era en realidad suyo.

Después lo tomó en sus manos Y fue formando su rostro … y lo devolvió a los brazos del origen.

No hay distancia entre el acto y la palabra. Las acciones más nobles y las más ruines, se fraguan primero en la relación que establecen las palabras en nuestra mente. Nunca dejan de estar en conexión. Hemos visualizado una fenomenología del contacto que jamás podríamos aprehender si carecemos de la conciencia de la indisolubilidad entre lenguaje y hechos, entre solidaridad de palabra y solidaridad de sentimientos, entre sincronicidad de hablas y simultaneidad de actos.

Me encanta constatar que en la simple o complicada solidaridad que establecen las palabras en nuestras cabezas, conformando una ética, una estética, una costumbre o cualquier cosa, se crea la silueta inicial nosotros mismos. Nuestra visión del mundo, sea fragmentaria o comprehensiva, se produce en ese espectáculo oculto de palabras y sentimientos que se escenifica no sabemos en qué parte de nuestro ser.

Las distintas maneras de aproximarnos a la Totalidad, siempre terminan por traducirse en palabras. A la letra tiene que acudirse hasta para conformar el sonido del llanto o de la risa. Nadie puede zafarse de esa ilación. Todo cuanto pensamos, decimos y hacemos, todo cuanto deseamos transcurre en la sintaxis, se desarrolla en ese teatro íntimo del entrelazarse unas frases con las otras.

Sencilla o compleja, esa condición amiga de las palabras enciende el mundo de relaciones entre los seres humanos y las cosas. Pareciera como si el lenguaje fuera autónomo, una fuerza que lo impulsa todo. Funda al mundo, lo critica, abre y cierra sus puertas, lo dignifica o lo envilece.

De la relación que establecen las palabras, los sentimientos, las acciones y el tiempo, depende lo lírico o no, la mueca o no, de las formas de la sociedad. Sabemos que esa relación puede convertirse en una casa de trampas, en una encrucijada de perniciosidades que trafica, en plena letra y en pleno corazón, con la desesperanza. Si no aprendemos a vivir la relación de manera oficiante, bien sea disidente o armoniosa, pero siempre testimonial y apasionada, se nos convierte en una tiranía.

Tiranía de los sentidos y significados establecidos, tiranía de los valores instituídos por la norma, tiranía de los antivalores que quieren sustituir a los valores.

Cuando uno siente que la vida es sagrada en todas sus manifestaciones, por darle un nombre que nos otorga la dimensión de todo lo que no es negociable, cuando tenemos la impresión de caminar por la tierra como si fuera el templo de la Madre de Todo, pareciera que es imposible caer en la mezquindad. ¿Cómo podríamos dañar el recinto de nuestra Madre? ***

Ahora salto a otro tema. “Un día danzo en la luz y otro en la sombra”, escribe Miguel Serrano en “Las visitas de la Reina de Saba”. La luz y la sombra que vemos afuera, están igualmente dentro de nosotros. Los diferentes ritmos de las cosas son la urdimbre, entreverada con la trama de millones de instantes en movimiento. El lenguaje también está inmerso en el ritmo: sonido-silencio, sonido-silencio, y así.

Si hacemos caso a nuestro ritmo vital , al del cuerpo y al del espíritu, (esta dicotomia, totalmente anacrónica, es muy ilustrativa), probablemente estaremos en paz.

Así como su presencia es un misterio, me refiero a usted, Rafael, un siempre preguntarse, ¿Qué estará pensando el poeta?, vivo inmersa en el misterio y por eso la vida se me hace tan interesante. No sé tú, como dice la canción de Manzanero, pero a mí me sucede con frecuencia que me siento como si el ambiente en el cual me muevo, fuese un mar habitado por toda clase de cosas extraordinarias. Hasta una cafetera italiana es algo estupendo, incluso una taza o un caballito de madera es algo sin igual. Diga usted si no. Ante los objetos más corrientes, ante los sucesos más cotidianos, algo le ocurre al espíritu, algo más allá del pensar, el alma está suspendida. Se va y se queda, levita en un gozo pequeñísimo en el instante de la extrañeza.

Nada sucede misterioso o fantástico, es en lo “natural” donde ocurre la extrañeza. En esa soledad de lo entrañable surge el impulso de atrapar lo que me toca y huye y se escapa en su roce con alguna revelación. Sobreviene el instante de la extrañeza, En un solo instante las cosas inquietan su apariencia familiar, todo se transforma y uno no sabe si está aquí o allá, y en ese estado surge la extrañeza interrogante, encallando en lo que es la sustancia de lo que, en nosotros, interroga, latiendo en el fondo del devenir. Es la solubilidad completa en la otredad en el juego abierto (a veces cerrado) de la alteridad.

Un sentido y cordial saludo, amigo mío, ¡sursum corda!,

 
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