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Caos y Biblioteca
Carlos Yusti

Martes, 22 de abril de 2008

“Una biblioteca no es sólo un lugar de orden y de caos; es también el reino del azar. Los libros, aun después de tener asignado un estante y un número, conservan una movilidad propia. Abandonados a sus propios recursos, se reúnen formando agrupaciones inesperadas obedeciendo a reglas secretas de similitud, genealogías nunca registradas o intereses y temas comunes.”
Alberto Mengual

Nunca tuve la aviesa intención de crear una biblioteca. Descuidado como soy y un tanto perezoso reconozco que el orden no es mi fuerte. La creación de una biblioteca personal participa de un razonado azar, de una metódica disposición de intereses lectores sujetos a las leyes de la improvisación como por ejemplo el encuentro de un libro en una barata de paso, el regalo de un libro que no se esperaba, la compra obligatoria de un libro por moda o por algún interés académico, etc. Quizá por esa razón Alberto Mengual escribe: “Hay bibliotecas que deben su creación a una afectación del gusto, o a regalos o encuentros casuales. En el desierto de Adrar, en la Mauritania central, las ciudades-oasis de Chinguetti y Ouadane albergan todavía docenas de antiguas bibliotecas cuya ordenación, cuya existencia incluso, se debe al azaroso paso de caravanas que transportaban especias, peregrinos, sal y libros.”

Existen diferencias sustanciales en lo que se podría llamar bibliotecas oficiales, por lo general grandes y variadas, y esas “humildes” bibliotecas personales que se va formando con mucho esfuerzo y con un criterio en la que muchas veces priva el costo del libro que las necesidades lectoras de sus dueños.

Las bibliotecas personales son producto de esos lectores que poco a poco van acumulando libros sin un idea preconcebida. La personalidad del lector tiene que ver mucho con el contenido de las bibliotecas personales. Se puede hablar de lectores polivalentes, leen de todo sin discriminar nada, lectores seriales, reúnen libros en función de un autor o un tema, lectores de colecciones, adquieren libros para exhibirlos en colecciones perfectamente simétricas, lectores bibliófilos, viven a la caza de incunables y libros raros, lectores sexuales, prefieren libros con buen contenido sexual, lectores de autoayuda, ven los libros como objetos a los que se les puede sacar un beneficio práctico, lectores mágicos, amantes de las hadas, los elfos, los magos y los ogros, lectores metafóricos, lectores en exclusiva de poesía, lectores de acción, fascinados por la aventura y la acción, lectores animal político, su interés son libros con temas políticos, lector filósofo, sin una filosofía que lo sustente no le pierde pisada a Sócrates y compañía, y así ad infinítum.

Borges tuvo a bien imaginarse el universo como una biblioteca: “El universo (que otros llaman la Biblioteca) se componte de un número indefinido, y tal vez infinito, de galerías hexagonales, con vastos pozos de ventilación en el medio, cercados por barandas bajísimas. Desde cualquier hexágono se ven los pisos inferiores y superiores: interminablemente. La distribución de las galerías es invariable. Veinte anaqueles, a cinco largos anaqueles por lado, cubren todos los lados menos dos; su altura, que es la de los pisos, excede apenas la de un bibliotecario normal." Heráclito por su parte postulaba que “Tal como un revoltijo de desperdicios arrojados al azar es el orden más hermoso, así también el Universo”. La palabra empleada por Héraclito es Cosmos, que buscaba designar la armonía y la equilibrada organización de los planetas y las estrellas. Los primos libros y documentos que estudiaron el Cosmos fueron a parar a la biblioteca de Alejandría.

El primer encargado de catalogar la primera gran biblioteca fue Calímaco. Este poeta, militar y pintor ordenó los textos por materias. Como era lógico la biblioteca no tenía libros con el aspecto que los conocemos hoy y eran más bien rollos y pergaminos a los que denominaban volúmenes y hojas sueltas agrupadas a la que se llamaba tomos. Después la Biblioteca fue arrasada por las llamas y los pocos volúmenes y tomos que se salvaron del incendió le permitió a la civilización medieval reestructurar la cultura de los libros. En la Edad Media se creó la Universidad y en los monasterios, inigualables templos de la escritura, se fueron creado bibliotecas, aparte de dedicar tiempo al minucioso trabajo de copista para darle un nuevo chance a la civilización.

La evolución del libro estuvo estrechamente ligada con la evolución de la escritura. La invención de la Imprenta sería el punto crucial para que el libro se convirtiera en ese objeto decantado y práctico del que disfrutamos hoy. Aldo Manuzio fue el primero en imprimir (1501) a Virgilio en un formato fácil de llevar en un bolsillo. Desde entonces la evolución del libro no ha cesado así como la proliferación de ese orden supremo que se llama Biblioteca.

En la casa familiar no había libros de ninguna especie, si acaso periódicos y revistas con chismes de farándula. Mi infancia no fue para nada libresca y mi encuentro con los libros de la gran literatura ocurrió ya en mi etapa adolescente. De eso hace ya hace tiempo y ahora descubro que la lectura es un pormenorizado recorrido por el caos (muchas veces se leen libros sin reparar en autores ni temas), por ese mar inquietante de las palabras escritas del otro lado de espejo. Escribir ha sido un poco la ordenación en frases y párrafos de ese viaje lector. Escribir es llegar a puerto, arribar a Ítaca (los versos de Kavafis son más que explícitos: Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca:/llegar allí, he aquí tu destino./Mas no hagas con prisas tu camino;/mejor será que dure muchos años,/y que llegues, ya viejo, a la pequeña isla,/rico de cuanto habrás ganado en el camino./No has de esperar que Ítaca te enriquezca:/Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.) con un buen número de historias acumuladas en los huesos del alma y con esa predisposición de contar el viaje y exagerarlo a conveniencia. Escribir es hacer una pausa, para retomar de nuevo la aventura de otro libro y el ciclo comienza de otra vez.

En este reiniciar del ciclo los libros no dejan de llegar, perderse, pasar a otras manos o de traspapelarse con el polvo y las telarañas del olvido; de buscar su espacio a regañadientes en la estantería. Lo libros leídos (y aquellos que nos hemos sido capaces de leer) le dan paso a los nuevos títulos. Hay una reorganización de la biblioteca, un nuevo sismo de ordenamiento y aunque se acumulen tomos aquí y allá hay un orden aleatorio que responde a un ese impulso ordenado de la pasión lectora. No obstante sobre orden, azar, caos y bibliotecas lo escrito por Pedro Téllez es una suerte música precisa: “Una enemistad secreta envuelve a bosques y bibliotecas: incompatibles los bosques son desorganizados, el “azar” les conforma o leyes desconocidas a las que llamamos azar. Inherente a ellos el peligro y el acecho: la sombra. La biblioteca está iluminada para mejor leer, sus libros en orden, clasificados decimalmente. En la claridad meridiana de sus estantes predomina la línea recta”.

 
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