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Venezuela después de la Independencia El Paraiso Desperdiciado:Astrea se pasea cantandito por Venezuela Eduardo Casanova Domingo, 11 de octubre de 2009
El cuadro que pinta Páez en sus memorias, cuando habla de 1839, es idílico. Todo estaba bien, “La alegría y bienestar reinaban en todos los ángulos de la República; los extraños nos admiraban, y Venezuela fué considerada como la excepción de los pueblos de la América del Sur. Las garantías de los ciudadanos, su seguridad y derechos, se vieron escrupulosamente respetados. En una palabra, Astrea había bajado á establecer su reino en Venezuela.” Sólo le falta la musiquita.
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Y uno se pregunta: ¿Qué se hizo Astrea? (Diosa de la Justicia, hija de Zeus y de Temis, es decir, del dios mayor y de la diosa de las leyes, las costumbres y el orden divino). La verdad era otra: la república no levantaba cabeza. Había quedado destrozada y agotada después de la terrible Guerra de Independencia, y se había entregado, lánguida, a aquel caudillo que tenía la fuerza. Pocos fueron los focos de resistencia en su contra, pero existían, estaban allí, preparándose para echársele encima. Es cierto que todo parecía marchar muy bien. El país salía del trauma espantoso de la guerra y quería paz a todo trance. Y quien quiere paz, quiere prosperidad. Fue en esos días cuando el escocés William Ackers, que actuaba como cónsul de Dinamarca en Caracas, asociado con Leandro Miranda, el hijo mayor de Francisco de Miranda, fundó el Banco Colonial Británico, que apenas duró un suspiro de monja. Desapareció del todo cuando los Monagas acabaron con la economía venezolana con decisiones desastrosas, que revelaban a las claras que el país en realidad iba muy mal. Es posible que, como lo dice en su floripondiada prosa Páez, Astrea se haya asomado a ver Venezuela, pero si lo hizo, lo hizo a toda velocidad y huyó espantada. Pero antes de retirarse la diosa, Páez, que aparentemente fue quien la invitó a establecerse aquí, la puso a prueba varias veces. En su primer gobierno expulsó del país al arzobispo de Caracas y los obispos de Guayana y de Mérida porque no quisieron jurar la nueva Constitución. No quiso aplicar las disposiciones del Libertador Simón Bolívar en cuanto a la eliminación definitiva de la esclavitud. ¿Podría, en plena justicia, hablarse de Astrea, es decir, de la misma justicia, en un país en el que se practica el esclavismo como la cosa más normal del mundo? Páez, durante su segundo gobierno, acentuó la práctica de dejar la administración en manos de segundos, Andrés Narvarte y Santos Michelena, mientras él se pasaba el tiempo en sus latifundios de los Llanos o sus tierras de los Valles de Aragua o su casa de Maracay. Al encargar del poder al Vicepresidente imitaba a Bolívar en sus mejores tiempos, sólo que el Libertador lo practicaba para ir a hacer la guerra en contra de los realistas o a organizar otros territorios mientras que Páez se dedicaba a cantar dúos y disfrutar el tiempo junto a su barragana y su grupo de adulantes. El país quería y necesitaba prosperar. Era el que más había sufrido la terrible guerra y estaba literalmente traumatizado por todo lo que había sufrido. Rechazaba los brotes de brutalidad que como incendios espontáneos aparecían por todos lados. La república, agotada por tantos años de guerra, que aunque justa cobró demasiado por su presencia, rechazaba la violencia. La conducción económica del país, en manos de Diego Bautista Urbaneja, Guillermo Smith y Santos Michelena fue acertada. Eran honestos, lo cual ya era en sí una proeza. No sólo solucionaron con inteligencia el problema de la distribución de la deuda externa y pública de la Gran Colombia, sino alentaron el comercio exterior y las buenas relaciones con Estados Unidos y algunos países de Europa. En general, a pesar de que el grupo era considerado conservador, su política económica tenía mucho de liberal. La promulgación de códigos modernos, la amnistía total en materia política, la abolición de la pena de muerte, la inversión en vías de comunicación, los incentivos a la inmigración y la reducción y control del gasto público, aun cuando no puedan atribuirse directamente a Páez, demuestran que sus gobiernos tuvieron una conducción correcta. En lo personal, también es cierto que se ganó el derecho a ser llamado “el más rico propietario del país, el de más pingües y seguras rentas”, aun cuando todo el mundo sabía, y él mismo lo proclamaba en sus Memorias, que nació paupérrimo y dedicó su vida a la milicia. Quizás por lavarse la conciencia, inició la deificación de Bolívar al disponer el traslado de sus restos a Caracas. El Catire Páez ordenó que se le rindieran honores como a nadie se le habían rendido nunca. El 17 de diciembre de 1842, doce años después de su muerte, su cuerpo regresó al mismo templo en donde se le confirmó el título de Libertador. Las campanas doblaron mientras la gente lloraba en la calle. Allí estaban, de luto, las hermanas del héroe y casi todos los notables de Caracas. Muchos de ellos, como el propio Páez, se habían portado muy mal con él en el peor de los momentos, cuando las campanas celebraron su defenestración. Las mismas campanas de San Francisco que habían repicado en el año trece, y que después quedaron silentes, para siempre. El silencio doloroso y el real arrepentimiento de todos ellos era el mejor homenaje a la grandeza del difunto.
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