Escribe el padre Ugalde sobre el poder, sobre el misterio de su iniquidad (“El comienzo del fin”, El Universal, 6-3-04). De cómo seguimos aprendiendo y sorprendiéndonos del poder en libros sobre Hitler o Napoleón, la Revolución Francesa o la historia de Venezuela. Quiero ver aquí el asunto desde otra perspectiva.
Me he preguntado hasta dónde el poder es un demonio: algo que demoniza a alguien, algo digno de ser demonizado. O si tiene una función más modesta –pero más profunda- respecto al alma humana. Una función, simplemente, de movilizar -eso sí, con fuerza de excepción- lo que ya estaba en la persona y aún no se manifestaba. Yo lo llamaba “catalizador”, pero un amigo científico me dijo que la función que le describía era más bien la del tornasol. Aquel papelito azul del laboratorio de química de bachillerato ¿recuerdan? que nos permitía detectar la acidez. En su contacto, la materia enrojecía, mostrando su naturaleza. El poder, como el tornasol, es un revelador.
Hay pruebas del poder que se dan como pruebas en la edad. Jóvenes que hasta sus treinta y tantos años eran anuncio de variadas bondades se convierten en pequeños monstruos al recibir sus primeros cargos de mando. Suele darse en los 30 y antes de los 40, (después es más difícil, pero no imposible). Con frecuencia es irreversible, y con tendencia a imparable.
Pero el poder no sólo destruye o sojuzga, también sirve para construir y dar felicidad. Quien le otorga el valor y el sentido es el humano que lo utiliza. El poder –revelador excepcional- saca y moviliza así lo mejor o lo peor de la persona: y eso hasta entonces más privado, y a veces desconocido para sí mismo, se expone y se multiplica, pues el tener poder implica acción sobre los demás. Tal vez esté siendo urgente leer con atención otra parte de la historia del mundo, la de tantos seres que han usado su fragmento de poder para mejorar la vida de los otros, para respetar o para salvar. Tan historia es como la otra, aunque venda más libros el poder como iniquidad.
Si el poder es sólo un activador, entonces tanto la fuente de lo perverso como la de la generosidad han de estar en otra parte, en eso que ha sido activado: la índole de la persona, su entraña, su natural. ¿En qué consiste, cómo es su consistencia? Asunto difícil que ni las religiones, la psicología o la filosofía aclaran, y menos la política, involucrada desde dentro.
En esa espesa dimensión se cocina otra nuez de este asunto: ¿para qué se quiere, se tiene, se usa del poder? Confucio dijo: “Las personas innobles no son aptas para cargos de autoridad, porque se preocupan de obtener algo; y después se preocupan por su posible pérdida. Mientras se preocupan de perder algo, es imposible saber lo que pueden hacer”.
Hay preguntas preventivas: ¿qué medidas tomar antes que alguien adquiera poder real? ¿cómo prever qué valor va a dar a su responsabilidad, qué talla a su jerarquía, qué orientación a su trayectoria, para qué utilizará realmente su poder temporal? ¿desde qué sabiduría elige, cada vez, el pueblo a sus líderes? ¿cómo adquirir este saber? Hay que perfeccionar los modos de detección –y detención- previa, desde la elemental intuición hasta el conocimiento de la historia, pasando por la asistencia masiva a votar, y esto antes de que las pruebas del poder actúen, revelando y diseminando naturalezas nefastas.
A estas alturas parece estar de más preguntarse cuál es la índole de los espíritus autoritarios que hoy nos gobiernan, si su verdadera consistencia es el altruismo patriota que proclaman o el resentimiento avasallante que evidencian. Pero no está de más la pregunta: ¿Qué eran, antes de la prueba del poder? ¿Qué serán, después?