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Sección: Arte y Cultura

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La Esgrima de "Edmundo Font"

Milenium

Edmundo Font

Jueves, 20 de agosto de 2009

"Consideraba que si vivimos en un mundo en el que la mujer, los inmigrantes y los pobres no tienen el mismo valor que sus conciudadanos, es que este mundo es malo", al respecto del escritor Larson, en opinión de otro connotado periodista amigo suyo, el Kurdo Baksi.

De informado sí presumo, pero con ánimos de compartir las sorpresas que nos da la literatura. Suelo consultar periódicos en varias lenguas, bendiciendo a los dioses por haberme dado la oportunidad de manejar idiomas fascinantes, casi todos latinos. El fenómeno de Babel me persigue cotidianamente, considero que es uno de los casos donde el castigo divino derivó en benigno. Así, acudo a suplementos y páginas donde se reseñan las novedades, la basura y la excelencia, los desdeñables best seller y aquellos libros que por pereza no disfrutan los lectores “light” o de plano, los que algunos llaman analfabetos funcionales. Del libro del que hablaré no sabía nada y su portada me ahuyentó en un principio; su triste diseño ni siquiera me animaba a leer la información contenida en las solapas. Pensé que se trataba de una serie más de vampiros, tan lejana de la portentosa obra maestra de Bram Stoker, pero cuya fórmula sigue lucrando con el universo misterioso del célebre conde rumano y sorprendiendo a jóvenes incautos. Esos mismos adolescentes que piensan que Luis Miguel es el autor de los boleros clásicos compuestos antes de que el mismo naciera.

Confieso que en las librerías pasaba de largo ante ese primer volumen titulado “Los hombres que no amaban a las mujeres” (Al que acabé comprando le dibujé otra portada y se la pegué encima). La zaga acabaría revelándose muy apetitosa, como si se tratara de un sofisticado menú “gastronómico", al que le faltaba el segundo plato y el postre, es decir, el segundo libro (“La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina”) y el tercer volumen.

El “hambre” de lectura de esta serie se asemeja a la provocada por los folletines de Balzac, en su época –todas las proporciones guardadas con el calibre del francés y de su tiempo dorado sin televisores-. Una vez devoradas las primera 600 páginas, la abstinencia del segundo tomo fue tal que tuve que conseguirlo en lengua portuguesa y así lo consumí, en menos una semana, inoculado por el virus de Stieg Larson, como se llamó el malogrado autor que no logró ver publicada su famosa trilogía “Millenium”. Es una pena el desenlace trágico de quien se entregó completamente a cumplir el sueño de volverse escritor, y lo que son las paradojas, no vería jamás como ha llegado a convertirse en un fenómeno editorial en 40 países.

Como si se tratara de uno más de sus desafortunados personajes, Larson cayó fulminado por un rayo de tres cajetillas diarias de cigarros e incontables tazas de expresso con que paliaba las fatigas de sus madrugadas de novelista en ciernes, mismas que mantuvo en secreto, como si se tratara de un vicio vergonzante. El secreto radica en que Larson, antes y durante su buceo profundo en la aventura de la ficción, practicaba el periodismo de investigación, tocando temas peligrosos y delicados, como los bajos mundos del contubernio ideológico neonazi con los aparentemente impolutos ambientes financieros de Suecia. Aunque viéndolo bien, sus tareas profesionales al denunciar a la extrema derecha de su país, maquillada con el rimel del fascismo, le permitieron confeccionar el tejido socioeconómico de sus escenarios más descarnados.

Nunca antes un autor contemporáneo del género policiaco me había despertado tanta expectativa. Hay algo de masoquismo en la procura de crímenes y asesinatos, cuando bastaría encender la televisión para atiborrarnos de hechos de sangre, y otras fuentes depresivas. No se malentienda. Soy de los que viven atentos al acontecer global. Por deformación profesional no practicaría las finas artes del avestruz. Entonces ¿por qué solazarnos con más atrocidades de las que nos regala la realidad todos los días? Es una buena pregunta; podría responderse diciendo que las novelas llamadas de serie negra se han convertido en algo más que magistrales jugadas de ajedrez para mantenernos alertas. La novela policíaca ha entrado de lleno en la sociología, en la ciencia política, en el periodismo de investigación y en la denuncia más lúcida de los fenómenos humanos -demasiados humanos- de la corrupción, el abuso del poder, el control monopólico, la manipulación de lo que Ortega llamaba las “masas”.

Así las cosas, se imaginarán que la adición a esa literatura salpicada de intrigas inteligentes, con guiños a la realidad y tramas de suspenso bien estructuradas, volvió imperativo que me agenciara el último volumen de la trilogía de Larson, lanzado este junio en España, pero aún sin fecha de aparición en México. Fracasé pidiendo favores a algunos amigos allende el océano y me hice a la idea de que ya llegaría la reedición correspondiente al D.F. La semana pasada aproveché un viaje a la capital para peinar las librerías más importantes, de la Gandhi al Péndulo y de ésta a la del Fondo de Cultura Económica, instalada estupendamente en lo que fue un cine de arquitectura Art Decó. Todo ello sin éxito; además, se guardaba como un secreto la fecha de la aparición del tercer tomo, a estas alturas convertido para mí en una especie del Beaujolais tardío que aguardan los franceses con fruición (Por cierto, una vez viví el desembarco de los primeros barriles en Belleville, en medio de un baile que duró hasta la madrugada).

Los dioses se apiadaron de mí. A base de insistir logré conmover a uno de los dependientes más sensibles del Fondo, cuyo nombre no puedo revelar. Le podría costar la chamba. Mi nuevo amigo reveló que “La reina en el palacio de las corrientes de aire”, el último libro de la trilogía, ya estaba en bodegas, pero sin fecha para su venta. Se imaginarán el trance y la promesa de que ese libro no permanecería en la ciudad ni una hora siquiera; me lo llevaría a la provincia donde vivo, sin presumirlo como trofeo. Un librero con vocación sabe las dificultades que atravesamos los ayunos de alimento literario. Una vez convencido de su obra caritativa, la cosa no fue fácil. Como si fuéramos espías tuvimos que darnos cita cerca de la editorial, en los bajos de un restaurante. El ladrillo de 854 páginas venía cubierto con varias capas de papel, y en una bolsa lacrada. Pagué la acción samaritana por el precio de venta, sin que mediara gratificación alguna.

Un librero es un hombre de honor y a Larson le hubiera gustado conocer la intriga que fue necesaria para obtener el último aliento de su estupenda confabulación narrativa.

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COLUMNISTA:

Edmundo Font


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