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Venezuela durante la Guerra de Independencia
El Paraíso en Llamas:El Infierno desde adentro
Eduardo Casanova

Domingo, 7 de junio de 2009

Venezuela desde 1498 hasta 2008

Para Simón Bolívar la conquista de Guayana significó acercarse al Cielo. Pero al comienzo tuvo que pasar por el Infierno, y no como el Dante, sino como cualquiera de los que el Dante ubicó, con celestial disfrute, en los anillos de los condenados. Y parte importantísima de ese Infierno fue el fusilamiento de Piar.

Manuel Carlos Piar, o Manuel María Francisco Piar, es uno de los personajes más interesantes del todo el proceso de la Independencia de Venezuela y de toda la América española. No era venezolano, y en torno a él se tejieron cien intrigas. Llegó a afirmarse, y hasta Bolívar lo insinuó en la proclama que precedió a su enjuiciamiento, que se decía hijo de un príncipe Borbón que pasó por Caracas y una Jerez de Aristeguieta, pariente del Libertador. O simplemente, que era hijo natural de Soledad Jerez de Aristeguieta, pero en realidad no existió una Jerez de Aristeguieta llamada Soledad. Piar, en verdad era hijo de un canario, Fernando Piar Lottyn, primo hermano del padre de Carlos Soublette, y de una mestiza curazoleña llamada María Isabel Gómez. Nació el 28 de abril de 1774, en la isla de Curazao, y fue bautizado como Manuel María Francisco, pero él prefirió siempre hacerse llamar Manuel Carlos. A los 9 ó 10 años, con su madre, se radicó en La Guaira, en donde la familia Soublette era principal, y desde el comienzo el joven curazoleño se distinguió por su inteligencia. Llegó a hablar, además del español, el holandés, el inglés, el francés, el papiamento, el patois y la lengua de Guinea, de donde provenían muchos esclavos llegados estas latitudes. Y estudiando por su cuenta, pues como “pardo” le era muy difícil hacerlo de otra manera, se convirtió en uno de los hombres más cultos de su tiempo. Y uno de los revolucionarios auténticos de aquellos días. Participó activamente en la Conspiración de Gual y España, en 1797, y por eso debió escaparse de La Guaira. En Curazao combatió contra los ingleses, y en 1807 se integró con bríos a la revolución que se realizó en Haití, que fue cuando se convirtió en marino militar. A raíz de los hechos del 19 de abril de 1810 regresó a Venezuela, en donde se incorporó a la armada en Puerto Cabello. Como comandante de una lancha cañonera sirvió, desde diciembre de 1811, en la fuerza que desde Cumaná intentaría desalojar a los realistas o “godos” de Angostura, y en marzo del año siguiente fue derrotado en la batalla de Sorondo. Caída la primera república, se refugió junto a Mariño, Bermúdez y otros orientales en la isla de Trinidad. Como coronel aparece firmando el Acta de Chacachacare e integrado a la fuerza que bajo el mando de Santiago Mariño entró a Venezuela por Güiria en enero de 1813. Destacado en Maturín defendió la plaza con éxito y denuedo. Derrotó a Monteverde en mayo de 1814, y luego reasumió a su vida de marino, en la que obtuvo una victoria en las aguas comprendidas entre Chuspa y Puerto Francés, cerca de Cabo Codera, entre el Litoral Central y Barlovento. Ascendido a general de brigada tomó parte en distintas acciones en buena parte del territorio venezolano, especialmente en la región oriental. En la sabana de El Salado, frente a Cumaná, fue vencido por José Tomás Boves en octubre de 1814, y emigró hacia Haití. Participó, ascendido a general de división, en la Expedición de Los Cayos. Estuvo entre los que tomaron Carúpano, y el 16 de septiembre derrotó a Francisco Tomás Morales en El Juncal, en lo que fue el prólogo de la brillante campaña que culminó con la toma de Guayana. A comienzos de 1817 sitió la ciudad de Angostura, y el 11 de abril venció al brigadier Miguel de la Torre en San Félix, con lo que aseguró el triunfo de las armas independentistas. Y el 12 de mayo fue ascendido a general en jefe por su actuación en la zona. Pero poco después se cuadró con los participantes del Congreso de Cariaco, que desconocían la autoridad de Simón Bolívar, y empezó su caída en picada. Bolívar ordenó que se le separara del mando y Piar pidió su retiro, que le fue acordado el 30 de junio de 1817. En lugar de irse a Curazao o a Trinidad o a cualquier otra parte, el ahora general retirado optó por quedarse en Guayana y dedicarse a buscar adeptos para una extraña causa: quería quitar del mando a los mantuanos, a los blancos en general, y en especial a Simón Bolívar. Eso le costó la vida. Bolívar reaccionó vivamente y ordenó su captura y enjuiciamiento. Piar intentó escapar, pero fue hecho preso en Aragua de Maturín el 30 de septiembre (de 1817), por Manuel Cedeño, que lo llevó de vuelta a Angostura. Allí se enfrentó a un Consejo de guerra presidido por el almirante Luis Brión, curazoleño como él, y formado además por Pedro León Torres, José Antonio Anzoátegui, José Ucrós, José María Carreño, Judas Tadeo Piñango y Francisco Conde. Actuó como fiscal Carlos Soublette, que era su primo, y como defensor un mantuano por los siete costados, Fernando Galindo. No hubo sorpresa alguna durante el juicio. Varios testigos declararon que el acusado los había invitado a participar en un movimiento para eliminar a los blancos. Para Bolívar, que tanto había luchado para convertir la contienda en guerra entre naciones, para lograr que dejara de ser guerra civil y, muy especialmente que dejara de ser “guerra de colores”, aquello era un crimen imperdonable. Mientras fue “guerra de colores” los independentistas tuvieron todas las de perder. Especialmente los llaneros fueron claramente partidarios del Rey, como enemigos de los blancos y los mantuanos. La muerte del Taita Boves permitió que un verdadero llanero, lleno de mañas y habilidades, José Antonio Páez, se convirtiera en el nuevo Taita, pero un Taita que luchaba contra los godos, que ahora se convirtieron en el objetivo, en el enemigo, de la mayoría de los llaneros. Retroceder a aquello de que los blancos eran los enemigos de los pardos y los negros era arriesgarse a perder todo lo que se había ganado desde que la presencia de Morillo y sus veteranos españoles llegaron a las costas venezolanas y convirtieron el enfrentamiento en guerra entre España y Colombia, en la que había una auténtica nacionalidad que defender y un territorio que preservar de la presencia extranjeros en pie de guerra. Eso fue lo que finalmente privó en el ánimo de los integrantes del Consejo de guerra, que condenó a Piar a muerte el 15 de octubre de 1817. Bolívar firmó la sentencia a muerte, sin degradación, y se cumplió al día siguiente en el muro occidental de la Catedral de Angostura.

Piar, al enterarse por boca de su defensor de que lo habían condenado a muerte y de que iba a ser ejecutado, perdió por completo la compostura, quebró el monóculo que llevaba colgado al cuello y se tiró al piso a llorar como un niño. Había supuesto que sus compañeros de armas no lo condenarían, y que, en caso contrario, conmutarían la pena y le perdonarían la vida.

Dice que Bolívar, al presenciar el fusilamiento, inmediatamente después de los disparos, dijo: “He derramado mi sangre”. Y que luego, mientras pasaba el cortejo fúnebre, dijo: “Adiós, amigo”. Es muy factible que haya sido sincero en ambos casos: Piar no era nada popular entre su propia gente; lo consideraban arrogante y lo tenían por extranjero, de modo que Bolívar no tenía necesidad alguna de hacer públicos aquellos sentimientos.

Bolívar había tenido que descender al Infierno para prepararse a visitar, ahora sí como Dante, el Cielo.

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