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La mujer en la obra de Paniker Enrique Viloria Vera Viernes, 25 de enero de 2008
Para que no quede duda de la importancia que Pániker le otorga a la mujer en abstracto, a sus mujeres en concreto, el autor cita con precisión un pensamiento de la escritora francesa Simone de Beauvoir: “la mujer es lo otro”, y, a su usanza, la desarrolla y complementa. “Pero Simone de Beauvoir se quedaba a mitad del camino: porque lo otro es también es lo uno. Y ésta es la gracia, la aventura, lo otro es también lo uno.”
Pániker realiza, en su existencia, una doble re – ligación, una con su Dios cómplice en novísima y personal alianza, y la otra con la mujer, más que complemento, que co – existencia, la declara otro yo propio que nos hacer más uno. Su obra está repleta de mujeres plurales: abuela, madre, hermanas, esposa, amantes ocasionales, compañera inseparable, hijas, amigas y hasta enemigas pasajeras, que desde las complejas y diversas perspectivas de lo femenino han tenido y tienen una particular influencia cuando de vivir se trata. Nuestro escritor apuesta por la mujer, el proletariado verdadero del Siglo XX, al decir del filosofo francés Emmanuel Mounier. Desechando los simplistas y manidos lances fashion, nuestro escritor toma radical partido contra ese feminismo primario de bisutería intelectual que concibe a los géneros como rivales irreconciliables. Superando las conocidas e indudables nociones de complemento e integración entre el hombre y la mujer entre ellos y no en ellos mismos, Pániker reclama. “que más allá de las caricaturas parciales del feminismo de la primera generación, se vaya cobrando conciencia de todas las genealogías subterráneas – las que van desde el culto a la diosa hasta los mencionados salones literarios - ; uno espera, y cree, que la feminidad se alce con todos sus arquetipos Nada de imitar al hombre, al contrario: que se neutralice la cultura abstracta y agresiva de la pura virilidad. Uno defiende la complementariedad de anima / animus, yin / yang, en cada ser humano. Lo femenino en el hombre: Lo masculino en la mujer. En todo caso, es hora de neutralizar el predominio masculino. Puestos a inventar primacías, habría que decir, más bien, que la hembra es previa al macho (…) En fin. Uno trata de recuperar los arquetipos de la diosa como paso previo para el advenimiento de una cultura andrógina y equilibrada. Insisto: uno es a la vez macho y hembra.” (Las negritas son nuestras) Acerquémonos sin prudencias al sincero y genuino desparpajo del que Pániker hace uso en sus dietarios - “mi diario es un lugar para no hacer trampas, una especie de laboratorio cognitivo para obviar lo obvio ‘e ir más lejos’ (…) En el diario uno se abandona a veces a una cierta sincopada, no forzosamente coherente, con el ánimo de localizar lo que uno realmente siente.” - con el fin de conocer mejor, de propia tinta, ¿verde todavía?, a las mujeres que han ejercido una particular influencia en el escritor y se han permitido, además, y con merecido mérito en todos los casos, ser co – protagonistas de una singular existencia que “a cada momento diseña el futuro a la vez que reinventa el pasado.” • Bulita, la abuela: En sus tempranas y más emotivas reflexiones y recuerdos, nuestro escritor tenía ya muy presente a su abuela, la madre de su madre, una mujer “buena, fina, amable, cariñosa, agradable, generosa, delicada”. Rememora Salvador: “Mi abuela me llevaba exactamente setenta años. No la llamábamos abuela sino abuelita, o más precisamente, Bulita. Fue el ser más afectuoso y menos agresivo que he conocido. Emitía exclusivamente cariño; un cariño suave y milenario, coloquial, integrador, reconfortante (…) la persona que me había enseñado a rezar, en catalán, la que se quedaba conmigo los domingos por la tarde, antes de la guerra, me daba la cena y me llevaba a la cama; la que se entristecía si, al ir al colegio, y cruzar por delante de su cuarto, no entraba a decirle adiós (...) Enfermo de repente y se murió como un pájaro.” • La madre: Evoca nuevamente el escritor: “Mi madre, que no se parecía a Greta Garbo sino más bien a Vita Sakville - West, con algún vislumbre de Virginia Woolf, mi madre, digo, procedía de la paideia burguesa decimonónica, de cuando las familias consideraban que el arte de tocar el piano, el canto, al dibujo, al bordado y el francés eran las mejores cualificaciones de una muchacha que aspirase al matrimonio. Mi madre había cursado tenazmente la carrera de piano (en el Conservatorio de Música del Liceo de Barcelona), y digo tenazmente porque, sin estar particularmente dotada, acabo interpretando muy bien (…) mi madre se casó con el que habría de ser mi padre, que era indio, en contra del consejo de toda su familia: ‘No te cases con ese forastero que enseguida te abandona, le decían. Y no sin fundamento (…) Pero ella decidió seguir su instinto y unir su vida a aquel hombre apuesto de treinta años, recién instalado en España, y que una tarde le dijera: ‘Yo siempre te quereré’ (Lo cual, paradoja de la conjugación perfecta, resultó ser perfectamente exacto.) (…) Ahora bien, si la influencia de mi madre fue definitiva (era una influencia por debajo de la línea de flotación), la de mi padre fue más secundaria, indirecta y como de relleno.” Transcurren los años andariegos y de reajustes del escritor, va y viene, tiene y no tiene hogar, va de oficina en oficina, más mundano se hace, termina 1966 y el 67 le trae como presenta la muerte de su madre:”Veamos. Era una mujer casi definitiva, ya muy estilizada, muy pálida y perpleja. Vivía sola con su ama de llaves, escuchaba música, leía libros de espiritualidad personalista, ponía al día un viejo dietario, más de medio siglo de vida interior reducido a una docena de cuadernos: tenía la letra muy menuda. Había amado hasta la extenuación a sus hijos, y sus hijos eran cuatro, cuatro pájaros de calificación dudosa (…) Era una mujer que rezaba. Rezaba ya de vuelta de las cosas, sin ninguna fe del carbonero (…) Aquella mujer, mi madre, consumió su vida entre la metafísica, la música y sus hijos. A cada uno de los hijos le dedicaba un día a la semana. Mi día era el viernes (…) Hacia el final de su vida, mi madre presentía que se encontraba hacia el final de su vida. Tal vez su conciencia lo censurase, pero el presentimiento afloraba en su rostro y en su ánimo. Esas cosas suceden. Y de pronto, ya digo, la catástrofe (…) La gente automáticamente, comenta: habrá usted sentido mucho la muerte de su madre. Y uno no sabe qué decir. Completamente a solas he llorado con suavidad, con una cierta espontánea pureza (…) Tengo a mi madre totalmente desmitificada, pero sigo pensando que fue una mujer excepcional (…) No hay vuelta de hoja. Asumo totalmente a mi madre, y creo que de ella procede lo más honorable que hay en mí. También lo más vulnerable.” • Mercedes, la hermana: Salvador confiesa que los otros hijos de la feliz pareja Pániker - Alemany, Raimundo, Mercedes y José María, sus hermanos “no son mala gente; son, ya digo, gente normal, es decir, gente que sólo se entera de lo que le conviene, de lo que no pone en peligro el concepto que tienen del mundo y de sí mismos.” Sin embargo, es Mercedes, la hermana, la que saca de sus casillas emocionales a nuestro escritor; Raimundo le desacomoda más las neuronas y menos el afecto. En la más recóndita intimidad de sus memorias, Salvador la describe, la enjuicia y la exilia de sus prioridades existenciales: “Cara larga, ojos de buey, voluntariosa mandíbula, frente alta (como la tenemos todos nosotros), mi hermana Mercedes (en relación con Raimundo) es un caso aparentemente más sencillo, El personaje se atiene a un código más simple. Cuando menos, no disimula su personalidad autoritaria. Es capaz de reír, de ser afectuosa y cálida. Ofrece un cierto aspecto vital y saludable, incluso espontáneo (…) Políglota, inteligente y aplicada, mi hermana Mercedes hubiera hecho un buen papel en una organización dependiente de la UNESCO, o en una compañía multinacional: Cosas así. Siempre bajo la tutela del Aparato. Pero las circunstancias la llevaron a ocuparse de una empresa familiar, donde trató de conciliar el trabajo directivo con una extraña ideología que incluía unas extemporáneas ideas apostólicas mamadas en un colegio de monjas alemanas (…) Hace años que tampoco me trato con ella, y a lo mejor se ha vuelto más sabia y más desencantada, más de vuelta. Quién sabe.” • La chica de los ojos verdes: En sus años felices de juvenil alborozo, Salvador, el adolescente apasionado y soñador, conoció a la que sería luego su legítima esposa y la madre de sus hijos. Concentrémonos por lo pronto en la joven novia y acompañemos a Pániker en sus juveniles impulsos amorosos: “El 1 de octubre de 1947 conocí a la chica de los ojos verdes (…) Sucedió a la salida del cine Windsor (…) Recuerdo que en el vestíbulo del citado cine, un amigo me estaba diciendo: ‘te voy a presentar a la mujer más guapa de Barcelona’, y que yo le contesté. ‘No sé de que me hablas, pero me interesa mucho más lo que estoy viendo’. Lo que estaba viendo, o mejor percibiendo, era un bellísimo rostro de mujer jovencísima, rostro como iluminado, galvanizante, prodigiosos ojos verdes que resistían descaradamente mi mirada. Era literalmente una aparición, un despilfarro de radiaciones intensísimas: energía, naturalidad, vivacidad, hondura, humor, ternura, transparencia. Todo en embrión, a flor de piel, a punto para el tacto la presunta colisión (…) Nunca nadie me ha gustado tanto como aquella aparición del vestíbulo del Windsor. ‘Por fin he encontrado la mujer con quien me voy a casar’, reconstruí más tarde.” • Nuria: “Princesa en el 48, novia en el 51, esposa en el 52, amante y compañera luego. Mi vida no es concebible sin Nuria. Yo no soy lo que sería sin Nuria. (Y, a mi juicio, a viceversa.) Hubo equívoco, tormenta, ineptitud, confrontación, rivalidad; hubo, al principio de ser ‘novios’, una mala acomodación entre sexualidad y cristianismo; hubo mi conflicto neurovegetativo, el que me hacía animal poco propicio al matrimonio – lo cual yo no sabía -. Pero hubo también la otra cara de la moneda, el amor, la colisión. Algo real.” Cualquier otra explicación sobra. |
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