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Sección: Arte y Cultura

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Universidad Central de Venezuela

El Colonicidio como "Discurso Salvaje"

Roldán Esteva-Grillet

Lunes, 12 de octubre de 2009

Existe una cuarta parte del mundo que

descubrió  Amerigo Vespucci y que por esta

razón  podíamos denominar América.

Martthias Ringmann 

Los continentes del mundo Europa, África y Asia son conocidos;

ahora se ha encontrado uno nuevo. No veo el motivo para oponerse,

a que éste sea nombrado como su descubridor Amérigo, un hombre de

gran ingenio;`Amerige´, es decir, tierra de Amérigo, o `América´

  Martín Waldseemuller

Cosmographie introductio, 1507

Tras bambalinas

Siempre se nos dijo que se había cometido una injusticia con Cristóbal Colón, supuesto descubridor de un continente hasta entonces ignorado por los europeos, y por él mismo. No buscaba esto que se encontró, sino llegar a las “Indias” navegando al contrario de lo indicado por la tradición. También se nos dijo que en su tercer viaje en 1498, el 5 de agosto avistó esta Tierra de Gracia  –que no llegó a pisar, encontrándose como se encontraba desde hacía un mes con mal de gota y conjuntivitis sangrante-, y que murió convencido de haber topado con islas cercanas a Cipango (Japón).

La misma España le dio crédito pues la ambición de entonces no era esto sino las Indias; y así, el organismo que decidía todo respecto a nosotros se conocía como Consejo de Indias, radicado en Sevilla. La injusticia cometida por impresores y cartógrafos alemanes contra Colón, ya fallecido éste, al bautizar el nuevo continente como América, como si el descubridor hubiese sido el florentino, no se puede atribuir a mala intención, pues ni siquiera en España la noticia se conocía bien. Lo cierto es que sí fue el florentino el primero en tomar conciencia de que era un Mundo Nuevo, como propuso llamarlo, y así lo divulgó en sus cuatro cartas de viaje. Para peor, un patronímico que terminó identificándonos, sobre todo desde el siglo XVIII, se lo tomó para su exclusivo uso la primera república independiente del norte. Hoy los “americanos” serían sólo los gringos.

Quien por primero trató de reivindicar la primacía de Colón, fue Miranda, seguido por Bolívar, manque les pese a los chavistas recomponedores de la historia. Hubo otros intentos vanos desde la misma España: el Consejo de Castilla en 1520 y también Bartolomé de Las Casas, a quien debemos la única versión conocida del Diario de Colón.

Hasta los restos de Colón han sido trajinados según las circunstancias políticas: enterrados en una capilla del convento de San Francisco de Valladolid (1505-1509), pasan a la catedral de Sevilla (1509), y desde mediados del siglo hasta 1795 se resguardan en la isla de Santo Domingo (hoy República Dominicana), de donde pasan a la catedral de La Habana (1795-1798), para regresar, finalmente a Sevilla. Como se especuló si eran o no eran los restos de Colón, pues supuestamente no se habían mandado los solicitados para preservar en Santo Domingo los verdaderos, en 2006 se examinaron los de Sevilla con estudios de ADN, y se comprobó que  sí lo eran, sólo que correspondían a 15 % del total del esqueleto. Así pues, el pobre Colón como que está repartido entre los deudos.

Ahora que otros vientos corren, manipulando a su antojo las ideas del Precursor y del Libertador, habría que llevar la empresa de borrar toda huella “colonialista” hasta en sus menores resquicios. El ejemplo se está tomando de la culta Europa donde países tan liberales como el Reino Unido han suprimido toda mención al Holocausto judío en las escuelas públicas, por no ofender la sensibilidad de sus conciudadanos de religión islámica. Así se entendería el mensaje del Consejo Venezolano del Indio, para cuyas treinta seis etnias la sola mención de Colón resultaría revulsiva, más si se le rinde culto de héroe siendo como fue un genocida.

Ya en el año 1973, en Tegucigalpa (Honduras), el Comité de Organizaciones Populares e Indígenas (Copin) escenificó el 12 de octubre un juicio contra una efigie de Colón, especialmente pintada, frente al Palacio Legislativo. Cuatro indígenas se encargaron de ejecutar luego la pena máxima y llenaron de flechas, cual nuevo Sebastián, al genocida. El juicio lo encontró culpable de diez delitos: secuestro, robo del patrimonio cultural, violación sexual, invadir los pueblos del continente, trata de esclavos, tortura, asesinato masivo, destrucción e imposición cultural, tráfico de especies y genocidio contra las etnias aborígenes. Ese mismo día y año, en Caracas, una delegación de los buhoneros capitalinos rendía honores al Colón de Giovanni Turini, en El Calvario.

Un cuarto de siglo más tarde, en Venezuela los ruidos anuncian piedras: en 1998, en plena campaña electoral venezolana, el teniente coronel Hugo Chávez Frías, entonces candidato a la Presidencia, reclamaba para los pueblos indígenas la autogestión y la autodeterminación, además consideraba farisaica la celebración de los quinientos años del tercer viaje de Colón. Ya en la presidencia, y reinstalado en el poder luego de vivir cuarenta y ocho horas fuera de él por un extraño movimiento militar que pretendía impedir más represión contra los opositores, en 2002 decreta el 12 de octubre como Día de la Resistencia Indígena. A lo lejos avanzaba la invasión a Afganistán y de inmediato a Irak por Busch, Blair y Aznar,

Luego de varios intentos frustrados, en 2004 el monumento a”Colón en el Golfo Triste” de Rafael de la Cova, en la Plaza Venezuela de Caracas, fue ajusticiado como un Mussolini cualquiera. El año anterior, el alcalde de Puerto La Cruz (Edo. Anzoátegui) se había apresurado a desmontar el Colón que presidía el Paseo homónimo, antes de que fuera víctima del vandalismo político. En 2006, en campaña por la reelección presidencial, un grupo de fanáticos algo borrachos, tumban de su pedestal el busto de Colón obsequiado por la colonia italiana de Mérida en 1892. En 2009, es un organismo oficial, Fundación para el Patrimonio Histórico y Artístico de la Caracas (Fundaapatrimonio) que se encarga de remover el Colón de El Calvario, atendiendo una petición de años atrás del Consejo Venezolano del Indio y la Coordinadora Popular de Caracas, a fin de que no se le siguiera rindiendo culto.

Discurso salvaje

Con este título, mi maestro el filósofo y políglota apureño José Manuel Briceño Guerrero publicó un librito en 1980, donde se propuso formular el discurso no occidental de América, pero sólo en su perfil de encono por Europa, tan propicio a ciertas identificaciones1. En realidad, contraponía dos maneras de ver nuestra historia, política, cultura y sociedad, enfrentadas como los discursos revolucionarios y los democráticos, en el dilema de aceptarse o no como occidentales. Hoy está en marcha el discurso ya no del “buen salvaje” sino del “buen“revolucionario” (tal como lo representara Carlos Rangel en 1976). Nuestro propósito es plantear aquí un simple ejercicio académico entre panfletario y coloquial, de cómo se expresaría ese “discurso salvaje” en el terreno patrimonial en sus extremas pretensiones.

Así pues, no basta con destruir o remover los monumentos artísticos, por muy patrimonio que se hayan declarado; hay que ir hacia otras presencias colindantes, hasta más profanadoras que una plaza, un bulevar o un parque público. Por allí hay una pintura mural en la casa natal, nada menos, de Bolívar, donde Tito Salas rindió tributo al genocida; y en el Fuerte Tiuna, otro cuadro mural del canario Francisco Borges Salas con el mismo cantar de gesta. En ese mismo sacrosanto lugar, donde se forjan las mentes y corazones de los patriotas de esta “revolución pacífica pero armada”, continúa impertérrita la maqueta del monumento a Colón, propuesto por el francés Charles Cordier para ser erigido en Panamá y que, en mala hora, los mexicanos porfiristas erigieron en el Paseo de la Reforma en Ciudad de México. Si allí siguen rindiéndole culto vergonzoso, a pesar del pasado glorioso del pueblo indígena y de los zapatistas de Chiapas, no estamos obligados aquí a tanta humillación.

Pero, si a ver vamos, ¿cómo fue posible que Colón llegara a estas tierras que ningún daño le habían hecho a Europa? ¿Cómo se explica que un simple marino canalizara por su afán de aventura, poder y honores (otra forma de llamar a la ambición vulgar y pura de oro), tanta maldad y reconcomio contra los indígenas que vivían felices y conformes? Colón no podía estar solo en su empresa de alcanzar estas benditas, inocentes, pacíficas y feraces tierras; era portador muy conciente de otras ambiciones que con su “planta insolente” abrieron la historia infame de la destrucción de las culturas nativas. De no haber contando con el apoyo económico de esa reina frívola y católica, Isabel de Castilla, que hasta empeñó sus joyas, y de algunos empresarios aragoneses con buen olfato para los negocios, Colón nunca habría zarpado del Puerto de Palos. Esa Isabel, que tanto montaba como su esposo Fernando, es la verdadera culpable de todo. ¿Cómo entonces, aceptar que el culto ilegítimo hacia Colón, se extienda hacia su flamante financista?

Allá  en la Plaza de la Castellana sigue tan campante una estatua realizada por una tal Marisol Escobar… ¿Qué espera Fundapatrimonio para desaparecer de la vista de los caraqueños tanta ignominia efigiada? Incluso, en Fogade se conserva otra titulada Isabel de España, para más señas, de una supuesta escultora que mientan Ana Ávalos, al parecer, esposa de un magnate de la política.

En México se cuenta una anécdota muy reveladora, atribuida a un conferencista español cuyo nombre se me escapa. Al concluir su disertación, una persona del público le preguntó si no le daba vergüenza venir a América sabiendo lo que sus antepasados habían hecho con los indígenas; a lo cual, el interpelado, ni corto ni perezoso, le espetó como respuesta que él conocía muy bien su genealogía y podía asegurar que ninguno de sus ascendientes había “cruzado el charco”, en tanto que el mexicano que lo increpaba no podría descartar con plena seguridad que alguno de los suyos haya sido un encomendero, pues rasgos indígenas no tenía. Casi como creer que todo alemán, por el pasado antisemítico de su nación, mucho más reciente, es de por si un sanguinario racista. Eso es positivismo puro combinado con lombrosismo tardío, y de paso antihistoricismo.

Tomar a Colón como responsable de la colonización es saltarse a Bartolomé de las Casas y revivir la leyenda negra que él mismo sembró y que tanto impulsaron holandeses, franceses e ingleses, para justificar el derecho de otras potencias al expolio americano. Llevando esta lógica al absurdo, Dios sería el único culpable, por “primer motor”, al haber colocado en el Paraíso (premonición de la Tierra de Gracia) a un Adán y a una Eva con libre albedrío, una cualidad estimada como peligrosa en todo socialismo que se respete.

Por eso estamos como estamos

Culpar a Colón de la desgracia hispanoamericana, es repetir el sofisma aquel de suponer de si los ingleses, holandeses o franceses hubiesen conquistado estas tierras, seríamos hoy países –como se creía en el siglo XIX- del primer mundo, potencias industriales. Y ante el razonamiento en contrario de cómo entender entonces el actual nivel económico de España, asimilable al de otros países europeos, pues que sólo tiene su explicación en que continúa la explotación de indígenas y mestizos que atraen como inmigrantes ilegales;  a lo anterior se suma la plusvalía que sus modernos empresarios –encomenderos solapados de Repsol, Santander, BBVB, Movistar, Zara, etc.- sacan de sus inversiones capitalistas en nuestros países para seguir desangrándonos.

Miserables vampiros, y todo por culpa de Colón que quería llegar a las Indias por oro y especias. Esta vocación victimista sí que resulta lombrosiana. ¡Que alguien venga a salvarnos de nosotros mismos! A menos que Adán se dejara inocular la ambición del poder divino por una serpiente diabólica, cuyo propio origen había sido el grito de batalla de “Non servam”, muy distinto a la vocación victimista hispanoamericana, tan bien estudiada por Carlos Rangel en su famoso libro Del buen salvaje al buen revolucionario (1976).

La acusación es tan infantil como cínica. Lo primero porque recuerda el peor insulto de cuando éramos niños: “acuseta”, o sea, señalar al otro como el culpable de algún desaguisado propio; lo segundo, porque reproduce la viveza del que desea desviar la atención sobre la propia culpabilidad brindando una pista falsa: el ladrón que grita ¡allá va el ladrón! En el fondo, es el temor a asumirnos con nuestros defectos y limitaciones, nuestros errores y complejos, a fin de superarlos. Es más fácil buscar el culpable, mejor si ya existe (Colón) o una entidad triunfadora, etérea y plural, la de aquéllos que son ricos porque nos robaron nuestra riqueza, se quedaron con las ganancias, con el fruto de nuestro trabajo: la oligarquía o, mejor, el Imperio.

En vez de emular al empresario triunfador, aspiramos a la migaja oportuna del papá gobierno que resuelve con “populismo” (la filantropía de los políticos que, al igual que la caridad de tiempos coloniales, sirve para aplacar las malas conciencias),  las graves urgencias sociales y económicas, antes que promover la iniciativa  de la gente y la creación de riqueza. Como “ser rico es malo”, conviene mantenerse pobre, así se cultiva mejor una dependencia de la “ayuda oficial”, muy conveniente para asegurar fidelidades al momento de cualquier elección. Ser rico es malo, sigamos siendo pobres no vaya a ser que nos toque trabajar duro para conservar el status, cuando lo tenemos ya asegurado por las almas buenas de los demagogos, sin mayor esfuerzo de parte nuestra.

El anatema contra Colón, pues, debería extenderse a todas las efigies privadas o públicas, sean pinturas o esculturas (estatuas o relieves) dedicadas a exaltar el “heroísmo” de esos desalmados, sedientos de gloria a costa de la vida de la población nativa. Díganme los fundadores de ciudades que sólo al final de una política de tierra arrasada, con indios empalados si era el caso, podían ejecutar el rito de cortar una rama como gesto de dominio sobre el lugar. En un peladero, con algún río cerca, sólo estaba levantado -y bastaba para esa ciudad imaginaria en el papel-, el temible palo de la justicia, antes de repartir los lotes entre sus huestes, según el arrojo y valentía demostrados en la carnicería. Lo que debe promoverse es que cada región  rescate de su pasado su héroe indígena local, y si no lo tiene que lo pida prestado al vecino.

Los monumentos retirados, no destruidos, deberían constituir la exhibición permanente del futuro Museo del Genocidio, así como los judíos por doquier levantan sus museos del Holocausto.

El legado culposo

Lo más espinoso sería el legado de Bolívar, pues ya su origen mantuano –del que nunca renegó, al contrario, pues lo hizo valer ante las pretensiones del pardonaje capitaneado por Manuel Piar- lo haría sospechoso. Sólo la condición impuesta por el presidente haitiano, Alexandre Petion, al necesario financiamiento para seguir la guerra, lo llevó a decretar la libertad de los esclavos, que ni caso le hicieron sus conmilitones. Claro, los que se ofrecían a pelear sí la obtenían, con lo que se aseguraban una mejor vida o una muerte más rápida. El hecho que se erija un monolito con un busto en relieve al Libertador y una placa dedicada por Juan Vicente Gómez en 1927 en la Puebla de Bolívar (“Bolibar”, Vizcaya, España), de donde proviene el primero de su progenie, deja entrever que no es enteramente nuestro el personaje.

Eso de que sus propios negros lo adoraban es más que falso, pues allá en Jamaica en 1814, uno muy fiel pero sobornable, lo apuñaleó en su hamaca mientras dormía, sólo que era otro el que se había acostado y quedó cosido; y otro fiel servidor reveló a los conjurados del 25 de septiembre de 1828 en Bogotá cómo su amo se les había escapado saltando por el balcón. En tanto que sí conservó consigo al bueno de José Palacios, su mayordomo, de toda su confianza y aprecio, al punto de bailar con él cuando vio en una fiesta que las damas le hacían el fó. Pero, mal podemos tomar eso como una declaración política, fue un desplante muy de su temperamento sentimental. Este negro de Bolívar recuerda algo a aquel indio Tarazona, de fama terrible, que cuidada el acceso a la intimidad del Benemérito Juan Vicente Gómez.

Y con los indígenas, ¿alguna conmiseración tuvo Bolívar? Sin duda, pero fue cuando recorrió los pueblos andinos. Ya en Ecuador al indio Zangurina, genio de todas las artes y de quien recibió un retrato a su paso, hizo que le concedieran una pensión de por vida y lo nombraran director de una escuela de artes y oficios, pues hasta relojero era el hombrecito. Ya no digamos con los inditos de Cusco o de Chuquisaca, o como aquel cultísimo magistrado descendiente del inca Huáscar, José Domingo Choquehuanca quien al paso del Libertador por Pucará le lanzó un discurso donde le profetizaba que su fama crecería como la sombra cuando el sol declina. ¡Qué bello! Estos inditos merecen una constitución especial, con presidente vitalicio, y así se las hizo. Un adelantado del socialismo del siglo XXI, claro que sí. Pero que no le toquen a Colón, en cuyo nombre quiso mantener sujetas las tres repúblicas reacias a un mando común. Bolívar nunca dejó de ser mantuano, leal a su origen de blanco criollo.

Sin duda, es una cuestión engorrosa de dilucidar pues, en el momento más rabioso de la Campaña Admirable, en su Decreto a Muerte de 1813, Bolívar ofrecía perdón a los españoles y canarios siempre y cuando se pasaran al bando patriota. Así ¿quién no?  Era la bolsa o la vida, en buen cristiano. Sin embargo el de la idea original, Antonio Nicolás Briceño, exigía muerte para todos, aún cuando fueran patriotas. Es cierto que Mao no tuvo escrúpulos en aceptar criminales y violadores en su ejército, pero allá todos eran chinos. Entre nosotros el mestizaje ha sido el origen de la gran confusión y el primero en exaltar esa mezcla fue Bolívar con aquello de que no éramos ni chicha ni limonada, pues la misma España tenía mucho de africana, y por ahí se fue en su Carta de Jamaica, de 1816. Pura manipulación del lenguaje, que en eso era fértil, más que Miranda, bastante seco en su expresión pero nada selectivo en sus mujeres y, de paso, las dejaba rasuraditas.

¿No prefirió el futuro Libertador casarse con una blanca de su estirpe, antes que con una negra esclava o una indígena de su hacienda en San Mateo? Por lo menos su padre, el coronel Juan Vicente Bolívar y Ponte, correteaba y cogía inditas para escándalo del cura de la misión, ante quien  llegaban los reclamos y hasta juicio le pusieron. El padre de Bolívar no hacía sino seguir la máxima del poeta del siglo XVI, Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, cuando afirmaba muy orondo: Como dice Aristóteles, y cosa es verdadera, / el hombre por dos cosas trabaja: la primera / por haber mantenencia. La otra cosa era / por haber juntamiento con hembra placentera.

Si bien, ya de cuarenta y siete, tuvo que desposar una tierna blanquita de catorce años, y el esfuerzo fue tal que en menos de tres años la dejó viuda. El hijo fue también mujeriego, pero siempre selectivo. De las mujeres reconocidas, treinta y cinco, ninguna pintaba de negra ni de india. Otro rasgo de Bolívar: usar sus buenas relaciones con españoles del campo contrario (marqués Casas de León) para salvar su propio pellejo, luego de capturar y entregar a Miranda. Todo sea por un salvoconducto. Muy lindo le quedó.

Lo imperdonable de Bolívar es que habiendo podido acabar como un héroe impoluto a sus 39 años –al estilo Ché Guevara- vivió hasta su ruina, no sólo de su físico sino, peor, de su ideario revolucionario. Su última etapa de dictador, desde 1828, devolviendo los conventos suprimidos a la Iglesia, y combatiendo a los universitarios masones bajo la sospecha de ser santanderistas, resulta intragable; aunque sería más comprensible lo de los estudiantes, pues las universidades siempre están criando cuervos que luego le sacan los ojos al poder constituido. ¡Qué falta que le hizo el “gas del bueno”! Aun así, más le habría valido a Bolívar ser ajusticiado por Pedro Carujo y Cía aquel fatídico 25 de septiembre, y librado a la posteridad de la inmisericorde tarea de seleccionar con pinzas actitudes e ideas revolucionarias. Repito: hay que escudriñar mejor el legado de Bolívar.

El hispanismo bolsiclón

Y para que la mesa quede de verdad limpia, habría que bajar de sus pedestales o marcos a todos aquellos venezolanos que para deshonra del gentilicio indígena o afro americano, tuvieron simpatía y admiración por España. Empezando por Andrés Bello, embobado ante el Cid Campeador o Rafael María Baralt, quien prefirió la madre patria para desarrollar su talento en detectar galicismos, lejos de la barbarie nuestra. Ejemplo de esa barbarie sería Ezequiel Zamora con sus huestes degolladoras de cuanto blanco luciera en su casa una biblioteca que revelara su condición de lector y, por tanto, de explotador. La consigna “¡Oligarcas, temblad! ¡Viva la libertad!”, era una versión aggiornata de la arenga caribe “Ana karina rote”, ya puesta en práctica por el cura Miguel Hidalgo cuando excitaba a sus campesinos con el lema “Vamos a matar gachupines”, es decir, la godarria mexicana. La gran degollina fue en la Alhóndiga de Guanajuato.

El supuesto ejecutor del federalismo, en realidad su sepulturero, Antonio Guzmán Blanco, al prometer que acabaría con los “godos de uña en el rabo”, era tan efectista como Bolívar. El tan mentado “Ilustre Americano” siempre prefirió Francia para alejarse de la gentuza o populacho, y encima nos tildó de “comedores de arepa”; claro, él descendía de un españolete y una Blanco, embarazada por su padre Antonio Leocadio Guzmán para obligarla al matrimonio. Si los restos de Guzmán Blanco se llevaran al Panteón Nacional, habría que sacar los de Bolívar, según el escritor Santiago Key-Ayala. Nuestro actual Presidente no hizo caso y se trajo los restos de Guzmán Blanco desde París, en tanto que a los de Bolívar los quiere jurungar con la excusa de verificar si son los de él.

En el siglo XX, un Andrés Eloy Blanco (y sigue el bendito apellido) con su “Canto a España”, no se hace perdonar por “Píntame angelitos negros”, pues la cancioncita la cantaron hasta en alemán. En cambio a Rufino Blanco Fombona se le puede pasar el apellido y el que se haya radicado en España, pues desde allí se inspiró para escribir con el mayor desparpajo y sin pelos en la lengua El Conquistador español del siglo XVI que puso a esos individuos en su lugar. También habría que revisar con lupa la nueva historiografía venezolana que empieza a reconocerle méritos dudosos al período colonial, desde un Caracciolo Parra León, hasta un Arturo Uslar Pietri, sin olvidar a Mario Briceño Iragorry2, Augusto Mijares y Mariano Picón Salas. De esa generación, los únicos consecuentes con la indiada y la negramentazón fueron Miguel Acosta Saignes, Gilberto Antolinez y Ramón Díaz Sánchez.

Bienvenida la hibridización

Saciar una sed de venganza para así olvidar los pecados de omisión de los criollos (léase: nuestros gobiernos) que dejaron o estimularon el avance de la “civilización” contra las comunidades y tierras indígenas, o abandonaron apenas emprendidas, las políticas de asistencia social, económica, educativa y sanitaria decididas en las capitales, ante la presencia incómoda de familias indigentes trashumantes y pedigüeñas; no perseguiría otro propósito, en mi opinión, que la tergiversación de la historia para acallar la mala conciencia.

Fueron más consecuentes los misioneros que se instalaron a vivir con ellos y les trasmitieron formas modernas de convivencia y, sobre todo, la adquisición de otra lengua para defenderse de la explotación de los criollos y entendieran los términos del nuevo contrato social, aunque ello significara el desplazamiento de algunas de las creencias y prácticas ancestrales de la tribu, ya no más aislada e ignorante de la tecnología actual. Dejarlos sin defensa, sin herramientas del nuevo conocimiento requerido para enfrentar los embates de la “civilización”, habría sido injusto. Y si es por las nuevas actitudes, las innovaciones ideológicas, ¿acaso nosotros mismos no nos alejamos de lo que creían y practicaban nuestros abuelos y padres, para poder vivir acorde al mundo actual?

No me parece justo que mientras los antropólogos pueden alcanzar un conocimiento al dedillo de todos los recovecos de la vida indígena, cualquier miembro de esa comunidad, habido el talento y la curiosidad, encuentre impedimentos para acceder al dominio de la ciencia occidental, más si piensa ponerla al servicio de los suyos. Aunque no lleven registro de sus cambios en el pasado y hagan creer a los recién llegados que desde siempre han sido, hablado y pensado igual, los siglos y las distintas experiencias generacionales, van introduciendo mejoras o cambios en la tradición, si bien lentamente, por eso resultan imperceptibles, pues se mantienen durante mucho tiempo.

Pero hay quien desea repetir, en pleno siglo XXI, la experiencia de las “reservas” norteamericanas: en resguardo de su pureza, por su propio bien, no se vayan a contaminar con los vicios occidentales, como si nuestra civilización se hubiese mantenido idéntica a sí misma o si los indígenas ajenos a ella no pudieran discriminar entre lo bueno y lo malo. ¿Paternalismo rancio o temor a las inesperadas hibridizaciones?

Tengo muy presente el rechazo tajante que recibiera el sociólogo argentino-mexicano Néstor García Canclini, de parte del crítico de arte cubano Gerardo Mosquera, en un coloquio promovido por el Instituto Universitario de Estudios Superiores de Artes Pásticas “Armando Reverón”, realizado en el Ateneo de Caracas en 1992. El sociólogo de la cultura resumía una ponencia de una estudiosa estadounidense sobre los modernísimos mecanismos comerciales usados por la etnia de los Huicholes, de la Sierra Madre Occidental de México. Estos indígenas se trasportaban en aviones a Estados Unidos, compartían habitación en hoteles y realizaban sus contactos por computadoras y teléfonos celulares a fin de colocar su mercancía en sitios visibles de venta artesanal. No por ello abandonaban su vistosa vestimenta, su propia lengua y sus propios ritos comunitarios, entre ellos el consumo del peyote para la gran peregrinación desde Nayarit hasta el Real de Minas Catorce, un pueblo fantasma desde tiempos de la Revolución, al norte de San Luis Potosí, donde también veneran a la Virgen de la Purísima Concepción (Guadalupe), y depositan sus exvotos. Habrá que preguntarles a los Huicholes si acaso Colón les ha impedido lograr sus fines.

No quisiera concluir sin unas palabras de Bolívar: “Colón es el creador de nuestro Hemisferio”. Sí, con la no pequeña ayuda de otros europeos trasplantados, indígenas, mestizos, negros, mulatos, criollos, zambos y hasta asiáticos, pues a todos nos pertenece la herencia del pasado, con sus glorias y tragedias, su presente con sus tensiones e incertidumbres, y su futuro con sus sueños y angustias.

Roldan Esteva

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