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Boletín Fotosensible nº 24, ago.-sept. 2008 El ojo no tiene profundidad de campo Rodrigo Benavides Martes, 26 de agosto de 2008
El efecto de recreación de la distancia física en las representaciones bidimensionales -dibujos, pinturas, fotografías, obra gráfica y afines- ha sido tema de profundo interés en las culturas universales. Toda representación visual de cuerpos o elementos reconocibles plantea la necesidad de su ubicación en el espacio, y la complejidad es mayor cuando tiene lugar sobre un soporte plano. La idea de profundidad, es decir, la distancia entre dichos cuerpos o elementos, es, en un sentido estricto, una ilusión, ya que un soporte bidimensional no tiene, en sí, profundidad. El asunto está en cómo servirse de ese plano para generar la sensación de profundidad. Un dibujante o un pintor recurrirán a la perspectiva para mostrar con definición objetos de mayor o menor tamaño –en sus respectivas proporcionalidades físicas- para inducir a la comprensión de una escena determinada. El fotógrafo que trabaja la imagen directa, es decir, aquella que se registra con la intención manifiesta de no modificarla por ninguna vía, determina los límites visuales por medio del punto de vista que selecciona y, también, por medio del uso del diafragma, dispositivo que permite mostrar los elementos en el espacio con mayor o menor definición, es decir, enfocados o desenfocados. Una escena en la que se muestra un elemento definido en primer plano con el fondo desenfocado, producto del uso de un diafragma abierto, invita al ojo a detenerse en lo que pueda fácilmente reconocer. En este caso, el segundo plano trabaja en función del primer plano. Utilizar un diafragma completamente cerrado genera una profundidad de campo total, esto es, todos los elementos que se muestren –tanto los más cercanos como los más lejanos- estarán definidos. Así, el uso consciente de la cámara y sus funciones se convierte en una extensión de la mente humana, brindando una gama extraordinaria de recursos y matices, de sentidos y connotaciones de gran resonancia. Quizás el límite más notable entre la pintura y la fotografía, con sus cualidades representativas propias, se encuentra precisamente en el iris a través del cual se observa una escena. Por lo general, un pintor muestra todos los elementos de sus cuadros completamente en foco, de tal manera que sean reconocibles. Mediante la observación, su ojo se pasea por cada uno de los elementos para plasmarlos en detalle, de tal manera que va reconstruyendo la escena según la distancia que lo separa de cada uno de los objetos. Es así como su ojo va y viene de la realidad que tiene ante sí al plano de su lienzo, enfocando constantemente allá y aquí para gestualizar con el pincel que traduce la escena, pasando la información de un lado a otro. En resumen, todos los planos representados van surgiendo definidos por la acción del iris del ojo del pintor. El fotógrafo, ante la misma escena pintada por el pintor, tiene que hacer el mismo trabajo de análisis, aunque por otro acceso: a través del visor de la cámara. Desde allí decide, ciertamente, como quiere que luzca, con su ojo desplazándose por toda el área visual –incluidas las cuatro esquinas de su composición-, acercándose, subiendo o bajando la cámara hasta encontrar ese todo unitario que busca. Cuando vemos entonces la fotografía y el cuadro de esa misma escena, nuestros ojos leen ahora un solo plano. Al momento de fijar la vista detenidamente en un objeto situado a una distancia de 30 centímetros, todo aquello que está más cerca y más lejos de nosotros -que podemos reconocer sinuosamente de una u otra forma-, lo veremos fuera de foco. El ojo humano no puede leer -ni siquiera en distancias mayores, como es el caso de un paisaje abierto- una totalidad definida, ya que se focaliza en puntos específicos: el ojo tiene que pasearse por el todo en la distancia para que la mente lo reconozca como un todo. El ojo, en sí, no tiene profundidad de campo. Para consultar los boletines anteriores, favor visitar www.fotosensible.org ![]() |
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