Sección: Arte y Cultura
ENVIAR A UN AMIGO | ENVIAR AL DIRECTOR | ENVIAR AL EDITOR
El Doctor Cornelio Vegas Contreras
Alberto HernádezMiércoles, 18 de noviembre de 2009
Sobre el mesón, de su puño y letra, fue encontrado el siguiente mensaje:
“Después de nuestra muerte corporal, queda nuestra memoria y más allá de nuestra memoria quedan nuestros actos, nuestros hechos, nuestras actitudes, toda esa maravillosa parte de la historia universal, aunque no lo sepamos y es mejor que no lo sepamos”.
El doctor Cornelio Vegas Contreras subrayó las palabras para revelarse cercano al fin. Un polvillo asolado por la penumbra sube lentamente hasta el techo del consultorio donde aún se puede sentir la presencia del viejo médico maracayero. Un fantasma dulce, inteligente y bromista registra los libros que duermen el silencio de su dueño. El doctor Cornelio sabe que no está, que aún el sentido de permanencia angustia en la muerte. Todavía en el vetusto salón –donde atendiera- suenan las palabras pronunciadas con un ligero alejamiento.
-¡Sé indulgente con los bebedores¡-, nos confiesa muy quedo cerca del retrato invisible de Hölderlin. El laberinto de voces del poeta lo atrapó en Alemania, donde la memoria acentuó mucho más su afecto por el trópico y los buenos tragos.
Excelente conversador, libador de los vinos consagrados por su buen gusto, el viejo médico repetía esta oración: “No olvides que tú tienes otros “defectos”. Si quieres lograr la paz y la serenidad, piensa en los desheredados de la vida y en los humildes que gimen en el infortunio, así te hallarás feliz”.
Un viernes –ya de tarde-, 29 de julio de 1960, lo vemos en el Bar del Hotel Bermúdez en compañía de Jorge Clavier y Antonio Requena, quien fuera presidente de la Junta Patriótica en 1958. Por detrás de la amarillenta fotografía leemos: “Carlitos, te envío esta foto sacada el viernes 29 del pasado mes en el Hotel Bermúdez, en unión de los dos integrantes del Trío Fantástico. Clavier tiene una cara de hiena embarcada y Requena está perplejo como un esquizofrénico. Esa noche estaba fuerte y los enterré a ambos”.
-Esa noche- revisa el galeno-, comí Tournedo Rossini, Brandy Armagnac, vino blanco Chablis, champaña y el incomparable escocés. Estábamos celebrando el pase del Cony en los exámenes; el tuyo lo celebraremos oportunamente. Abur…”.
Cercano a Hölderlin, traductor del poeta alemán, andaba siempre acompañado de sus textos: “Gocé lo agradable de este mundo,/ ha tiempo, mucho tiempo, pasaron las alegrías de la juventud,/ abril, mayo y julio están lejos,/ ya nada soy, ya no vivo a gusto”.
Enero fue lugar para la muerte de Cornelio Vegas Contreras, como queriéndole dar la vuelta al año y comenzar la muerte en pleno y alejado silencio. Sin embargo, camina por esta desconchada habitación donde sus manos tocaron la mirada escondida de una ciudad que acudía, más que a buscar sanidad, aliento de quien sabía hablarle a sus pacientes.
Larga estadía sobre la tierra, el doctor Cornelio rezaba: “Poco he vivido, pero ya respiro el aire gélido de mi atardecer”.
-Por allí lo veo venir, cabizbajo, de corbatita y mirada extraviada, enfermo de él mismo, alejado del mundo, tibio sin tocarlo, amagado por la propia voz de sus fantasmas. El poeta José Antonio ramos Sucre hablaba hacia adentro en los idiomas de su vagancia por los jardines de la universidad.
El doctor Cornelio Vegas Contreras fue alumno del poema insomne. Y recordaba a Schiller, quien decía que el que se había enfrentado alguna vez a la muerte era un hombre liberado. Para regresar a la cara pálida del poeta cumanés: “Recibía clases de latín y griego. Era un hombre que hablaba en silencio, de un profundo que yo sentía peligroso, porque laceraba su forma de decir, pero más su sabiduría. Me atrevo a decir que ese hombre nunca había llorado, porque siempre estaba como demasiado adentro, en un pasado lleno de voces”.
Los que conocimos al doctor Cornelio tuvimos la satisfacción de hablar y entender a un hombre culto, amable, caballero. De un amoroso que nos hacía reclamar la mucha felicidad de sus encuentros.
Su placer consistía en arropar con sutileza y palabras bien construidas a la gente que tenía cerca. Una bondad poética lo hacía respirar la permanencia de la vida que llevaba.
Volver a verlo en el espacio donde hizo su existencia e intimó con las imágenes de la muerte, es tomarlo desprevenido: de bata blanca, acodado en el estante donde el rostro de su dama revisa el tiempo que nunca se agotó. Cornelio, el médico, el doctor de la calle, el del consultorio, el de la Maracay sepia y en colores. Ese señor, al que todos aprendimos a saludar sin distancia alguna.
A la luz del polvo que nos cubre, Cornelio Vegas Contreras sigue siendo un crecimiento. Se construyó en la medida de sus pacientes. El profesor Runge, director de la Universidad Fraunklinik de Heidelberg dice de él en carta enviada el 24 de julio de 1954, y que tiene rango de certificación, lo siguiente: “El doctor Cornelio Vegas de Venezuela ha trabajado como médico asistente en la UFH desde fines de abril hasta el día de hoy. Ha aprovechado en este tiempo con su incansable aplicación cada posibilidad para apropiarse de los métodos de las operaciones y de laboratorio en la Clínica. Fue también para nosotros de gran valor tenerlo como huésped a un médico tan instruido, tan interesado y con tan grande amplitud de criterio y poder, así como su actitud en los cambios de opiniones. Si nosotros, como yo espero, hemos podido mostrar al Dr. Vegas algunos hechos del más nuevo desarrollo de la ginecología, fue también para nosotros un gran placer tener como huésped en nuestra casa a tan simpático representante del pueblo de Venezuela”.
No era exagerado que la gente, sus pacientes, los que alguna vez lo vieron ejercer su apostolado, dijera que el doctor Cornelio Vegas Contreras era un santo.
Precisamente, en ocasión de ser impuesto de un auto de detención a su hijo, el abogado Cornelio Vegas Pérez, del doctor Vegas Contreras dijo el novelista Eduardo Casanova: “…al fin y al cabo Vegas Contreras, un médico que, de haber vivido en otras épocas, sería considerado sin duda alguna un santo, y es que es un santo, en el sentido etimológico de la palabra, persona que debe ser imitada por quienes hacen algo útil y bueno en su paso por la tierra…”, y Eduardo no se equivocó.






