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Sección: Arte y Cultura

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Nostalgía marca registrada

Carlos Yusti

Martes, 1 de julio de 2008

He aprendido tarde (y mal) que la literatura no es la vida aunque ésta le agregue ese aderezo imprescindible que es la imaginación. Uno que anda por la existencia de gris, para no desentonar, utiliza la escritura para darle color a ese mundo particular de la escritura que enumera los enseres del amor, la rabia, la alegría y la pena; un mundo especial cimentado con palabras y silencios.

Hay un cuento titulado “Una mesa es una mesa”, de

Peter Bichsel que refiere la historia más o menos (cito de memoria) de un hombre entrado en años, que habla lo indispensable, cuyo rostro tiene las marcas del cansancio y la rutina; es tal el asunto de su cansancio que perdió la capacidad para reír o disgustarse. Es un hombrecito corriente que usa un sombrero gris, una chaqueta gris, pantalones del mismo color y en el invierno un sobretodo también gris. Es huesudo a tal extremo que las camisas le quedan holgadas. Su vida transcurría de manera monótona. Un día se percató que la gente habla como si nada y se entiende. Entonces decidió que todo necesitaba sufrir un cambio y esa idea lo animó bastante. Así comenzó a cambiarle el nombre a los objetos del cuarto donde vivía. Así la cama ahora se llamaba cuadro, la silla era el reloj, La mesa era ahora una alfombra, El periódico era la cama, el espejo era el álbum de fotografías y la silla era sueño. De esa manera cuando la silla daba la 6 de la mañana, el hombrecito se levantaba del cuadro. Hacia sus ejercicios matinales y después Iba a la silla colgada en la pared para verificar la hora. Luego buscaba un sueño para sentarse en la alfombra y comenzaba a pasar las páginas del espejo. Después pasando las hojas de la cama leía las noticias.

El hombrecito del cuento de Bichsel modifica la realidad a través de una transformación drástica de las palabras. Algo similar hacen los escritores. Unos tienen más pericias que otros, pero todos andan en esa tarea de enriquecer la realidad, de trastornar la vida monocorde a través de la literatura. No obstante, la escritura es una manera de suavizar las vivencias que uno a lo largo de la vida (desde la infancia a la vejez) van dejando sus tatuajes en la piel; vivencias que al ser evocadas en el papel traen ese tufo inconfundible de la nostalgia.

Mis amigos Jorge Jiménez Gómez (director de la revista electrónica Letralia) y Héctor Torres (director de la revista electrónica Ficción Breve) compartiendo en una tertulia aseveraban que en mis textos se filtraba cierto vaho cálido de nostalgia. En mi defensa sólo atiné a decir que era sin aviesa intención. Creo que la nostalgia se cuela en mis artículos por culpa de los amigos y a esa gente que se ha ido quedando deshilachada en las grietas del recuerdo. Algo así como un homenaje tardío a la amistad y los sin sabores (o dulzuras) del día a día. La intimidad siempre te jode el estilo y las lágrimas (de cocodrilos dirán mis enemigos) van sembrando de borrones las palabras. La nostalgia como la escritura se aprende a fuerza de dejar jirones del alma en la alambrada de la vida.

Claudio Magris lo ha escrito: “La gran literatura contemporánea narró muchas veces, brillantemente, la nostalgia del amor, los instantes en los cuales se entrevé su espejismo,…”. La literatura trata de narrar la fugacidad de lo eterno, esa frágil memoria hecha más de tiempo que de hechos fortuitos. El Quijote sublima no tanto a Dulcinea como a la necesidad de amar que tiene un caballero de su estatura, sin una amada a quien dedicarle sus hazañas su vida carece de sentido, su empresa de andante caballero no tiene densidad cierta y en eso llega Sancho Panza a colocar todo en su lugar: la realidad despedazando las ensoñaciones y sueños de su amo.

El escritor español Enrique Vilas-Mata advierte que la literatura no enseña métodos prácticos, sino sólo posiciones, que la lección más importante debe extraérsele a la vida y que “solo aprendiendo de ella uno puede terminar haciéndose con un estilo literario”.

Cuando de escribir se trata se echa mano de todo: lecturas, recuerdos, imágenes estampadas en el papel cotidiano, sueños y un nutrido etcétera. Todo escritor tiene una imbécil Corin Tellado en duermevela adherida en los huesos. La cursilería también puede ser un estilo literario. Además la nostalgia la inventó César Vallejo en unos versos de Trilce:

Y la más aguda tiplsonancia Se tonsura y apeálase, y largamente Se ennazala hacia carámbanos De lástima infinita.

Carlos Yusti

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Carlos Yusti


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