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Sobre la estupidez (Extracto de: “Resistencia y Entrega”)
Dietrich Bonhoeffer

Lunes, 3 de diciembre de 2007

(teólogo protestante, *1906 Breslau, luchador de la Resistencia, ejecutado en campo de concentración en 1945)

El estúpido es un enemigo más peligroso de lo bueno que el malo. Contra la maldad se puede protestar, la maldad se puede develar, y en caso de emergencia se puede llegar a impedir a la fuerza; lo malo siempre entraña el germen de su propia destrucción, y deja como una huella al menos de desazón en el hombre. Contra la estupidez no tenemos cómo defendernos. Ni con protestas, ni ejerciendo la fuerza se puede hacer nada; no calará ningún razonamiento, no serán tomados por ciertos los hechos que contradicen el prejuicio instalado -en estos casos el estúpido se torna incluso crítico-, y cuando los hechos ya son ineludibles, pueden ser descartados como casos aislados, sin significado. Y es que el estúpido, a diferencia del malo, está enteramente satisfecho consigo mismo; es más, hasta se vuelve peligroso, porque es fácilmente irritable y pasa a atacar. Por esto, frente al estúpido hay que ser más precavido que frente al malo. Nunca más intentaremos convencer al estúpido con la razón, no tiene sentido y es azaroso.

Para saber cómo manejarnos con la estupidez, debemos intentar entender su esencia. Una cosa parece segura: no se trata precisamente de un defecto intelectual, sino de uno humano. Hay personas intelectualmente bien agudas que son estúpidas, y hay personas intelectualmente bastante lentas que son todo menos estúpidas. Este descubrimiento lo hacemos, sorprendidos, ante ciertas situaciones y ganamos la impresión de que la estupidez, acaso, no sea tanto un impedimento innato; más bien sucede que dadas determinadas circunstancias, los hombres son transformados en estúpidos o caen en la estupidez. Además observamos que las personas que viven más bien aisladas y por su propia cuenta, parecen menos afectas a esta tara que las personas tendentes o condenadas a vivir insertas en muchedumbre, o que agrupaciones de humanos. Así pues, la estupidez quizá sea menos un problema psicológico que sociológico. Es como una forma particular del impacto que causan coyunturas históricas sobre el hombre, un efecto psicológico concomitante bajo determinadas circunstancias externas. Observamos con mayor detenimiento y se evidencia que el despliegue de un poder externo, sea de naturaleza política o religiosa, golpea a una gran parte de los hombres, dejándolos estúpidos. Incluso pareciera que responde esto a una ley sociopsicológica. El poder de uno requiere de la estupidez del otro. En este proceso no es que determinadas características del hombre, por ejemplo intelectuales, se deterioren o supriman de súbito, sino que la impresión arrolladora del despliegue del poder arrebata al hombre su autonomía interna quien entonces, a veces más, a veces menos conscientemente, renuncia a encontrar su propia conducta, autodeterminada, frente a las situaciones de vida que se presentan.

El hecho de que muchas veces el estúpido sea respondón, no puede ocultar el que no sea ningún ser autónomo. En la conversación con el estúpido se puede palpar, que no se está hablando con esa persona misma, propia, se siente que se está tratando con lemas, slogans, con una jerga que poderosamente lo maneja. Está cautivo, está encandilado, maltratado y abusado en su propia esencia. Convertido en un instrumento sin voluntad, el estúpido también será capaz de hacer el mal, a la vez que incapaz de reconocerlo. Aquí yace el peligro del diabólico abuso. Así se pueden arruinar seres humanos, para siempre.

En este preciso momento también queda muy claro que no será ningún acto de enseñanza, sino sólo un acto de liberación, el que podría superar la estupidez. Habrá que resignarse a que en la mayoría de los casos, la verdadera liberación interior sólo será posible después de una liberación externa. Hasta entonces tendremos que prescindir de todo intento de convencer al estúpido. Así es que también entendemos cómo en estas circunstancias nos esforzamos en vano por saber lo que “el pueblo” en realidad piensa, y por qué al mismo tiempo esta pregunta es tan superflua para el reflexivo y el actor responsables – repito, bajo estas circunstancias dadas. La palabra de la biblia de que el temor de dios es el comienzo del camino de la sabiduría (salmo III, 10), nos habla de que la liberación interior del ser humano y su conversión a una vida responsable ante dios son la única verdadera superación de la estupidez.

Por cierto que estas reflexiones también contienen algo consolador, en el sentido de que no permiten calificar de estúpida a una mayoría de los hombres bajo cualquier circunstancia.

En verdad dependerá de si los poderosos preferirán servirse de la estupidez, o de la autonomía interior y la sagacidad del ser humano.

Del alemán : Claudia Sierich

 
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