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Venezuela durante la Guerra de Independencia El Paraíso en Llamas:El circo de Belcebú Eduardo Casanova Domingo, 7 de junio de 2009 Venezuela desde 1498 hasta 2008
El optimismo casi infantil de Bolívar al serle confirmado en el templo de San Francisco el título de Libertador que le habían dado los merideños, no se justificaba en absoluto. La victoria final estaba demasiado lejos, y Venezuela ya se había convertido en lo que unas décadas después Antonio Guzmán Blanco describió como un cuero seco, que si se pisa por un lado se levanta por otro. Para empezar, no había un solo gobierno. Tal como era antes de 1777, había dos grandes gobiernos, uno en Cumaná, dirigido por Santiago Mariño, que se había establecido el 3 de agosto de 1813, y otro en Caracas, dirigido por Simón Bolívar, que se había establecido el 6 de agosto, es decir, tres días después. Pero Maracaibo, Coro y Guayana no obedecían a ninguno de los dos, sino que eran un tercer gobierno, y había un cuarto y un quinto y quién sabe cuántos, en los que cada quién hacía lo que quería sin obedecer autoridad alguna. En muchas partes se combatía abiertamente, y fue en ese tiempo cuando José Antonio Páez fue capturado por los españoles y condenado a muerte, de lo que se escapó gracias a su “ejército de ánimas”. Tal como fue en ese tiempo cuando se destacó en los Llanos el nombre de José Tomás Boves, que en cierta forma acaudilló lo que algunos historiadores han llamado la Rebelión Popular de 1814, que no fue otra cosa que la exacerbación de la ignorancia popular y de las crueldades de aquellos caudillos populares, a las que los partidarios de la república respondieron también con espantosas crueldades.
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Es lógico que los historiadores hayan preferido narrar las batallas, que casi nunca eran otra cosa que pleitos a cuchillo entre bandas enemigas. Narrar batallas con nombres rimbombantes y hablar de héroes que se sacrificaron por la patria es algo más digno que contar lo que en verdad ocurrió en esos días terribles, en los que unos y otros salían a cortar gañotes y a clavar machetes y bayonetas en los cueros (cueros, no cuerpos) de los enemigos. O, en muchos casos, a robar prójimos y a violar mujeres y niños. A regar los campos de sangre y de llantos y a robar ganado y gallinas. Si se quiere ser medianamente justo, y sin ánimo nacionalista alguno, hay que reconocer que aquella sucesión de crueldades y actos de bajeza que fue la Guerra de Independencia de Venezuela hasta 1820 no la iniciaron los independentistas, sino los partidarios del Rey. Monteverde, que ha pasado a la historia como un pobre diablo, cruel pero débil de carácter, incapaz de un gesto de grandeza, y sus secuaces, Antoñanzas, Zuazola, Yáñez, Cervériz, Rosete, Boves, etcétera, fueron los que le dieron a la contienda ese carácter de inhumano, y fueron los primeros caudillos tropicales que marcarían y marcan pauta en nuestro medio. Fue Monteverde el que, por su cuenta y sin autorización de nadie resolvió aplicar lo que llamó “la ley de la conquista”, y cometer todo tipo de barbaridades y atrocidades durante el año que siguió a la reconquista de Caracas por los realistas. El marqués del Toro y Francisco de Miranda trataron de hacer la guerra como se estilaba en los países civilizados de entonces, algo así como una guerra con minuet, y como respuesta recibieron todo tipo de atrocidades, algo así como una guerra con tambores mal tocados. El oidor y regente José Francisco Heredia, realista, pero defensor de los derechos humanos, narra en sus Memorias, que un fraile capuchino de apellido Coronil, que hacía de burdo capellán en las tropas de Monteverde, exigió a los soldados realistas que “de siete años para arriba no dejaran vivo a nadie”. El Diablo Briceño, Antonio Nicolás Briceño, activo propulsor de la Independencia, y enemigo personal de Bolívar, tiene en su haber el dudoso honor de convertirse en el primer caudillo tropical y bárbaro que decidió enfrentar a los españoles con los mismos sistemas con que los españoles habían combatido a los venezolanos, combatir el fuego con fuego, y para ello publicó en abril de 1813 un bando en el que le declaraba “guerra sin cuartel” a los españoles, y para probar que sus intenciones eran claras, le cortó la cabeza a dos canarios y le envió uno de aquellos horrendos trofeos a Bolívar, que de inmediato ordenó que se capturara a Briceño y se lo juzgara, pero su orden no pudo ser cumplida, porque a Briceño los españoles le aplicaron su misma receta y fue fusilado el 15 de junio sin fórmula de juicio, acusado no sólo de las decapitaciones, sino de haber escrito unas cartas utilizando como tinta la sangre de los decapitados y como tintero sus cráneos. Ese fusilamiento fue lo que impulsó a Bolívar a lanzar, el 15 de junio de 1813, su famosa Proclama de guerra a Muerte, que contiene las palabras: Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la América. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables. En ellas algunos pretenden ver solamente un rasgo de crueldad y sectarismo, cuando en realidad lo que hay, además de la necesidad de no dejarse atropellar, es la intención clara de evitar que la contienda sea considerada guerra civil o “guerra de colores”, como se decía entonces. Se trata de una guerra entre naciones, entre Venezuela y España, y no entre connacionales ni entre grupos étnicos o sociales. Y en muy poco tiempo quedará plenamente demostrado que Bolívar tenía toda la razón. Al recuperar Caracas para la república, Bolívar habló de convocar una asamblea de notables, “de hombres virtuosos y sabios”, con lo que más que iniciar ratificó una de las instituciones más nefastas que ha padecido Venezuela desde entonces: la de los notables. Pero no convocó tal asamblea sino que apeló a un solo hombre, al principal redactor de la Constitución de 1811, Francisco Javier Ustáriz, para que presentara un genuino plan de gobierno. Ustáriz le respondió, el 18 de agosto de 1814, con una auténtica perogrullada: que lo principal era asegurar el territorio echando al mar a los enemigos de la república. Y propuso un plan de organización del Estado, en el que todo el poder, tanto el Poder Ejecutivo como el Poder Legislativo, se concentraban en la persona de Bolívar como Jefe del Ejército Libertador; en cada Provincia se establecerían un gobierno político y otro militar, pero dependientes, eso sí, de Bolívar, tal como la hacienda pública. La justicia estaría cargo de los tribunales, es de suponerse que debido a que Bolívar no podría ocuparse de tantas cosas, y habría una especie de Supremo Tribunal compuesto por tres jueces. Y, eventualmente, se convocaría a un Congreso, cuyos diputados simplemente irían a incorporarse al de Nueva Granada para concretar la unión. Simón Bolívar se había convertido, de repente, en el verdadero árbitro y dueño de la situación. Su prioridad impostergable en materia militar era la de sacar a los realistas de Puerto Cabello, para evitar un contraataque y sacarse una espinita, y a eso se dedicó con toda su energía. Entretanto, en todo el territorio de Venezuela, aunque teóricamente en su mayor parte gobernaba Bolívar, empezaron a cometerse toda clase de excesos, tal como ocurría en el territorio que teóricamente gobernaba Mariño. Había sonado ya la hora de los Boves, los Zuazola, Antoñanzas, los Cervériz, los Yáñez, etcétera, que iban regando sangre y dolor por todas partes. Pero también había sonado en Caracas la hora de las contrapartes de aquellos bárbaros. José Félix Ribas, que prácticamente mandaba en Caracas debido a las muchas ausencias de Bolívar, alentó y toleró muchísimos abusos en contra de españoles y canarios que nada tenían que ver con la guerra. Manuel Díaz Casado, subalterno de Ribas, no era mejor que Cervériz o cualquier de los otros, y se sabe que hacía presos a los españoles y les pedía dinero a cambio de su libertad. Para se justo hay que advertir que las acusaciones contra el sadismo de los realistas no sólo provienen de sus enemigos, sino de sus propios partidarios, horrorizados por lo que se vivía. Tal fue el caso del Regente Heredia, un hombre decente y muy prudente, que denunció, horrorizado, en sus Memorias, de manera muy detallada, las crueldades de Boves, y es esa la fuente que más utilizó Francisco José Herrera Luque para escribir su novela Boves, el urogallo, en la que describe las tropelías del asturiano con lujo de detalles. Como, por ejemplo, el famoso baile en Valencia, en el que al son del “piquirico” (una de las formas musicales populares que en su tiempo se usaban en las llamadas “fiestas de monos”, tal como el fandango, que a partir del siglo XIX pasó a llamarse joropo) descuartizaban a los prisioneros en presencia de sus esposas, hermanas y madres. Por otras fuentes se conocen otras “proezas” del asturiano y sus hordas, que lo dejan como uno de los hombres más crueles de la historia. Ángel Grisanti, en su Vida ejemplar del Gran Mariscal de Ayacucho (Ediciones del Ministerio de Educación, Dirección de Cultura y Bellas Artes, Caracas, Venezuela, 1952) cuenta que dos hermanas de Antonio José de Sucre, María Josefa y Magdalena, fueron asesinadas y violadas, y los hijos de Magdalena también asesinados, por las huestes de Boves que asaltaron su casa en 1814. Y a Boves corresponde el muy dudoso honor de haber encabezado la reacción española, realista, contra lo que algunos historiadores han llamado la segunda república, que existió entre agosto y diciembre de 1814, entre la llegada de Bolívar a Caracas y la batalla de Urica, ganada por los españoles pero también perdida, porque en ella murió Boves, y sin Boves la causa de los españoles estaba condenada a morir poco a poco, tal como murió. |
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