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El lenguaje del alma
Carmen Cristina Wolf

Jueves, 24 de enero de 2008

“Y así ascender despacio
en un inmenso amor
de la prisión terrestre
a la belleza del día.”
Arthur Rimbaud

Cuando alguien se adentra en su propia alma se crea un descalabro magnífico. La persona entra en ebullición en una relación oficiante palabra-tiempo-acto. Sus acciones acompañan intensamente a sus sentimientos. Deja de estar escindido. Abandona la costumbre de pensar una cosa y decir otra distinta.

Una manera de adentrarse en el alma es abandonar las máscara de la personalidad y abandonarse en caída libre al centro de sí mismo. Desde allí se mira descarnadamente el desfile de frases que se entrelazan en nuestras cabezas. ¿Acaso no está en ese desfile la raíz de la lealtad o la traición, de la benevolencia o la crueldad, de la sinceridad o el engaño? La manera como las palabras se organizan en nuestra conciencia conforma nuestro espíritu.

Vuelvo a leer los versos de Rimbaud, con el encanto de quien tiene todo el tiempo del mundo para saborear y entusiasmarse como si el poeta hubiera escrito su obra hoy y en cualquier momento fuese a llegar a mi puerta para decirme:

“Y así ascender despacio en un inmenso amor”, escribe el poeta. Vivimos con la esperanza de alcanzar el amor, si no hay amor, nadie quiere vivir. Añoramos cada día, cada minuto, cada segundo, cumplir nuestro amor. El arrebato del amor todo lo transforma, se es capaz de conquistar al mundo y escapar de todas las prisiones.

Versos que expresan la fe del creador– creyente en su palabra: “la fuerza y el amor que nosotros, de pie ante las furias y las penas, vemos pasar por el cielo tormentoso y las banderas del éxtasis”.

Otros poemas de Rimbaud revelan la desolación, el exilio del alma, un desierto sin oasis y casi sin espejismos: “El hombre es triste y feo, triste bajo el vasto cielo / Lleva vestidos porque ya no es casto.” Pero es así que el mundo, por más desolador que pueda parecer guarda también su belleza, sus promesas: “Por momentos olvido la miseria en que caí /… viajaremos, cazaremos en los desiertos, dormiremos en las calles de ciudades desconocidas, sin preocupaciones, sin penas. ¡Oh! Esa vida de aventuras que existe en los libros infantiles para compensarme, he sufrido tanto.” La añoranza de la niñez, el deseo de viajar a ciudades desconocidas señala un sitio en el mapa de la ilusión, un lugar donde resplandece la belleza y se puede vivir sin preocupaciones, donde hay bailes, risas, alegres atavíos y sobre todo amor, porque Rimbaud jamás podrá “tirar el amor por la ventana.”

Cuesta mucho poner a las palabras a decir lo que el poeta quiere que digan. El quebranta sus nexos de costumbre, desgrana las cuentas de la conversación para que las palabras regresen a ser ellas mismas recién estrenadas.

El poeta venezolano Eugenio Montejo en el libro Muerte y Memoria escribe: Algunas de nuestras palabras / son fuertes, francas , amarillas / otras redondas, lisas, de madera… (…) Y en el libro Terredad, el poeta escribe: Esas voces que digo / han rodado por siglos puliéndose en sus aguas, / fuera del tiempo. / Son ecos de los muertos que me nombran / y me recorren como peces.

La poesía rompe las frases desgastadas y ellas –las palabras- relucen sin sus usos habituales. Les arranca la des-significación y el fastidio que han acumulado de tanto ser pronunciadas.

Las palabras se lanzan y recogen, se re–unen con otras hasta que van adquiriendo su esplendor. El poeta las teje en la simultaneidad de sus sentimientos y pensamientos, propicia la amistad o la enemistad entre ellas en la eclosión del impulso de crear.

Se patentiza así la pasión entre las palabras, la seducción de una palabra por otra, el enamoramiento. Y el poema surge con serenidad o fiereza. Las palabras escapan de su cárcel, se ponen bellas, terribles. Como diría Rimbaud:

…”en un golpe de arco…la sinfonía desarrolla su movimiento, en las profundidades.”

 
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