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Sección: Arte y Cultura

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La Esgrima De Edmundo Font

"Camionero" mi versión de Roberto Carlos

Edmundo Font

Viernes, 7 de agosto de 2009

(II y concluye)

CAMIONERO/ Cada día por la carretera/ Noche y madrugada entera/ Y mi amor aumenta más/ Porque pienso en ella en el camino/ Imagino su cariño/ Y todo el bien que ella me da/ La nostalgia viene a hablar conmigo/ Con la radio yo consigo/ Espantar la soledad/ Voy de día un poco más veloz/ De noche prendo los faroles/ A iluminar la oscuridad/ Yo sé, voy corriendo en busca de ella/ Corazón tan disparado/ Pero yo voy con cuidado/ No me arriesgo en marcha suelta/ Yo sé, siempre en ésa carretera/ Al volante pienso en ella/ Ya pinté en el parachoques/ Un corazón y el nombre de ella/ Ya rodé por mi país entero/ Como todo camionero/ Tuve lluvia y cerrazón/ Cuando llueve el limpiador desliza/ Va y viene el parabrisas/ Late igual mi corazón/ Loco por lo dulce de su beso/ Miro lleno de deseo su retrato en el panel Es en el calor de su abrazo que me olvido Del cansancio y me abastezco de su miel/ Yo sé, voy corriendo en busca de ella/ Corazón tan disparado/ Pero yo voy con cuidado/ No me arriesgo en marcha suelta/ Yo sé, siempre en ésa carretera/ Al volante pienso en ella/ Ya pinté en el parachoques/ Un corazón y el nombre de ella.

Fui camionero dos veces en la vida. Una por acaso y durante pocas horas, y la otra, por evocación.

En mi primera adolescencia (Reconozco varias y sobre todo proviniendo de épocas en que la precocidad comenzaba a los 18) viajaba a menudo para visitar a una primera novia, desde el puerto donde nací, hasta la capital del estado. El trayecto solía hacerlo a dedo, o de “aventón”, como decimos en México. Si madrugaba, me levantaba la camioneta de “El Sol de Tampico”, que iba dejando fardos por las cabeceras de las poblaciones más importantes. Las madrugadas eran frías, pero las tibias expectativas del reencuentro amoroso desleían cualquier rigor. Todos sabemos que eso de amar de lejos es de pensarse, pero también hay quien afirma –y con razón- que el más poderoso afrodisíaco es la distancia.

Tanta confesión tiene sentido, y verán porqué. La experiencia, conduciendo un armatoste inusitado, se produjo ya muy entrada una noche en que nadie accedía a llevarme en autostop, a las afueras de Ciudad Victoria. Sufría viendo peligrar la jornada escolar del día siguiente y el regaño consecuente, mientras se detenía en la gasolinera un camión cargado de apretadas bestias barbadas en plena algarabía. Los chivos venían del norte y se encaminaban a las barbacoas del sur de Veracruz. El chofer era un hombre más de campo que de volante, con lo que ello implica de inmediatez sincera y discurso parco. Me vio de arriba abajo buscando indicios de peligrosidad y mi aspecto, desaliñado deliberadamente, no le despertó mayor desconfianza. Me preguntó si sabía conducir, y presumí de inmediato que sí. Inquirió si ya había manejado camiones y mentí descaradamente. Cuando me di cuenta de sus intenciones era demasiado tarde. Tuve que tragarme los alardes y me volví chofer improvisado de semovientes (Palabreja elegante para hablar de las pobres bestias en rebaño).

El buen vaquero no demoró ni cinco minutos en hundirse en un sueño profundo. Manejé de las dos a las siete de la mañana en esa soledad acompañada, escuchando en el radio la variopinta programación de música norteña, a todo volumen, para no quedarme dormido a la vez, frente a un volante que oscilaba con el ballet de la carga caprina que se deslizaba de un lado a otro, entre berridos. El amable y generoso sujeto –nunca supe cómo se llamaba- no se inmutó durante la travesía. Vuelvo a repetir que mis amores dislocados llenaban entonces cualquier espacio de meditación de entonces, pero nunca imaginaría que décadas después la experiencia se convertiría en un referente nostálgico, capaz de ser utilizado en un ejercicio musical, casi literario. Hablo de la invitación que me hizo una disquera brasileña para que tradujera uno de los mayores éxitos de Roberto Carlos, la canción “Caminhoeiro”, (Solo en español vendió más de un millón de discos), pero juro y no en vano, que nunca recibí un centavo de regalías y eso que la letra se encuentra debidamente registrada en la Asociación de Autores y Compositores de México.

La experiencia resultó estimulante. Había que trabajar al alimón con un “astro” de las características de Roberto Carlos, no desprovisto, como todos los artistas, de fobias y manías. Y así sucedió. Visité varias veces al cantante en su bellísimo departamento de tres plantas en el barrio de Urca, uno de los enclaves mágicos de la bahía de Guanabara, con vistas al Corcovado. Roberto Carlos vestía invariablemente de blanco e infaliblemente también me hacía esperar más de media hora para poner manos a la obra.

Se trata de un hombre de trato complejo, arisco, con un sentido profundo de la superstición; acabamos teniendo una fricción que estuvo a punto de dar al traste con todo. A cierta altura, se imponía en el texto en español la frase “marcha muerta” y Roberto Carlos la encontró poco auspiciosa. Agradecieron mi empeño y mandaron traer un traductor profesional de España, para rehacer labores. Al final de cuentas el peninsular tampoco funcionó, parece ser que el sí se peleó con Roberto Carlos. Un mes después me dijeron que el cantante me pedía personalmente una alternativa a la frase que había causado su escozor. La línea acabó como “marcha suelta”, para transmitir la idea de un vehículo rodando en cambio neutral, y todos contentos. Así son las cosas de complejas en este mundo tan simple.

He querido recordar todo esto ahora que Roberto Carlos celebra los cincuenta años de su carrera de intérprete, trayectoria que ha marcado a generaciones enteras de gente que aprendió a enamorarse a través de docenas de melodías musicalmente simplonas y de letras de cursilería equilibrada, apta para públicos de escaso cacumen. Pero por favor, no se vea en esta crítica a la fórmula machacona pero exitosa de Roberto Carlos ningún desprecio por las masas populares que siguen suspirando con sus tonadas y llenan espacios para setenta mil personas, como lo acaban de hacer con su presentación en pleno “Maracaná”. MEA Culpa; reconozco haberme contagiado muchas veces de su clima emotivo de las melodías de Roberto y Erasmo Carlos, “a según” de las dimensiones etílicas o las remembranzas que despiertan sus llanas y efectivas imágenes, llenas de añoranza y deseo. Además, en la historia de mis paradojas y contradicciones cabe haber colaborado una sola vez con el “Rey”, y que “Camionero” se siga escuchando en las radios; ya en 1984 llegó a ser tocada hasta tres mil veces en un solo día. Hasta se ha grabado una interpretación en salsa de un venezolano que pirateando ni siquiera le dio crédito a mi versión. Ni modo. Lo bailado y menos en Brasil, no te lo quita nadie.

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