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Sección: Arte y Cultura

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Armando Rojas Guardia: Ingrimo a la intemperie

Carmen Cristina Wolf

Jueves, 22 de mayo de 2008

La sincronicidad aligera el pensamiento hasta el punto de captar el alma del querido amigo y maestro Armando Rojas Guardia. Nuevamente se me fueron los ojos por la hilera de libros predilectos, y me dejé atrapar por El dios de la intemperie (segunda edición publicada por la Universidad de Los Andes en 2003). Releo este texto que me increpa e interroga: “Quién eres, tú sonoro al fondo de mí mismo? ¡Cómo te llamas, horizonte presentido, paisaje último donde el gozo no puede saber sino a agonía (…) rayo de muerte que sin embargo incendia toda vida (…) ¡Quién eres, canto irreprimible, color inesperado, brillante y sutilísimo, ventana central de la alabanza, de una complacencia sobrecogida y tierna (si la ternura puede colindar con el espanto de una dicha inencontrable, pero cierta como el sol?” Un libro fascinante que va mucho más allá de un ensayo místico o filosófico, una obra profundamente lírica y humana que deja huella imborrable en el espíritu.

Pero lo hermoso de este día va aún más allá. Abro las páginas de un Papel Literario de El Nacional que había guardado entre mis libros y encuentro un homenaje de Armando Rojas Guardia a Elizabeth Schön. Se trata de un ensayo sobre el poemario Luz oval (Colección Papiros, Equinoccio USB 2007). La sabiduría reflexiva de Armando se conjuga con el vuelo altísimo de Elizabeth, camino de serenidad hacia el centro, hacia el alma.

En la intemperie de este mundo donde de nada vale refugiarse en la superficie de de los juegos sociales, hay un lugar recóndito, sustancial, en el cual se da el reencuentro con el Ser y se ilumina la nada que somos con su Presencia infinita. Hoy recibo de manos del poeta una Antología poética publicada por la Editorial de la Universidad Católica de Córdoba, Argentina (2007), bajo el título de Íngrimo, y me lacera hasta los huesos la fuerza de la inmensidad lírica de estos versos:

Espero al poema como aguardo el placer al inicio de la cópula.

Espero al poema atisbando su llegada en el ápice mínimo donde cruje y levanta las alas.

Fragmento del poema I de La nada vigilante

Concluyo este brevísimo viaje a través de El dios de la intemperie, para emprender una nueva aventura en las páginas de Íngrimo. Sus palabras me aguardan.

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COLUMNISTA:

Carmen Cristina Wolf


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