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Sección: Arte y Cultura

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Diario de Alejandro Oliveros

Diario: Schumman y Hampson

Alejandro Oliveros

Domingo, 7 de junio de 2009

(No se encuentra la imagen 5126528) Desde muy temprano escuchando algunos Lieder de Schumann en la voz tan hermosa y ajustada de Thomas Hampson, tanto que se podría jurar que las canciones fueron escritas para él. Hace muchos años que no volvía sobre Schumann, pero el disco se me apareció así, de improviso, no sé de dónde salió, simplemente estaba allí, esperando, no sin impaciencia, por mí. Ni siquiera recordaba que lo tenía. No sé cómo entender esta por lo demás insignificante circunstancia, algo así como cuando un sueño regresa en las pequeñas horas de la madrugada. Los lectores de estos diarios saben que he vivido bajo la férrea dictadura H-H (Händel-Haydn) durante la última década. Algo que he llegado a aceptar sin protestas.

En el fondo, es lo más saludable. Me mantiene a prudente distancia de románticos tan empáticos y, en consecuencia, tan peligrosos, como Schumann. Lo inquietante es que ayer, muy temprano en la mañana, cuando se me apareció la grabación, no dudé en escucharla. Algo no muy obvio, porque me cuido mucho de estos contactos de primera clase con la música del período. Especialmente la alemana y especialmente la de Schumann. No creo que exista una escritura musical más hermosa que la de los románticos alemanes. El problema es ese, que es demasiado romántica. Aquí tengo estos estremecidos Lieder, escritos por el marido de Clara hacia 1840, a los treinta años de su desgarrada existencia. Al escuchar los primeros acordes del piano del gran Geoffrey Parsons, sentí que algo en mí colapsaba, algo no muy grande, algo más bien pequeño, una suerte de vencimiento, de entrega, de “n´importe quoi”. Una sensación confundida y confusa, que se afirmó cuando la voz de Hampson, varonil, sin afectación, cordial y nocturna, se ponía de acuerdo con su pianista para decirme que, “Ich bin im Mai gegangen/Und hab’es nicht gebußt./Also von Schmerz befangen/Ist die erkrankte Brust.” (”No sabía que me había ido en el mes de mayo, ahora mi corazón enfermo está tomado por el dolor”). En aquel estado, no distinto al crepúsculo postcoital, debo haber estado cerca de un minuto, cuando, helas!, sentí que regresaba la conciencia para hacerse cargo de la situación. Me sentí agradecido a los dioses por la fugaz experiencia y triste por su brevedad. Hay voces que, sin importar lo que digan, se instalan en nuestra memoria. No es fácil reproducir una voz en el recuerdo. Pero cuando lo logramos, sentimos que ha pasado a formar de nuestras vidas y de que es de lo mejorcito que tenemos ante el fugit irreparabile tempus. Como toda expriencia romántica, la de Schumann viene acompañada de su cota de dolor, de ese “Schmerz” que habla el poema. No obstante, como cantó Ezra Pound, What thou lovest well Hill remains,/the rest is dross.

Fuente:Prodavinci
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