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Sección: Arte y Cultura

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Poesía social

Pablo Mora

Martes, 8 de septiembre de 2009

La poesía es un acto de fe en el hombre, en la palabra y en la vida. Sorprenderse, extrañarse, asombrarse. Un instrumento para transformar el mundo. Experiencia de vida. Momento de liberación, individual y colectiva. Un destino. Un asombro que se pasa a limpio. Un renglón que se le añade al mundo. Ser poeta es estar dispuesto a la vigilia. Estar de guardia. Buscar la luz. Navegar hacia adentro del asombro. Acompañarnos con un pan en la mano y un camino en el pie. Saber el tamaño exacto de la pena. Conocer el lado oscuro de la rosa y la terrible majestad del pan. Volverse vagabundo, apoyar las palabras sobre la sangre, arrestar al viento, al sol, las mariposas. Inventar ratos, penas, alegrías y tardanzas. Echar un vistazo al mundo. Ponerle trampas a la muerte. Infundir a los hombres un hambre ardorosa e insaciable de belleza, entusiasmo y libertad.

Maldición o bendición, ese estado fundamental de vida, lo cierto es que uno logra que lo oigan las estrellas. Sabe que una piedra es un pájaro que ya no vuela; que el hombre es un gran dolor en viaje. Conoce del reverso de las cosas y la vida. Se convence del poder de creación de la palabra. De que habrá de haber lugar para la poesía si no quieren pueblos y hombres sucumbir. Y, viéndolo bien, nada pierde.

Ponga la atención en sí o en el colectivo, a partir de su interioridad en el común misterio, dentro de una perenne vigilancia, el poeta da cuenta de lo que siente, vive, medita o ve. Poesía revolucionaria o social —el nombre no importa (política, civil)— sustantivamente es expresión literaria y adjetivamente realidad social. Es arte, ciencia y técnica, que conllevan un profundo mensaje humano. Una literatura que sobre su finalidad característica —la búsqueda de la belleza— persigue otra: la de tocar muy de cerca la sensibilidad popular. Ahora bien, para que se dé esta poesía, cabalmente, se requiere un artista de genio, un creador pleno. De resto, se expone a dejarse llevar por el soporte —la realidad social—, olvidando su papel de recreador de la belleza. De ahí que sean pocos los elegidos. El campo atrae, pero sobran los versificadores y faltan los poetas, los poetas de hecho. Tanto es así que de encontrarnos frente a un verdadero poema social, éste no ha de tener ni fecha de emisión —de nacimiento— ni de defunción. Estaríamos frente a la eterna poesía: la que resiste a los siglos por su mensaje. Hasta un poeta griego antiguo mantendría, así, la vigencia, hoy: Tirteo. Diríamos que mientras exista un Vietnam o un Iraq sobre la tierra, existirá la poesía y poesía social.

Para Ludovico Silva, la belleza es revolucionaria. De este principio debe nutrirse la teoría del socialismo. Ya Rimbaud sostenía la proposición de que “el porvenir será socialista”. Todo arte verdadero per se es revolucionario, independientemente o más allá de su contenido ideológico-político, si es que lo tiene. Toda revolución artística genera una transformación y una expansión de la sensibilidad humana y de la conciencia del hombre. El socialismo tiene que presentarse como una nueva sensibilidad, como un desarrollo libre de la conciencia, como la emancipación estética del hombre; en definitiva, lejos de toda plusvalía ideológica, como la emancipación de la “alienación universal”. De donde Belleza y Revolución ha de ser permanente bandera de combate.

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COLUMNISTA:

Pablo Mora


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