Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las
magníficas palabras de la constitución y la Declaración de
Independencia, firmaron un pagaré del que todo estadounidense habría
de ser heredero.
Este documento era la promesa de que a todos los hombres, sí, tanto a
negros como a blancos, les serían garantizados los inalienables
derechos
Pero hay algo que debo decir a mi gente que aguarda en el cálido
umbral que conduce al palacio de la justicia. Debemos evitar cometer
actos injustos en el proceso de obtener el lugar que por derecho nos
corresponde. No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo
de la copa de la amargura y el odio.
Debemos conducir para siempre nuestra lucha por el camino llano y
elevado de la dignidad y la disciplina.
No permitamos que nuestra protesta creativa degenere en violencia
física. Una y otra vez debemos elevarnos a las majestuosas alturas en
que tiene lugar el encuentro de la fuerza física con la fuerza del
alma; y la maravillosa nueva militancia, que ha hundido a la
comunidad negra, no debe conducirnos a la desconfianza de toda la
gente blanca. Porque muchos de nuestros hermanos blancos, como lo
evidencia su presencia aquí en este día, han llegado a comprender que
su destino está unido al nuestro. Y también han llegado a comprender
que su libertad está inextricablemente ligada a la nuestra. No
podemos caminar solos. Y al hablar, debemos hacer la promesa de
marchar siempre hacia adelante. No podemos mirar atrás....
Hoy digo a vosotros, amigos míos, que aunque nos enfrentemos a las
dificultades de hoy y mañana, yo todavía tengo un sueño. Es un sueño
que tiene profundas raíces en el sueño estadounidense.
Sueño que un día esta nación se elevará y vivirá el verdadero
significado de su credo: "Afirmamos que estas verdades son evidentes:
que todos los hombres son creados iguales...". Sueño que un día, en
las rojas colinas de Georgia, los hijos de los antiguos esclavos y
los hijos de los antiguos dueños de esclavos, habrán de sentarse
unidos en la mesa de la hermandad.