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Sigue la Mata (de Mikael Blomkvist) dando Edmundo Font Lunes, 26 de octubre de 2009 “El dieciocho por ciento de las mujeres de Suecia han sido amenazadas en alguna ocasión por un hombre.” Epígrafe de un capitulo de “Los hombres que no amaban a las mujeres”. Stieg Larsson llegó a creerse la máxima del más admirado autor de su país, Henning Mankell, colada en una novela de trasfondo africano, según la cual quienes hayan sufrido los rigores de las frías estepas de Suecia (de donde son oriundos los dos grandes escritores de novela negra, en la que incluyen serios trasfondos sociales) serían capaces de soportar las temperaturas tropicales más extremas y adaptarse a ellas fácilmente. Sin embargo, los hechos se manifiestan contrarios a esa falacia tendiente a considerar que las temperaturas son cosas mentales, controladas a voluntad.
El autor de Millennium, la mayor sorpresa editorial después de la invención industrial de Harry Potter, podría estar recién desembarcado en la tristemente célebre Ciudad Juárez. No necesitamos imaginar el golpe de calor que desanimaría a un hombre de disciplinas paradójicas y contradictorias. Por un lado, Larsson era muy hábil para entregarse a labores creativas febriles, escribiendo sin parar madrugadas adentro, sobreviviendo a una frenética vida cotidiana, con tan solo dos horas de sueño cada noche; y por otra parte, fue incapaz de dejar de lado las 20 raciones de café Exprés, los tres paquetes de cigarros diarios y la comida chatarra nadando en grasa; todo ello acabaría cobrándole una factura vital, más bien mortal. Su fin no ha sido la crónica de una muerte anunciada, al estilo del mago latinoamericano de Aracataca, sino la conclusión obvia de una suerte de suicidio existencial, el lamentable ocaso de un hombre valiente, habituado a denunciar las miserias extremas de sociedades con los más altos niveles de bienestar.
Pocos pueden imaginar que en la Escandinavia moderna se maltrate a las mujeres o se les torture a cotas tan altas como las experimentadas por su heroína principal, un esperpento sensual dibujado sin piedad en el personaje de Lisbeth Salander. Se trata de una genial antihéroina, sufrida y abnegada, en su capacidad de respuesta imperiosa a los embates de un padre desalmado y criminal. Ya sé, ya sé que nos estamos apartando de lo esencial, la llegada de Larsson a la ciudad que ha deglutido a cientos de mujeres (hay quien habla de miles) con una voracidad sin nombre, o mejor dicho, con crueldades inusitadas que delinean una cruenta realidad. De allí que el notable periodista nórdico, famoso también por su lucha contra numerosas formas de racismo y de exclusión, halla procurado viajar hasta un sitio que sufre una de las desgracias e injusticias más absurdas del planeta, poniendo en evidencia una fobia extrema y criminal contra mujeres. Larsson sin duda conoció un esfuerzo similar de inclusión de esa realidad brutal en la literatura. Otro malogrado intelectual, Sergio Bolaño, en su célebre novela serial “2666” dedica un libro entero al infierno sufrido por nuestras mujeres en la localidad fronteriza del norte de México.
De hecho, Larsson podría haber llegado esta misma semana a la recepción de su hotel en Ciudad Juárez con un ejemplar del intrigante “ladrillo” de Bolaño bajo el brazo. Era tanta su tozudez estilística y profunda la distancia entre su lengua y la del chileno que no tenía porqué temer ninguna “contaminación” de los brillantes delirios de Bolaño. Ya desde la estación camionera la portada de “2666” llevaba impresa la media luna de la transpiración de Larsson, como huella inexorable de los sudores que el autor estaba a punto de sufrir para poner al día un tema tan atroz, triste, indignante, en sintonía con su permanente afán de denunciar todo tipo de abuso, machista o no, contra el género femenino, dicho así, de manera más universal y rotunda.
Larsson mismo estaba conciente de que su trilogía, convertida en un best seller con más de diez millones de libros vendidos, traducidos a 40 idiomas, era un vehículo formidable para crear conciencia, cosa que el propio periodismo batalla en hacer cada día más, por el contubernio natural de los grandes capitales encaminados a su fin primordial, a hacer dinero y no a sensibilizar a una opinión pública cada vez más “light”, iluminada a medias, conformista, en una palabra. Por todo ello Stieg Larsson consideraba que su trilogía debería desdoblarse por lo menos dos veces más. En total, el feminista compulsivo en que se había convertido el autor sueco había concebido escribir una especie de decálogo. Lo que son las cosas, para proteger a Eva Gabrielsson, el amor de toda su vida, decidió no casarse nunca. Se sabía perseguido por su férrea vocación antifascista. Ahora la falta de registro oficial de su compañera se ha convertido en una zaga paralela a la empresa de velar por el buen nombre de un escritor que vivió limitado en 50 metros cuadrados, hasta el día en que cayó fulminado por el rayo de un infarto, a los 50 años. Hoy en día un padre y un hermano, distantes en vida del escritor, reivindican derechos económicos que desconocen los de su viuda virtual, tratando de dejar de lado y pasando por alto a otra fémina, en este caso, la del propio autor.
Entonces, el Larsson que acaba de llegar a Ciudad Juárez, para desmenuzar su cruenta realidad e inmiscuirla en su galaxia literaria, ¿no existe ya? Al contrario, el espectro de su pluma flamígera y justiciera es capaz de revelarnos todavía sorpresas de ultratumba. Tal parece que en su ordenador quedaron vivitas y coleando 200 páginas en el mismo tenor de denuncia, pero ahora trasladado a un entorno tristemente familiar. Además, y afortunadamente, en el ámbito creativo contamos también, entre otras manifestaciones de repudio, con la valiente huella moral multiplicadora de los dos sergios, Bolaño y González Rodríguez; las conmovedoras películas que ya se han filmado sobre el tema; y el perenne recordatorio periodístico del excelente poeta Javier Sicilia, a quien sugerí que en lugar de insistir, en su artículo semanal, en el llamado de justicia por las “Muertas de Juárez”, las denominara “Asesinadas de Juárez”, porque eso son en verdad nuestras lloradas desaparecidas.
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