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Cronica de la cronica
Edmundo Font

Jueves, 24 de septiembre de 2009

Pasé frente al Metro Balderas la misma tarde aciaga, una o dos horas después de la tragedia provocada por otro “iluminado”, ajeno todavía yo al drama que se había desarrollado adentro. Pude haberme hallado en el propio escenario de las muertes. La amenaza de lluvia me había hecho dudar de emprender el camino a pie; me dirigía rumbo al Zócalo y la estación de la plaza de la Constitución se hallaba temporalmente cerrada por un magno evento que trataré luego. Suele tomarme 40 minutos trasladarme desde la “Diana Cazadora”, localizada tan solo a cien metros de donde habito cuando visito el distrito federal más grande del mundo.

Caminar por la avenida de La Reforma, que quiso emular a los Campos Elíseos y lo logró en monumentalidad y belleza, es siempre un grato paseo, y a veces lo ejercita a uno en esa manía sádica que llevamos dentro, de disfrutar viendo sufrir a otros, cuando avanzamos más metros en menor tiempo que las filas de autos “estacionados” en el tráfico de una tarde tan caótica como la de los viernes, esas en que todos huimos hacía alguna parte, para acabar coincidiendo. Es un lugar común pero no por conocido menos terrible. Vida así no es vida. Siempre pienso en la caricatura que muestra las avenidas repletas, con un solo hueco a punto de cancelar el último espacio, a la manera de esas cajitas de juegos que guardan una sola y definitiva combinación.

La tarde referida me armé de valor para tomar un baño (ducha o sauna) de pueblo y sumarme a los cientos de miles de personas que asistirían a una conmemoración postdatada, de alto y significativo contenido cívico, en el “ombligo de la luna”, en las proximidades del templo mayor de los aztecas, uno de los conjuntos arquitectónicos más deslumbrantes que existen en América, la plaza que alberga el Palacio Nacional y la Catedral Primada de México. Se trataba de presenciar un formidable montaje de luz y sonido, en realidad más de luces que de música, por lo desnaturalizada de la misma, que transfiguraba sensiblemente un edificio emblemático del poder político y alguna vez religioso, en propuestas de la más diversa índole: de lo florido a lo histórico; del graffiti excelso, al juego de palabras y significantes; de la superposición de imágenes, al registro visual más Pop de nuestros héroes, sin olvidar la iconografía de los muralistas históricos. De todo ese juego de luces imponente lo más memorable para mi fue la transformación del Palacio Nacional, en su parte media, con el balcón y la campana de Dolores, en un edificio piramidal, no lejos de lo que hace quinientos años pudo haberse levantado allí. Era una manera de volver virtualmente a nuestras raíces sin borrar la marcha del tiempo histórico de un país que como el nuestro está a punto de celebrar su Independencia y su Revolución, por partida doble y centenaria.

El regreso, mejor ni contarlo. Un estacionamiento espontáneo, improvisado por miles de autos, en docenas de cuadras al rededor, volvía inútil intentar subir a cualquier transporte, público o no. Me resigné a deshacer el camino a pie desde el Zócalo hasta la Diana; eso representaba seguir parado durante más de tres horas y con la lluvia amenizando todavía un embotellamiento de antología. A varias cuadras de la casa, cerca de las once de la noche, ya había comenzado a fluir el tráfico, y un taxi se detuvo milagrosamente. Lo abordé por inercia. El pasajero que descendía hablaba agitadamente por un teléfono móvil y llevaba en la mano un casco para viajar en moto. El taxista se moría de ganas de platicar. Me puso al tanto del tiroteo que había tenido lugar dentro de la estación del Metro Balderas. Conocía al detalle una información originada apenas. Me aclaró: el señor que bajaba de su coche era un periodista del periódico “La Reforma” a quien le habría tocado en suerte presenciar los hechos. Me dijo –expresó el taxista- que los últimos tiempos habían sido para el de “vacas flacas” en términos de novedades profesionales y que la nota de su testimonio directo podría valerle una primera plana. Todos sabemos lo que eso representa en el oficio informativo. Así que dicho profesional se acariciaba las manos y desde el mismo taxi habría dictado la nota y conminado a su jefe, de manera optimista, a proporcionarle un espacio tan  deseado. Ya lo de menos eran los hechos tan graves. Habíamos partido, el taxista y yo, a la reflexión de las “oportunidades” que se presentan en la vida y cómo la frase famosa de: estar en el lugar cierto… cobraba vigencia inusitada para el joven periodista y de refilón, para nosotros mismos, testigos del testigo. De allí la crónica de la crónica del nombre de este texto. Pero la cosa no paró allí. El señor taxista venía de una jornada de plomo, como dirían los amarillistas. Esa misma tarde se había deparado con un cruel acontecimiento y comenzó a narrarlo: en la Calzada de Tlalpan un señor mayor golpeó con su coche, sin querer, la defensa de un auto de lujo. De él descendieron unos jóvenes con bocas que escupían víboras, lagartos, escorpiones. El anciano se bajó del auto para responder a las injurias y a una colección de gestos obscenos. Cargaba en la mano un bate de béisbol, mismo que manejaba con particular destreza. Los muchachos corrieron a guarecerse dentro de su nave de niños bien. El ultrajado señor, con parsimonia, comenzó a romper los cristales del vehículo. Al concluir su “heróica” empresa, lanzó el bate dentro de su coche y sin mayor aspaviento arrancó el auto, escapando de la escena del crimen, sin que nadie hubiera intervenido.

Huelga comentar más esas dos “perlas” de la descomposición moral a la que estamos asistiendo. Ah, se me olvidaba, el taxista se llamaba don Juan el Bautista.

 

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