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Sección: Arte y Cultura

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Gurrufío

Eduardo Casanova

Martes, 13 de octubre de 2009

Uno de los grupos que en mayor grado ha enriquecido la música venezolana, que nació pobretona pero hoy día está al nivel de las más ricas de nuestra América, es el Ensamble Gurrufío. Lo integran Cheo Hurtado, un auténtico mago del cuatro que también toca con maestría la bandola, el contrabajista David Peña, de altas ejecutorias por razones obvias, el excelente flautista Luis Julio Toro y Juan Ernesto Laya, maraquero de lujo. Se unieron en 1984 para explorar caminos en la música instrumental venezolana, y el resultado ha sido realmente asombroso. Su nacimiento ha sido para el país algo tan importante como la creación del famoso Quinteto Contrapunto, que le dio otro color y otra dimensión al arte venezolano. Se trata de cuatro auténticos virtuosos, cada uno en su instrumento, que logran integrarse de manera extraordinaria, pero que en muchas de sus actuaciones suelen hacer “solos” que dejan boquiabiertos a quienes tienen la fortuna de estar presentes. Luego de seis o siete años de arrancar aplausos en los escenarios venezolanos, iniciaron una serie de giras por el mundo, en las que han dado a conocer la música venezolana como nunca se había hecho antes. Se han presentado en varias ciudades de Japón, en Brasil, en las Antillas Neerlandesas, en el Festival Cervantino de México, en varios puntos de los Estados Unidos (en donde tuvo especial importancia su presentación en el Carnegie Hall de Nueva York), en Francia, en España, en Alemania, en el Reino Unido, en Colombia, en Chile. Y, para alegría de la posteridad, han grabado varios discos compactos, uno de ellos con música latinoamericana. Con una orquesta sinfónica, Gurrufío convirtió ocho o nueve piezas folklóricas venezolanas y un potpurrí de “trabadedos” en nueve o diez obras que cualquier conocedor de la música académica puede apreciar en su justo valor gracias a los arreglos de, entre otros, Vinicio Ludovic, otro gran talento venezolano. Desde luego, nada menos podía esperarse de la genialidad de Cheo Hurtado, que buscó para integrar su Ensamble a los mejores. En mi caso, hago mención muy especial de Luis Julio Toro, no sólo un gran músico, sino un ser dotado de una simpatía grande como el Salto Ángel, hijo de Luis Toro, hombre excelente y también talentosísimo que fue mi profesor y mi amigo en el Colegio Santiago de León de Caracas en donde, por cierto, con motivo del Centenario del nacimiento de su fundador, el Doctor Rafael Vegas, pudimos disfrutar hasta la saciedad de esa maravilla que es el Ensamble Gurrufío.

Eduardo Casanova

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