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Otilio Galíndez Hugo Álvarez Pifano Viernes, 26 de junio de 2009
Otilio Galíndez viene de la región de mayor fuerza mágica de toda Venezuela: Uadabacoa. El nombre primigenio del viejo Yaracuy, que se tiende sobre sus dos valles sembrados de aldehuelas, caseríos y villorrios, entre serrijones, picachos y arroyuelos. Con sus pequeñas iglesias de sonoros campanarios y altas espadañas blancas. En esos valles vivían los jirajaras y los caquetíos, hijos que los caribes fueron dejando a su paso hacia las tierras de occidente. Nicolás Federmann, el conquistador alemán de la barba roja, llamó a esa región “el valle de las damas” porqué allí vio sonreír a las mujeres más bellas. Ahí mismo, los españoles fundaron a Nirgua que se llamó originalmente “Nuestra Señora de las Victorias del Prado de Talavera”, un nombre que es por si solo todo un poema. Así es el Yaracuy que no puede prescindir de historias y leyendas: de María Lionza, completamente desnuda, con su larga cabellera de azabache y sus ojos verdes y enigmáticos; del sambo Andresote, con su inmenso torso de bronce, desaparecido con los primeros rayos de luz en una aurora de libertad; y de Faustino Parra, quien según dicen tenía todo negro, hasta la mala intención. También por allí pasó con su corte de abalorios el Rey Miguel de Minas de Buría, que constituye con los dos antes nombrados el tercer negro de la baraja yaracuyana.
Otilio Galíndez, nacido en Yaritagua el 13 de diciembre de 1935, es el más celebrado de los compositores de la región y el que ha tenido mayor aceptación a nivel nacional e internacional. Se le puede conceptuar como el más firme exponente de los nuevos músicos venezolanos, de esa generación muy creativa que esta siempre a la búsqueda de una nueva expresión, que arranca de los elementos propios que genera la emoción local. No obstante, ellos no quieren quedarse en eso solamente y parten con decisión al encuentro de sonidos y realidades diferentes- a veces en lugares muy distantes, otras a un costado de su propio mundo- pero sin lugar a dudas, lo que ellos persiguen es un modo de expresión que sea la modernidad de lo tradicional.
Galíndez es el creador de una música fina, que juega con el secreto de la palabra y la energía envolvente de los ritmos. Sus piezas tienen casi siempre una sutil intención social, es el poeta que clama por quienes están tristes, por los niños indefensos y por los pobres. Recordemos, por ejemplo, la melancólica canción Pueblos tristes. Siente también un profundo amor por la navidad, con toda la contagiosa alegría que encierra esta festividad religiosa. Por esa razón gran parte de su mundo musical se ubica en el mes de diciembre, al lado de los aguinaldos y parrandas: Luna decembrina, El Niño Jesús de ahora, Pentagrama navideño, El poncho andino, Dime si es pascua, Ya María, y De Belén campanas.
Otilio Galíndez tiene una nueva forma de decir la música tradicional venezolana. Recoge la poesía de las cosas sencillas y la vuelca sobre emotivas melodías cargadas de nostalgia y de tristeza. Un buen ejemplo es su canción de cuna Mi tripóno su canción infantil El niño y la sombra. Igualmente, la serenata De madrugada y la tonada Flor de mayo. Pero, también la raíz folclórica de su música aflora en composiciones de alegres ritmos sincopados, con cortes, paradas y contratiempos, son sus danzas y merengues, como De una tarde al alba, Suelo buscarte, Es la primavera, Mi bella dama, y El Bongocito . Así mismo, el merengue oriental Vienes cual luna, el merengue Mariana y la parranda oriental ¡Vaya un pecado!
Finalmente, en lo personal, lo que más me gusta de este notable músico es que siempre se presenta, en cualquier ocasión, en actitud poética, que no es otra cosa que la búsqueda del equilibrio entre lo real y lo bello. Esto lo logra usualmente en sus valses, muchos de ellos de neta inspiración yaracuyana: Ahora, Son Chispitas, Candelaria, En silencio, Sin tu mirada, Allá en la tierra.
Como dijera el poeta Alberto Hernández: “Se marcha Otilio cargado de afectos, de amores regados por el mundo. Nos deja uno de los legados más hermosos que hombre alguno haya creado: sus canciones, su bondad, su inteligencia, sus bromas, su bohemia que tanto hicimos nuestra en su casa y en todas partes”. |
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