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La moneda del sastre (Cuento español tradicional) Alejo Urdaneta Martes, 13 de mayo de 2008
Como no cesaban los reclamos, un día el pícaro insolvente decidió la treta de fingir una enfermedad y se metió en cama. Los vecinos fueron de visita, compadecidos de su enfermedad, y le decían, quizás por compasión, pero también por cuidar sus monedas perdidas cuando el pícaro se recuperase: “Por mí no te preocupes. Yo te perdono lo que me debes”. Y otro: “pobrecito, qué mal estás. Yo también te perdono la deuda”. Y así decían muchos. Menos el sastre del vecindario, que exigía al enfermo: “A mí me debe diez monedas y me las pagará”. A lo que los demás vecinos replicaban: “Ten caridad, sastre. ¿No ves que se muere el pobre hombre?” El sastre mantenía su actitud: “Si se muere, que se muera después de pagarme”. El pícaro decidió aplicar una treta para evitar al Sastre. Fingió que se moría para que todos lo apoyaran contra la actitud de su obstinado acreedor. Creyendo los vecinos ingenuos que su deudor estaba muerto, lo metieron en la urna, lo cargaron y le hicieron la ceremonia del entierro. Colocaron la urna en la iglesia y rezaron con el cura las oraciones de la muerte. Pero el sastre, que no pensaba en otra cosa que en su dinero, se metió en el confesionario para no acompañar a los demás vecinos. En esto estaban cuando durante la noche entraron diez ladrones a la iglesia y amenazaron con matar a los vecinos si no les entregaban lo que tuviesen en sus bolsillos. Para crear temor en los que oraban ante el falso cadáver, el ladrón principal dijo a sus secuaces: “Daré diez monedas al que finja apuñalar ese cadáver. Así nos darán todas sus pertenencias”. Uno de los bandidos se acercó a la urna y sacó el puñal y fingió el gesto de apuñalarlo. El pícaro no se murió de miedo, pero ante el peligro dio un brinco y salió de la urna dando saltos por el templo. En ese instante se le ocurrió la idea de gritar al sastre escondido en el confesionario: “¡Vengan, difuntos¡”. El sastre, que comprendió la intención del pícaro, pero también que podía perder todo si los bandidos los robaban, salió de su escondite y también gritó: “¡Vamos todos, difuntos¡”. Con esta voz, los vecinos se dieron cuenta de la treta del pícaro y gritaron en protesta. Esto confundió a los bandidos, que echaron a correr aterrados y se metieron en el bosque, sin percatarse de que habían dejado en la iglesia el tesoro de sus fechorías. Entonces, al darse cuenta, el jefe de la pandilla envió a uno de los ladrones a buscar el tesoro olvidado. El ladrón emisario regresó a la iglesia, lleno de miedo, y entró en el pórtico en el momento en que el cadáver y el sastre estaban repartiendo la fortuna dejada por los bandidos. Cuando hubo terminado el reparto, el sastre dijo al otro: “No he olvidado la deuda que tienes conmigo. Dame, pues, las diez monedas que me debes”. El ladrón que había vuelto a buscar el tesoro vio y oyó lo que pasaba; se puso a temblar y huyó al bosque a reunirse con sus compañeros. Les dijo, azorado: “¡Ni pensar en volver por el tesoro, pues son tantos los difuntos que hay en la iglesia que no alcanzará el dinero para todos! (Adaptación de Alejo Urdaneta) |
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