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Desconociendo Famas
Edmundo Font

Viernes, 2 de octubre de 2009

Cuando uno mide más de un metro con ochenta y tres se hace menester ocupar la salida de emergencia en los aviones; dije ocupar, pero debo corregir diciendo que es imprescindible viajar en un sitio donde uno quepa. Hoy en día la crisis económica galopante, que no es nueva y viene de lejos, ha convertido a los aviones en unas ratoneras donde los espacios son reducidos al máximo por las compañías aéreas para vender más asientos y no exagero. Para tener una idea precisa de lo que hablo bastaría con hacer uno de esos ejercicios esotéricos de “visualización” y sentirse aprisionado al final de una fila de tres asientos durante un vuelo de doce horas. Es el tiempo, en promedio, que toma cruzar el charco (nunca me ha gustado esa expresión) desde la mayoría de los países de América Latina hasta Europa.

Por eso he mudado mis hábitos de manera radical y suelo ser de los primeros en las largas y tediosas filas de espera que se forman en los aeropuertos antes de las tres horas requeridas para el embarque de vuelos internacionales. Al llegar al mostrador hago acopio de frases, sonrisas, fórmulas ensayadas previamente, al estilo de: por favor sálveme la vida. La empleada ensaya una mirada más aguda y se tranquiliza cuando le explico que solo quiero pedirle que examine la remota posibilidad de que me otorgue un asiento en cualquiera de las salidas de emergencia, que se han convertido en un bien tan preciado que algunas líneas como Air France ya le han puesto precio y rematan el sitio al mejor postor, por Internet, 30 horas antes de iniciar el vuelo. Parece simple pero son imposibles de alcanzar esos lugares a través del método electrónico. No creo que ningún ser humano haya tenido acceso a ello, o entonces mis capacidades informáticas dejan mucho qué desear. Hay que recordar que los asientos de las filas consideradas como salidas de emergencia no pueden reservarse y son plazas atesoradas celosamente por los representantes de la compañía; los otorgan en un ejercicio primario y subjetivo, en base a simpatías y diferencias, es decir, cómo les haya caído uno en gracia o no y como hayan amanecido de humor quienes tienen en tus manos tu futuro inmediato.

No se a ustedes, pero a mi que he viajado y sigo viajando medio mundo con frecuencia, me siguen afectando los viajes en avión, como desde la primera vez que en mi adolescencia hice escala en Reikiavik para desembarcar en Bruselas. Miento. En esa ocasión disfruté el periplo. Europa era un sueño más literario que onírico y estaba en una fase de cinismo inocente en que la vida y la muerte son un juego de dados cargados por la poesía de Mallarmé. He atravesado períodos en que volar ha representado un sufrimiento existencial al estilo de otro hermético, don José Lezama Lima, quien afirmaba que no viajaría en aeroplano, porque no aceptaba que entre él y la eternidad solo mediaría un pedazo de lámina.

Una de esas ocasiones en que traté de negociar el “Tratado de Versalles” del asiento privilegiado sin nadie enfrente, con una señorita francesa malencarada, en el aeropuerto Charles De Gaulle, me llevé una sorpresa, una especie de bofetada con guante blanco que les contaré. Cruzando todos los dedos había modulado mi requerimiento en un tono que supuse me ayudaría en el trance. Pedí la salida de emergencia, aún a costa de viajar separado de mi esposa, en el gigantesco Jet. No hubo manera. Pese a la desmañanada, la representante de la compañía aérea desechó toda inocua seducción y dijo que esperaba la cigüeña, no ella, sino una ajena, y que el vuelo iba lleno de bebés que tenían preferencia sobre los grandotes como yo. Sin aspavientos me resigné y agradecí con tono sincero “la disposición y el valioso esfuerzo”. No empleé ironía alguna. Fue como un buen propósito, aunque me cupieran dudas sobre el proceder empático de la damita gala cargada de spleen, como en “Las Flores del Mal” de Baudelaire.

Cabizbajo, “visualizando” que pasaría más de media jornada de un día entero preso entre asientos de las últimas filas y casi en cuclillas, decidí abordar el vuelo hasta el final, una vez extinguida la fila de seres variopintos que tratan de subir primero al avión para llegar antes al destino común. Cuando llegamos al control final solo quedaban cinco personas y nosotros dos. El empleado retuvo los pases de abordar y llegué a pensar en la sobreventa del vuelo. Era un hombre negro y alto, con orígenes en Senegal. Sonrió y nos dijo: han sido cambiados de lugar. Ahora irán en la primera clase. Creo que saben lo que ello representa. No solo contar con espacios enormes, sino comenzar el viaje con Champagne y fois gras. Claro que no deba crédito al ascenso que nos llevaría por partida doble a las alturas y de manera mullida. La empleada estaría sonriéndome a lo lejos, con un gesto travieso de cortesía gentil.

Subimos al camioncito y escuché hablar en italiano, lengua que no pierdo nunca la oportunidad de practicar. Interrumpí a las dos parejas de jóvenes que “arropaban” a una tercera mujer, de lentes, ni baja ni alta, y con algunos kilos, pocos, de más (sé que cometo crimen de lesa feminidad hablando del sobrepeso de una mujer). Exultante por las horas gratas de vuelo que nos esperaban, traté de sacar plática en el idioma del Dante; a dónde iban en mi país, qué expectativas tenían, etc. Contrariamente a la simpatía dicharachera de los italianos, el compacto grupo se mantuvo entre monosílabos y escasos ademanes. No crean que eso me afectó en el ánimo recién levantado por las perspectivas gratísimas del vuelo. Insistí en hablar con la joven con la que se prodigaban y solo obtuve un comentario general sobre algún trabajo en Cuernavaca, sin detalles y percibí una cierta incomodidad. Al subir al avión descubrí los motivos de las distancias. Ignoraba que la persona en cuestión era muy famosa. Lo percibí hasta que la tripulación comenzó a pedirle autógrafos. Yo la había tratado como un ser humano más, motivado por la simpatía de su lengua materna y sin rendir la pleitesía debida a su celebridad.

Confieso que conozco “abbastanza” la música popular italiana y que escucho con frecuencia las voces de Ornella Vanoni, Milva, y Mina; además, el primer disco de música en esa lengua me lo regaló mi padre, contrariando sus rígidas inclinaciones clásicas, cuando cumplí catorce años. Era de Gigliola Cinquetti, que entonaba una melodía de extrema, pero vigente cursilería de entonces, llamada “Non ho l'eta”. Ahora, que me disculpe la señora Laura Pausini, pero nunca la había visto y confieso que su música, fuera de dos o tres melodías sigue sin aportar nada significativo a la tradición de Doménico Modugno, Paulo Conte o Lucio Dalla.

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