Caracas, Miércoles, 16 de abril de 2014

Sección: Cultura

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Michael Haneke: Como cineasta busco la conmoción en la sala

Javier López Iglesias

Viernes, 22 de febrero de 2013







   Foto: Google
Michael Haneke (Múnich, 1942) transita, -él lo sabe y lo asume- entre la luz y las sombras. La luminosidad es la que transmite su propia persona, las sombras, magníficas sombras, las que anidan en una obra cinematográfica a la que no le tiembla la cámara a la hora de retratar los ángulos más inquietantes y crudos de la condición humana.

Así es. Mantiene Haneke un talante amable y una actitud abierta, ojos atentos y sonrientes que, en principio, no parecen concordar con los durísimos postulados de muchas de sus películas (Funny Games, Caché, La cinta blanca). En el último mes ha visitado en varias ocasiones España con motivo del estreno en el Teatro Real de Madrid, este sábado, 23 de febrero, de la esperada versión de la ópera de Mozart Così fan tutte, de la que éste cineasta nacido en Alemania pero, según propia confesión, "de corazón muy austriaco", es director de escena. "Me ha impresionado el mundo museístico de Madrid", afirma deslumbrado.

Con la Palma de Oro del Festival de Cannes bajo el brazo (es el único director que atesora dos de esos galardones), cuatro premios en la Gala del Cine Europeo de 2012 y cinco nominaciones a los próximos Oscar (entre ellas las de Mejor Película, Director y Guión original) por Amor, su última entrega, Haneke subió al escenario de la Sala de Columnas del Círculo de Bellas Artes de Madrid para recoger, en un acto que provocó una ovación de minutos, la Medalla de Oro de esta institución, un reconocimiento a creadores e intelectuales cuya obra haya contribuido decisivamente a la renovación de las artes y la cultura contemporáneas.

"Agradezco este recibimiento tan cariñoso que, en cierto modo, me avergüenza. Me emociona recibir un premio cultural en un país con tanta cultura como España", dijo.

¿Cómo ve Madrid?

Es una gran ciudad. Me gustaría tener la oportunidad de pasearla más. Se ve menos del país al que se viaja de lo que uno quisiera. Del hotel al lugar de trabajo… pero aún así he tenido la oportunidad de ver cosas. Me ha impresionado el mundo museístico de Madrid. Me ha deslumbrado el Museo del Prado, algo realmente único en el mundo. Volveré todas las veces que pueda.

Premios, reconocimientos… ¿cómo se siente como estrella mediática?

En general, los directores y, por supuesto yo, nos sentimos mucho mejor detrás de la cámara. La verdad es que no me siento muy bien delante de los objetivos. Estoy sorprendido de todos estos reconocimientos y el revuelo que se ha creado en torno a mi persona.

Cine, teatro, ópera, ¿qué prefiere?, ¿en qué medio se siente mejor?

Digo una obviedad si digo que en todos. He trabajado mucho en cine, pero también he hecho teatro a lo largo de veinte años. Realmente todos los lenguajes me interesan pero si soy sincero conmigo mismo he de decir que me siento más director de cine que otra cosa. Ahora bien, hablamos de lenguajes distintos con ritmos distintos. Si nos atenemos a lo acústico está claro que la ópera tiene las de ganar. Pero el lenguaje del cine tiene otras ventajas. No me gusta hacer comparaciones. Cada cosa en su sitio. Por otra parte hay que considerar que la ópera tiene siglos y el cine apenas 100 años.

Ha dicho usted que sin emoción no hay creación…

Así lo creo. El cine, el teatro, la ópera son poesía y emoción, pero también hacen falta otras cosas. Emoción sí, pero no sólo. 

¿Qué es lo que más le interesa del cine?

El cine es complejo. Me interesa cómo cauce de análisis en un mundo tantas veces perturbador. Sin embargo, tampoco al hablar de cine pretendo dar un libro de instrucciones sobre mis películas. Lo que quiero es que la gente las vea y que cada cual haga su propia lectura. Busco provocar emoción. Como cineasta busco la conmoción en la sala.

Y a la hora de dirigir, ¿qué le produce más satisfacción?

Sin duda trabajar con los actores. Su dirección es una labor apasionante; la que más me gusta. El deber de un director es trabajar con los actores, eso pasa también por tener conocimientos sobre cuestiones técnicas (iluminación, etc.) para sacarles todo el partido posible. La alegría principal de un director es tener la oportunidad de trabajar cara a cara con ellos. Ese cara a cara puede brindar la oportunidad de hacer descubrimientos. De ir más allá de lo que uno había previsto en el guión. Uno a veces se encuentra con regalos como consecuencia del trato directo. Esos días son magníficos y uno vuelve a casa realmente satisfecho con el trabajo realizado.

Muchas de sus películas son de una gran crudeza, ¿por qué?

Pero yo no hago películas para que el espectador sufra. Si al verlas sufre es porque esa persona tiene sus razones para sufrir, ya porque se siente identificado con lo que ve o por otras razones. Las pequeñas heridas de todos los días, esas que a veces pasan desapercibidas, van configurando una herida mayor que es la que de pronto, un día, por ejemplo al ver una obra, notamos.

¿Qué le inspira? ¿En función de qué elige los temas que va a tratar?

Hago lo que me produce placer. Esa es mi principal motivación. Si un tema me entusiasma no necesito más motivación. Desecho, a la hora de trabajar o de crear, lo que no me produce emoción. Supongo que, como a todos, lo que no me gusta, me cansa. Sin embargo he de reconocer que lo que me inquieta o me molesta también me puede motivar a la hora de abordar un tema. En general prefiero, a través de mis obras, plantear preguntas reales, inquietantes incluso, que dar falsas respuestas.

Una de las grandes ventajas de los artistas es hacer lo que más les gusta y, a veces, que le paguen por ello. Como comúnmente se dice, eso no tiene precio.

Y de la relación entre música y cine…

Es muy ambigua. A veces la música del cine, las bandas sonoras, esconden debilidades de la propia película, fallos en el guión o cosas por el estilo. Pero es verdad que la música también puede ser algo maravilloso dentro de una película. Busco siempre que la música enriquezca lo que estamos viendo, no sólo que suene bien.

[Habla con las manos. Las mueve de continuo y enfatiza su discurso alargando y encogiendo los dedos, palpando los objetos que tiene delante… cerrando al tiempo la frase y el puño o golpeando -ya quedo, ya enérgico- con los nudillos en la mesa].

Su película Amor tiene cinco nominaciones a los Oscar, ¿cuál le haría más ilusión ganar?

Todas. ¿Por qué quedarme sólo con una parte? Está claro que el Oscar a la Mejor Película o a la Mejor Dirección son importantes. Estoy expectante y eso me pone algo nervioso.

Amor gana todos los premios, llega a públicos de todas las edades…

No es, como se ha dicho, una película sobre la desolación. Es una película sobre la pérdida, pero también lo es sobre el amor, sobre la capacidad de entrega. Lo que plantea Amor es un tema universal, muy cercano a todos. Si uno es joven le puede pasar a sus abuelos, si es menos joven a sus padres y si todavía lo es menos, le puede ocurrir a uno mismo. Creo que ahí está la explicación de su aceptación. Es muy cercana.

El cine contemporáneo le debe mucho a Haneke pero, ¿qué le debe Haneke al cine?

Le debo todo o casi todo. Aprendo continuamente. Soy el fruto de lo que he visto y el cine me ha brindado la oportunidad de ver mucho, de mirar mejor. Me ha moldeado. Me ha hecho ser quien soy.

En estos complejos tiempos económicos, ¿qué papel cree que debe jugar el Estado en la ayuda al cine y a la cultura?

No me gusta ni voy a hablar de política, sobre todo porque aunque se oyen cosas, no conozco la realidad política española y, además, como invitado en este país, sería muy poco elegante por mi parte hablar de estas cuestiones. Ahora bien, globalmente, soy poco optimista en relación con que los gobiernos se vuelquen con la cultura.

Y ahora Così fan tutte

Es una ópera extraordinaria, llena de preguntas. Mucho más profunda de lo que habitualmente se considera. Habla del amor y también del engaño y de la humillación, de la desesperación y del deseo. Hemos trabajado en ella a lo largo de tres años. Hay que casar la actualidad con el tiempo de Mozart. Lograr la integración de estas dos cosas. El historicismo puro es una ilusión, una utopía. No sabemos como era la opera entonces, a finales del siglo XVIII, porque los documentos que se tienen apenas tienen setenta u ochenta años. Oímos con los oídos de hoy y vemos con los ojos de hoy temas de hace mucho y acoplar eso no es una cuestión sencilla.

Dicho eso, conviene tener en cuenta que cuando Mozart la escribió el mundo vivía momentos parecidos a los actuales. Había una gran crisis y muchas personas sin trabajo. A nivel personal él vivía una situación muy complicada, asediado por problemas económicos y matrimoniales. Es una obra de muchas perspectivas. Aspiro a que el público descubra una obra de mucho mayor calado de lo que algunos piensan.

Ha dicho que ésta es la última ópera en la que va a participar…

Bueno, en principio, sí. Tras el estreno de Don Giovanni en 2006 tuve una serie de ofrecimientos para dirigir otras óperas. Rechacé todos. Lo hice porque escojo algo no porque sea bueno, sino porque llego a la conclusión de que puedo aportar algo y enriquecerlo. No me veía como el director adecuado aunque eran grandes obras. No quiero fracasar o, a nivel personal, sentir que he fracasado. Por eso elijo muy bien aquello en lo que participo.

Aparte de la ópera que va a estrenar, ¿en qué está ahora Michael Haneke?

Quiero, necesito buscar tiempo para escribir un guión. Eso es lo que quiero ahora, lo que el cuerpo me pide: escribir un buen guión.

[Y así. Oscilando entre la suavidad y la firmeza. Entre la sonrisa de sus ojos y la contundencia de sus enunciados, Michael Haneke deja en quien le escucha la imagen de dos polos divergentes: en uno reina la transparencia; en el otro la luz no acaba de penetrar].

 

         
                          fuente:hoyesarte.com


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