 | |
Amanezco lejos de Caracas, este 13 de enero, con la triste noticia de la muerte de Adriano Gonzales León. Por fortuna, poco después me cuentan que murió en su ambiente, en su ley, bebiendo y conversando. Beber y conversar, y a veces llorar de sentimiento, fue su forma de afrontar la vida. Pero escribir fue su verdadera vida. Escribir bien. Escribir “Las hogueras más altas”, “Asfalto-Infierno”, “El hombre que daba sed” y, sobre todo, “País portátil”, que en 1968 puso su nombre en el mundo literario de habla hispana, y poco después en el mundo literario de todas las hablas. Luego vendría “Viejo”, y hacia el final, “Hueso de mis huesos”, libro de poemas. Lo conocí hace muchos años, cuando acababa de regresar (yo) de Buenos Aires en donde oí siempre hablar estupendamente bien de él. Muchas veces comparamos recuerdos de Buenos Aires, y casi siempre esos diálogos terminaban con lágrimas en los ojos. De él sabía no sólo por su obra literaria, sino porque cuando regresó de Buenos Aires lo pusieron preso y Arturo Uslar Pietri se movilizó, y rápidamente corrigieron aquel disparate. Adriano había luchado contra Pérez Jiménez, fue parte de Sardio y de El techo de la ballena. Y también luchó –y por eso lo arrestaron– por una revolución posible y por una mejor democracia. Lo haría hasta el último de los segundos de su vida. De su utilísima vida que se inició en Valera, en Trujillo, no lejos de Boconó, en 1931. Y que por desgracia para sus amigos, acaba de terminar. La vida física, porque la espiritual, la intelectual, seguirá existiendo mientras exista la humanidad.
http://literanova.eduardocasanova.com/index.php?title=adriano