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Tierra y hombres libres Tulio Monsalve Jueves, 8 de octubre de 2009 La magia del cine descubre caminos para entender el país. Demostrado artística y eficientemente, en imágenes de “Zamora”. Pieza de notable densidad en otra etapa de la vida y estética del maestro Román Chalbaud.
La película se organiza en fases de la vida Ezequiel, la primera, tratante de ganado y bodeguero; político y jefe de montoneras y final como guerrero federalista. Modesto bodeguero forzado a tomar partido por su país, ante las trampas y farsas que le monta la política criolla. Con Páez Descubre la fiesta fatídica de esta República, adonde la palabra vale para señalar lo qué se quiere coger. Por fuerza o con decretazos. Padece a Páez y los apañados de la mafia que controla; entiende el valor y uso del verbo emponzoñada al oír a Antonio Leocadio Guzmán, cobarde y acomodaticio personaje que bien puede ir con los Liberales o saltar la talanquera en holgada inmoralidad. Su cuñado Casper le muestra como anda el mundo político en Europa con las tesis de Babeuf, Fourrier, Marx, Engels, los sindicalistas alemanes y todos los que comulgan con el credo de la “conspiración de los iguales”. Se inicia en la herejía de la izquierda. Evidencian el texto, e imágenes, que existen, como siempre, dos países, uno habitado por desposeídos, y el otro, bogando en la vida burguesa y mejor acomodada. Un territorio popular, ávido de tener experiencias humanas, vivo, gritón, altanero, igualado y digno, como esquivo, a que lo retrotraigan al imperio de la esclavitud. Su alterno, otra Venezuela, de siesta y panguingue. Llamar esa clase oligarquía, es impropio, prefiero mirarla como una secta triste, holgazana, que logra su riqueza a costa del hambre de sus esclavos y desprecio por los blancos de orilla. La película gana calidad por la creatividad y manera de resolver y ordenar sus sorprendentes imágenes y el arte de un excelente montaje. Escoger y unir secuencias, así como darle armonía, es acto qué solo la sensibilidad de Challbaud pudo resolver. Notable en el film es la selección de los personajes y la capacidad dramática para hacernos mirar con sus imágenes nuestra historia en una perspectiva critica, actualizada y feamente real. Los personajes se van delatando con sus bribonerías y parlamentos. Textos tomados de fuentes originales, artículos y editoriales de prensa, archivos de la Asamblea Nacional, documentos de los juicios en tribunales. Todo para crear ficción histórica con fundamentos y llava para a descubrir cuanto se hizo en la época para crear dos países y negar a Bolívar. Su realismo y calidad fotográfica nos recuerda al notable film “Dios y el diablo en la tierra del sol” (1964), del gran director brasilero Glauber Rocha, quien como Chalbaud, retrata personajes y bandidos, montoneros santones, y alzados frente a una justicia y sus policias, portadores de infamia y rapiña. En su plegaria Corisco, el bandido, canta: “que los poderes del pueblo son invencibles”. Buen epitafio para Antonio Das Mortes, igual hubiera servido al Agachao o Martín Espinoza. El 20 de febrero de 1859 estalla la Guerra Federal. Algunos historiadores, de los que moldean los testimonios para que pierda su sentido, se han propuesto refutar el categórico peso que Zamora tuvo en nuestra memoria. Pretenden escamotear sus efectos en la conformación de nuestra antropología contemporánea. Bueno recordar que de todas las guerras civiles que sufrió Venezuela en el siglo pasado, esta fue la más cruel y encarnizada. Evidente, murieron unas 200.000 personas, el 13%, del 1.500.000 de habitantes que tenía el país. Absurdo negar que este conflicto constituyó una verdadera conmoción popular. Aunque les afecte, les promueva sofocos: fue acción popular. Sobre todo, contra oligárquica y antí racísta. Sus héroes, nacieron en las zonas mas depauperadas, se convulsionó el país durante cinco años y Zamora y demás actores dejaron profunda huella en la vida nacional. ¿Cómo dudar? A partir de 1858 Zamora demuestra su decisión con el compromiso de divulgar ideas y espíritu de redención social. Un personaje de la película reza en conmovedor tiempo de misa gloriosa, con mucho incienso y poco azufre: “Dios hizo iguales a todos los hombres en cuerpo y alma, ¿por qué entonces un puñado de ladrones y facciosos van a vivir del trabajo de los pobres, especialmente de quienes tienen el pellejo negro?” . Se pregunta en tono solemne el Indio Rangel,: “cuando Dios hizo el mundo repartió en común el agua, el sol, la tierra, ¿porqué entonces los godos se han apoderado de las mejores tierras, bosques y aguas, que son propiedad del pueblo?”. Es la misma y brutal realidad del latifundio, que probadamente practicaban, la oligarquía y su dilecto representante Páez. Siguen las imagenes, por cierto notables, epicas, espectaculares, de la Batalla de Santa Inés era deuda que el destino y la estetica le cobraba al MAESTRO Roman Chalbaud. Con estas secuencias magistrales y ese impensable movimiento de masas guerreando ….. les pagó sobradamente, ahora, el deudor será otro. Quizás el film omite alguns criticas que han expuesto contra Zamora, como aquella que habla de haberle cobrado al Estado por unos esclavos que liberó, suceso que contradice su voluntad publica sobre la necesidad de lograr igualdad. ¿Contradicción?. Luego vendrá el asesinato, no quiero contarlo, pues la ficción que en imágenes compusieron, Chalbaud y Britto, es para mirarla y exigir el aplauso, y el “bravo”, por la fineza con que encuadraron el final de la pelicula. Exterminan al lider Zamora, y muy al fondo, se oye, insinuada, de soslayo la clásica canción de: “oligarcas temblad, viva la libertad”. ¿ Por que no se oye, Luis Britto me responde: “era que, al momento de su muerte, la cancion aún no se había compuesto”. Tiene razón. Dice Vicente Emilio Sojo “De las canciones guerreras, tengo seguras noticias de una sola: ‘Oligarcas Temblad’. Esta canción fue compuesta por Domingo Castro. blog comments powered by Disqus |
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