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La Esgrima
“Isolamiento”, Bella Palabra
Edmundo Font

Viernes, 26 de junio de 2009

No pueden imaginarse como bendigo que se hayan inventado los auriculares del I Pod, más bien, el propio aparatito formidable que es capaz de condensar y reproducir un espacio de dos meses ininterrumpidos de música; por lo que me toca, en ese portento del siglo XXI llevo conmigo para todas partes casi ocho mil canciones; por lo pronto, toda la Bossanova que verdaderamente cuenta; mucho del repertorio italiano vigente desde mis tiempos del “pentapartito”, con el malogrado Betino Craxi a la cabeza, autores y cantantes maravillosos que continúan actuales, y que cosa extraña, siguen escuchando por igual los jóvenes italianos o la gente más madura. Los viejitos Gino Paoli, Paolo Conte, Domenico Modugno (éste último ya habitando en su “Blu dipinto de blu”), fueron alcanzados por los sexagenarios, o casi, Antonelo Venditti, Lucio Dalla, Fabio Concato, y una pléyade más de cantautores (nunca me gustó mucho esa denominación); en realidad se trata de grandes artistas de extremo talento, empeñados en perseguir la poesía en las inteligentes y bellas letras de sus canciones. Además, considero que en el contexto europeo, esa tradición de trovadores no tiene parangón con la de sus congéneres contemporáneos en Francia o en España.

Pero estas líneas no están siendo escritas para presumir de mi discoteca personal, que oscila entre lo clásico y lo popular, sin llegar a ser ecléctica y que podría ser el sueño de todo Robinson Crusoe, en la isla desierta en que podemos convertir al mundo, cada día más lleno y truculentamente ruidoso. Mi cosa obsesiva con la música que disemino en mis domicilios viajeros viene de lejos. Recuerdo con un dejo de nostalgia tecnológica los tiempos en que preparaba casetes, durante los días previos a mis viajes, para escuchar en pequeñas grabadoras penalizadas con la parafernalia de bocinas diminutas, enredados cables eléctricos y convertidores de voltaje. Ello permitía escuchar mi alimento cotidiano de melodías en los sitios más insospechados, como por ejemplo, un rellano de una ventana del hotel Taj, tal vez la misma que fue incendiada por el terrorismo en Bombay. Esas fueron jornadas memorables de mi paso por el país de Gandhi, en que abría las ventanas para que entrara hasta mi cuarto la luz que cernía la Gate of India, mientras se arrastraba con pena, en una diminuta grabadora, una serenata huasteca o un cuarteto de Bach.

El I Pod puede volverse también un prodigio de la abstracción del entorno vulgar y pedestre. Me explico. Cada día se generaliza la pérdida del más elemental de los pudores. Las personas ventilan sus cuestiones personales a los cuatro vientos. Pareciera que quisieran hacer gala y partícipe a todo el mundo de sus conflictos conyugales y de familia. En uno de mis más recientes viajes en avión un señor a mi lado ni siquiera discutía en vivo. Se solazaba en el teléfono celular cuando ya habían prohibido su uso antes del despegue y regañaba a una hija que supuse adolescente, a grito pelado, negándole un permiso. La joven acabó por imponerse cuando la madre intercedió por ella. El tono del padre cambió de enérgico a derrotado, y se fue sumiendo en la poltrona. Todo esto bien podría desencadenar una ficción de telenovela. Yo asistí a todo porque no tenía a la mano los auriculares que me rescataran del involuntario y desagradable testimonio de la marcha cotidiana de la institución familiar, y me “isolaran” de ese triste escenario; esa escena, con otros argumentos dramáticos o de comedia, y con actores diversos, se repite en restaurantes, filas de cualquier tipo, bares y cafés, o en plena calle, sin el menor recato.

De allí que los sagrados tapones del I Pod se estén transformando en una de las soluciones a la banalidad de la vida de los tiempos que corren.

laesgrima@gmail.com

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